¿Entra en el juego de Quignard?

«Todas las mañanas del mundo carecen de retorno», dice Pascal Quignard para empezar su obra más singular, ahora presentada en un cofre de dos volúmenes por parte de la editorial Sexto Piso. Con ese comienzo evocamos la película de la que él mismo escribió el guión, a partir de su propia novela «Tous les matins du monde» (1991), que contó con Jordi Savall para la banda sonora. Los «Pequeños tratados» fueron escritos entre 1977 y 1980, como cuenta el autor, pero los repetidos rechazos que recibió lo que ahora es un libro de culto hicieron que no vieran la luz hasta más de diez años después.

Miguel Morey aporta una extensa nota introductoria explicando cómo ha encarado la traducción de una prosa que resulta difícil y exige una «extrema atención», un «tiempo lento», paciencia. Con todo, tal vez sobrarían las advertencias que puedan asustar a los nuevos lectores y se encuentren con un estilo filosófico, poético, evocativo: «El amor, la amistad, las obras que se componen: de pronto, un fragmento de acero imanta mil fragmentos de todo lo que nos rodea y que está disperso». Quignard podría ser ese fragmento que atrae mil asuntos que le asaltan y con los que confecciona los «Pequeños tratados», que consisten precisamente en textos aislados, por lo general breves, «espasmos», como los llama, sin orden ni concierto, caóticos como los estímulos infinitos de la vida diaria.

El autor de libros tan sugerentes y eruditos como «El sexo y el espanto» (1994), en el que se adentraba en la época de Augusto y las figuras de los frescos conservados de Pompeya para hablar de nuestra sexualidad, disemina en estos tratados meditaciones sobre el acto de escribir y el lenguaje, ideas herméticas que cobran la forma de aforismo, pensamientos acerca de la literatura y la imagen... Imposible poder reseñar los diferentes asuntos que conciernen a un Pascal Quignard que busca poner en palabras sus sensaciones y recuerdos. Un libro que podrá fascinar al lector dedicado tanto a desconcertar y abrumar al que no entre en el juego de su compleja fragmentariedad.