Ellas sí que eran punk

Viv Albertine encarnó a la perfección el mito del estilo: clase obrera, casas «okupadas» y ni puñetera idea de tocar la guitarra. Perteneció a la «realeza» del movimiento con The Slits, un salvaje grupo que publicó dos discos y se desvaneció dejándola sumida en la soledad.

Salvando el título, que parece más propio de las memorias de una de las componentes de Sweet California, el libro de memorias de Viv Albertine, guitarrista del grupo de punk femenino The Slits, es una delicia. «Ropa música chicos» es una sincera y profunda visión de la escena musical que cambió el mundo. Su grupo fue el arquetipo del movimiento punk: en el 79 estaban orinando sobre el escenario y en el 82 Albertine se había reconvertido en profesora de aerobic. No es broma, así lo cuenta en este excelente libro de memorias.

Una de las grandes virtudes de su narración es que está escrita en presente continuo. Asistimos a los pensamientos mientras suceden: «Siempre he pensado que la serie de circunstancias que han jalonado mi vida (pobreza, norte de Londres, escuela pública, vivienda de protección oficial, mujer) predisponían mi nula preparación para triunfar. Observo a los Sex Pistols y me doy cuenta de que es la primera vez que veo un grupo y siento que no hay ninguna barrera entre ellos y yo», cuenta sobre su epifanía, acerca de cómo convirtió en virtud todo aquello por lo que se avergonzaba. Albertine metabolizó el mensaje más importante que nunca había recibido: «Sé tú misma, hazlo tú misma».

Nuestra narradora conoció a Johnny Rotten cuando no era nadie, igual que a Sid Vicious, con quien formará un grupo, Flowers Of Romance. Con él escribe su primera canción y mantendrá un vínculo enternecedor que nunca cruza la frontera sexual. Duermen juntos y, en una ocasión, Sid llega a mearse en la cama. En el terreno erótico, estas memorias son lo menos punki que uno se pueda imaginar: la heroína se lleva mal con la lujuria. En las distancias cortas, Albertine destroza el mito de los destripaterrones del punk con pruebas gráficas como una carta del bajista de los Sex Pistols desde el calabozo, en la que los puntos de las íes son circulitos dignos de una niña de la ESO.

Fuera la dejadez

La vivencia de la guitarrista desmonta en sí misma el manido tópico de «sexo, drogas y rock & roll» y, poco a poco, el título del libro parece menos malo. Hay sucesos de las tres categorías pero sin un ápice de gloria. Así que, primero, la ropa: el aspecto empezaba a ser algo muy importante en los 80. Un estilo zarrapastroso cuidadosamente descuidado. «No puedes ir vestida de marrón –escribe–. Es el color más vilipendiado porque es burgués, lo lleva la gente que tiene una casa de campo. En cuanto al beige, más te vale estar muerto». Se trata de provocar un cambio de actitud social con la vestimenta, aunque eso suponga convertirlo en una dictadura a su vez. «Por eso somos tan despiadados los unos con los otros y por eso odiamos la dejadez», explica.

Luego, la música. Más que un sonido, es una actitud que ellas encarnan a la perfección, tan bien o mejor que los Pistols o los Clash. Cuando forman The Slits (literalmente, «raja», y también genitales femeninos), hay una premisa: «Todas somos muy claras y contundentes a la hora de expresar nuestro rechazo frente a cualquier desdichado que se cruce en nuestro camino y que no se tome la vida en serio». Desde el primer momento, por atrayente que pueda resultar un grupo femenino, tienen esto claro: «No nos consideramos unas animadoras que intentan hacer que el público se olvide de sus problemas durante 40 minutos. Preferimos que la gente se enfrente a su ira e insatisfacción y hagan algo al respecto. Como dijo Luis Buñuel: ‘‘No estoy aquí para entreteneros, estoy aquí para incomodaros”», cita Albertine. Las Slits grabaron un primer disco extraño y único, que catalizaba el punk, el ska y el reggae. Era 1979 y dos años después llegó el segundo. Su carrera, sencillamente, se desvaneció. ¿Sin más? Bueno, el gope casi se lleva por delante a Tessa Pollit, bajista de las Slits, a la que Albertine rescata de una sobredosis. El punk fue, ante todo, un asunto moral, una secta repleta de normas que se decía libertaria. Aparentemente ácrata, pero tremendamente jerarquizada. Y Albertine perteneció a la «realeza» de aquel linaje: por su vida asoman Joe Strummer, Malcom MacLaren y Vivianne Westwood. Pero incluso en los días de más hechizo del punk, ella se siente mortalmente sola. Hasta que un buen día el destierro era real.

Finalmente, los chicos: la muy disfuncional vida amorosa de Albertine no fue tan grave como la que vivieron sus padres. Una violencia primero soterrada y después explícita. «Soy hija de la primera oleada de divorcios de la década de 1950. Hemos visto desmoronarse el sueño del hogar familiar. Crecimos bajo la consigna del ‘‘paz y amor’’ de los 70 y lo único que descubrimos es que había guerras en todas partes y que el amor y el romance son un timo». El gran fracaso amoroso fue su relación con Mick Jones, guitarrista de The Clash, por quien se someterá a un aborto. Éste le dedicará uno de los temas más famosos del grupo, «Train in Vain», con un dardo envenenado en la estrofa.

La segunda mitad del libro cuenta la gran resaca. Albertine vuelve a vivir con su madre y se recicla en profesora de aerobic. Estudia cine, es infeliz. Su historia es un poderoso mensaje feminista. Después de muchas páginas buscando un compañero «normal» (la narración casi parece «Bridget Jones»), finalmente lo halla y tiene un muy esperado hijo. También un cáncer. Tiempo después, sentirá el impulso de volver a tocar al mismo tiempo que la certeza que su matrimonio es un fracaso. La moraleja es que, volviendo a crear, se dará cuenta de que esa era la mayor rebelión de su vida.