Cultura

Los muertos de hambre de Stalin

«La atroz hambruna que castigó la Unión Soviética entre 1931 y 1934 causó cinco millones de víctimas, de las cuales el 80 % eran ucranianas. Según cuenta Ann Applebaum en «Hambruna Roja», en «Holodomor», Ucrania, se produce el exterminio del 12,6 por ciento de la población (3,9 millones de muertos de 31 millones) que llegó a un 20% en regiones como Kiev. Y debe incluirse en el cómputo la falta de unos 600.000 nacimientos. «Holodomor» deriva de las palabras ucranianas «hólo» (hambre) y «mor» (exterminio) porque, como demuestra la autora, no se trató de un error político, ni de una sequía inmisericorde, ni de una mortífera plaga, sino de la política de Stalin para liquidar el nacionalismo ucraniano.

Las directrices del Kremlin no solo diezmaron Ucrania privándola de alimentos, sino que su policía política exterminó a la intelectualidad: periodistas, escritores, profesores –historiadores y filólogos, sobre todo–, sacerdotes, artistas y, por supuesto, a los políticos y burócratas relacionados con la breve república ucraniana de 1917/18. La atrocidad encaja en la definición de genocidio dada por el creador del término, Raphael Lemkin: «La destrucción no solo de individuos, sino también de una cultura y de una nación».

Para explicar lo ocurrido en Ucrania en 1931-1934, la autora comienza exponiendo los orígenes del nacionalismo ucraniano bajo la despectiva mirada de Moscú, que prohibió la lengua, la enseñanza, las publicaciones y toda manifestación cultural. Esa política no impidió la formación de la «Rada Central» (el Consejo Central Ucraniano), que proclamó la independencia en noviembre de 1917, en plena Revolución, pero fue incapaz de defenderla con la unidad, la administración y un ejército. Su reforma agraria creó tal caos en el campo, base del nacionalismo y la economía ucranianos, que su estructura careció de consistencia y dio pábulo a los aventureros.

Medidas revolucionarias

El más notable de ellos, Simon Petliura, organizó un gobierno y levantó un ejército campesino que «ni servía como buen gobierno ni como buen ejército» y que no logró rechazar a las tropas rojas ni a las partidas bolcheviques enviadas en 1918 por Lenin a requisar el cereal ucraniano: «Por amor de Dios, ¡emplead todas las energía y todas las medidas revolucionarias para enviar cereal, cereal y más cereal! Si no, Petrogrado se morirá de hambre...». Entre 1918 y 1922 se desarrolló en Ucrania una atroz guerra civil en la que surgieron caudillos de origen rural, unidos o enfrentados a los bolcheviques de Petliura, los ejércitos blancos de Denikin o Wrangel y a los polacos de Pildsuski... Caos, destrucción, muerte, además de campos yermos que en 1921 apenas dieron un 5% de la habitual cosecha... mientras Lenin, ordenaba «enviad cereal, cereal y más cereal». Ese «comunismo de guerra» creó un caos de producción y distribución por la que Rusia sufrió un hambre espantosa que duró todo el proceso revolucionario, y una de cuyas consecuencias fue el «Terror Rojo». Para esquilmar el campo se creó la «Comisión extraordinaria», cuyas primeras sílabas en ruso son Che-Ka, la policía secreta soviética. La hambruna atormentó a Rusia, y, sobre todo, a Ucrania porque lo poco que tenían les fue arrebatado. Es indemostrable que fuera planificado para sepultar el nacionalismo ucraniano, pero ese fue el resultado. Con todo, Lenin tuvo que «replegarse temporalmente» creando la Nueva Política Económica (NEP), 1921, que permitía a los campesinos el libre cultivo, la disposición de una parte de su cosecha y cierta libertad para comercializarla. La NEP regularizó la producción, el comercio y el consumo. Cuando Lenin falleció en 1924, la hambruna había disminuido.

Para Ucrania fue mortal que le sucediera Stalin, que solo tuvo «dos prioridades claras respecto a Ucrania (...) Debilitar el movimiento nacional, que era sin duda el mayor enemigo de los bolcheviques (...) y hacerse con el cereal ucraniano».

En 1929 llegó la colectivización agraria. El campesino debía entregar sus tierras, animales y herramientas y la oposición fue dominada despojando a los resistentes de todo, incluida la vivienda, la ropa, la libertad y la vida. La consigna de Stalin fue «eliminar a los kulak», que en principio eran los campesinos menos pobres y al final fue todo el que se oponía a la colectivización. Aquello originó un desastre: los campesinos trabajaban menos, los dirigentes eran ineptos, las máquinas se deterioraban, las semillas se incautaban y todos robaban para sobrevivir.

La producción descendió, pero el Gobierno, empeñado en mantener cuotas altas de exportación de cereales para obtener divisas, esquilmaba a los campesinos. El hambre subió de tono en 1930/31, obligando a abrir fosas comunes para enterrar a familias enteras, lo que originó no menos de 30.000 disturbios, la mayoría, asaltos a almacenes o a transportes de grano. En el gulag el número de ucranianos pasó de 250.000 a 500.000 y el clima de violencia y descontento fue tal que Stalin incitaba a tomar medidas drásticas «sin las cuales podríamos perder Ucrania». No la perdió, la sepultó, y tan profundo que hemos tardado 80 años en conocer las dimensiones de su crimen.