Literatura

¿Sueñan las empresas con las SS? Va a ser que no

Un libro, “Libres para obedecer”, de Jean Chapoutot, rastrea los métodos de gestión empresarial actuales hasta el Tercer Reich

Cadena de montaje de la compañía Ford
Cadena de montaje de la compañía Ford FOTO: Arch

La procedencia nazi de ciertos objetos, tecnología o estilos está a la orden del día; incluso ciertos modos de comunicación política de masas están inspirados en Goebbels. Si usted toma una Fanta, por ejemplo, debe saber que fue creada por los nazis. Y qué decir de ciertos coches con los que fardan algunos políticos, incluso los autodenominados “antifascistas”. Tecnología perfeccionada durante la Alemania nazi y que sirvió al Tercer Reich. Johan Chapoutot, historiador francés especialista en el nacionalsocialismo, columnista del periódico de izquierdas “Libération”, dice que la gestión empresarial actual debe mucho a los nazis. Durante los doce años de Tercer Reich, asegura, se creó una matriz de teoría y práctica gerencial, ideada por las SS y practicada con fruición por todos.

La extensión de ese modo de gerencia fue gracias a que, según Chapoutot, los nazis fueron acogidos en la República Federal de Alemania, la verdaderamente democrática y con libre mercado. Es ahí donde surge el protagonista del libro: Reinhard Höhn, economista del partido nazi, incorporado a las SS, que trabajó cerca de Himmler y Heydrich, y que llegó a general en 1944. Tras la guerra, en 1956, creó la Sociedad Alemana de Economía Política, donde capacitó a cientos de miles de futuros gerentes. Höhn publicó cerca de 40 libros sobre la gestión empresarial. El secreto era la descentralización del mando, lo que viene a ser la delegación de las responsabilidades en mandos intermedios de confianza. Es un sistema copiado del Ejército prusiano, inspirado a su vez en el ejército de Napoleón. En el modelo son precisos oficiales y suboficiales con la suficiente formación como para tomar decisiones en su ámbito sin tener que consultar con el alto mando. Su formación les permite ser “libres para obedecer”; es decir, para decidir en tiempo real dentro de los parámetros establecidos previamente.

¿Esto es nazi? No lo parece, francamente. Trasladar un método de funcionamiento militar a otros ámbitos sociales no es nuevo en la historia de la Humanidad, y eso no convierte en nazi a nadie. Tampoco es nazi la “libertad para obedecer”, que es la máxima desde la existencia de las primeras comunidades políticas con normas. Por eso existen los delitos y el Código Penal para el que no cumple la ley. Por ejemplo, siguiendo al autor, Hacienda sería un organismo nazi: somos libres para obedecer (y pagar). Además, en Estados Unidos el método de delegación de responsabilidad se aplicaba en la General Motors de Alfred Sloan y otras grandes corporaciones desde la década de 1920. Era un sistema distinto al de Henry Ford, otro fabricante de automóviles. Hablo de la misma General Motors que compró Opel en 1929, trasladó allí su sistema de trabajo y colaboró después con los nazis. Es decir; que el método que llevó Höhn a la Alemania Federal no fue un invento de las SS, sino que ya se aplicaba antes.

Chapoutot achaca a los nazis querer la destrucción del Estado para privilegiar la “libertad” de la comunidad aria. El plan, dice, fue sustituir la acción pública por corporaciones empresariales. Se equivoca. No solo esas corporaciones no eran libres, sino que trabajaban en función de los objetivos marcados por el Gobierno nazi. Chapoutot confunde lo público con lo estatal, el origen con el resultado. Además, el nacionalsocialismo, como el comunismo, fusionó el Estado, el Gobierno y el Partido. Eran la misma cosa. En consecuencia, si la administración pública deja de ser independiente del Ejecutivo de turno y del partido en el poder, el Estado no existe. Este es uno de los problemas de los países que salen de una dictadura: reconstruir el Estado como sujeto objetivo sacando al partido único de sus entrañas.

Otras extravagancias del autor dejan perplejo al lector. Dice que no hay que usar conceptos como “productividad” y “competencia” porque los usaron los nazis. Y si lo hacemos debemos “reflexionar sobre lo que somos, pensamos y hacemos”. La verdad es que el libro deja un regusto a ocurrencia. Eso de tildar de “nazis” a las grandes empresas suena muy antiguo. Resulta una banalización del mal fuera de lugar. No olvidemos que el nazismo se basaba en el racismo, el genocidio, la negación de los derechos humanos, la inseguridad jurídica, la anulación de la libertad y de la democracia pluralista, o la prohibición del sindicalismo no nazi en las empresas, por quedarnos dentro del tema.

El ensayo de Chapoutot, fallido a todas luces, podría haberse reconducido a una biografía de Höhn sobre la enseñanza de la gestión empresarial, de cómo usó conceptos y sistemas que crearon otros, no precisamente de las SS, para montar su negocio docente en la Alemania Federal.