Cultura

Guerra Civil

Jarama, la batalla en la que se derrochó heroísmo

Republicanos y franquistas se enfrentaron en la batalla del Jarama en febrero de 1937. Los dos bandos tenían el mismo objetivo: sellar el destino de la capital

Una columna de T-26 camino del campo de batalla. Este carro de combate de origen soviético fue una de las bazas de los republicanos para contener la penetración franquista
Una columna de T-26 camino del campo de batalla. Este carro de combate de origen soviético fue una de las bazas de los republicanos para contener la penetración franquistaBiblioteca Nacional de España

Saliendo de Morata de Tajuña, basta con ascender unos pocos kilómetros por la carretera a San Martín de la Vega, dejando a la izquierda el monumento a las Brigadas Internacionales, para encontrar un camino de tierra que se desvía hacia el sur para cruzar el olivar que se extiende sobre la meseta llana y estrecha que separa el Tajuña del Jarama. Cuesta imaginar, una mañana cualquiera, que este pacífico paisaje fue en su día el escenario de una cruenta batalla, en la que perdieron la vida miles de hombres, españoles e internacionales.

A mediados de enero de 1937, fracasada la tercera ofensiva franquista contra la carretera de La Coruña, estaba claro que el golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936 había fallado. Entonces, ambos contendientes empezaron a pensar en la ofensiva que definiría el triunfo o el fracaso de lo que ya no podía ser un tan solo un «alzamiento» pero que aún no se había convertido en una guerra. En todo caso, el objetivo tenía que seguir siendo Madrid, la ciudad del «¡No pasarán!», objetivo simbólico cuya conquista y cuya conservación podían ser la clave tanto a nivel nacional como internacional. Es por eso, sin duda, que ambos bandos pensaron en el Jarama. Los leales como punto de partida de unos de los ejes de ataque que servirían para expulsar a los rebeldes de las lindes de la capital, y estos últimos con la intención de aislarla definitivamente del resto del territorio republicano, a fin de hacerla caer por hambre y por necesidad, ya que no habían sido capaces de conquistarla.

Con estos mimbres, era inevitable que la batalla del Jarama se convirtiera en la primera gran acción militar de la Guerra Civil española. La ofensiva, que comenzó el 6 de febrero, puede dividirse en tres fases. Durante la primera las tropas franquistas partieron de sus zonas de concentración entre Pinto y Valdemoro para hacerse con las alturas que se desploman sobre el río. Bastaron apenas dos días para que las defensas republicanas se derrumbaran y los atacantes llegaran hasta Ciempozuelos, por el sur, y a las alturas de la Marañosa y del espolón de Rivas por el norte. Fueron días de indefinición y preocupación entre los mandos republicanos, desconocedores de si el ataque rebelde pretendía cruzar el río Manzanares para lanzarse hacia Vallecas –era la opción del general Miaja, defensor de Madrid– o si, por el contrario, como empezaba a pensar el general Pozas, al mando del Ejército del Centro republicano, esperaban seguir hacia el este en una maniobra de mayor envergadura.

La duda quedó resuelta en la madrugada del 11 de febrero, cuando una pequeña agrupación de Tiradores de Ifni se deslizó sobre los raíles y las traviesas del puente de Pindoque para degollar a los soldados del batallón André Marty que defendían la posición, por la que pronto empezaron a derramarse como un torrente las fuerzas franquistas. Había comenzado la segunda fase de la batalla, que como una marea acabaría estrellándose contra lugares tan emblemáticos como Valgrande, la casa de la Radio, la colina del Suicidio, y el célebre Pingarrón. La pista de tierra recorrida no tarda en llegar a una bifurcación cuyo ramal de la derecha lleva hasta un pequeño monumento, apenas visible y a menudo vandalizado, es el memorial de la colina del Suicidio, donde se desangraron los británicos tratando de contener a las fuerzas franquistas. Desde allí se divisan perfectamente, más allá del río, las alturas de la Marañosa y Coberteras, donde los combates fueron igualmente intensos. Estamos hablando ya de la tercera fase de la batalla, del contraataque republicano, encabezado por las tropas de Líster, de Valentín González, el Campesino, y por las Brigadas Internacionales. La batalla moriría sobre la loma y el caserío al que se dirige el camino izquierdo que parte de la bifurcación, se trata del Pingarrón donde entre el 18 y el 23 de febrero los republicanos lanzaron un asalto tras otro, dispuestos a todo para conquistar una posición que los franquistas se negaron a ceder, un parche de terreno en el que unos y otros derrocharon un heroísmo sin límites hasta que, el día 24, se hizo por fin el silencio. La batalla había terminado.

Portada del número 55 Desperta Ferro Contemporánea
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