De la introspección a la turbulencia

La Razón
La RazónLa Razón

Obras de Schubert, Brahms y Liszt. Piano: Paul Lewis. Auditorio Nacional, 3-V-2016.

Este pianista de Liverpool (1972) concurrió en sus años mozos a la primera convocatoria de Jóvenes Instrumentistas que organiza la revista Scherzo y que va ya por su edición número 14. Un dato que no se recoge en la biografía del programa de mano. Pero a los que peinamos –ya pocas– canas se nos viene a la memoria la buena disposición, el criterio y la seriedad de los que en aquel momento hizo gala este instrumentista recién cumplidos los 28.

Esas cualidades, claro, han crecido con el tiempo y hoy Lewis se nos muestra un artista sereno, firme, seguro, aplomado, de sólidas bases musicales y una técnica muy acabada fundamentada en la variedad de ataques, la exactitud de digitación, la calidad del sonido, propiciada por un juicioso empleo de los pedales, y la flexibilidad del fraseo. El espectro es muelle y oscuro, redondo y acolchado, sin estridencias; ni siquiera en pasajes turbulentos, como los que alberga la «Sonata Dante» de Liszt, tocada de manera fulgurante, abierta con secos y perentorios acordes, abundosa en escalofriantes octavas y tormentosas escalas, sólo pasajeramente borrosas Límpidos trinos y elegante y tranquila «cantabilità» en los instantes de más arrebatado lirismo.

Lewis nos brindó en el resto del recital, como contraposición, unas recreaciones sentadas, de trazo severo pero de cálidos reflejos, instrospectivas y maduras, las propias de un instrumentista en sazón, aquí sí muy controlado, que mira hacia adentro en busca de la expresión más auténtica. Así pudimos escuchar una juvenil «Sonata D 575» de Schubert a media voz perfectamente regulada de «tempi» y dinámicas, coloreada y provista del deseado aire danzable.

Fue admirable la manera en la que el pianista supo atemperar y diferenciar los planos, cantar y ligar las frases de las «Cuatro Baladas op. 10» de Brahms, a las que se aplicó ese inaprensible sentido de lo legendario, de lo evanescente. Adornos discretos y rasgos pictóricos del mejor estilo. Cristalino fraseo y refinamiento nada artificial, claroscuros muy sutiles en los «Cuatro Intermezzi op. 117» del mismo compositor. El Schubert ofrecido como bis se situó en el mismo plano de exquisitez.