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"Don Carlo": Radiografía verdiana del poder

  • Maria Agresta y Marcelo Puente, en una escena de «Don Carlo». Foto: Javier del Real
    Maria Agresta y Marcelo Puente, en una escena de «Don Carlo». Foto: Javier del Real

Tiempo de lectura 4 min.

19 de septiembre de 2019. 03:01h

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Gonzalo Alonso 19/9/2019

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De Verdi. Voces: Dmitry Belosselskiy, Marcelo Puente, Luca Salsi, Mika Kares, Maria Agresta, Ekaterina Semenchuk, etc. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Director de Escena: David McVicar. Director musical: Nicola Luisotti. Teatro Real. Madrid, 18-IX-2019.

Si hay óperas difíciles de programar con éxito, una de ellas es «Don Carlo» Son muchos los factores que se requieren para una buena representación. El mismo Verdi revisó su partitura casi media docena de veces y Verdi ya había logrado su madurez creativa. De hecho sólo le quedaban tres óperas por estrenar «Aida», «Otello» y «Falstaff», pero «Don Carlo» se le resistió. Se le acusó de wagneranismo e incluso de meyerbearismo, más que nada por la longitud de la partitura.
Los teatros la «escondieron» por algo durante años y prácticamente sólo desde el cincuentenario del compositor «resucitó». Se precisan cinco grandes voces: bajo, soprano, barítono, mezzo y tenor. Dejo a éste expresamente en último lugar porque hay pocos papeles de tenor más desagradecidos, sin un aria de real eficacia. No es extraño que algunos no hayan querido abordar el papel. «Mucho cantar y sin posible recompensa», opinaba Mario del Monaco. Se precisa una amplia orquesta, coros, figurantes... presupuesto. Y, obviamente, un director de escena que «entienda» una obra que no tiene nada que ver con la historia, pero que tampoco se puede apartar de ella. Algunos, como Wernike en Salzburgo o Warlikowski recientemente en París, se han estrellado. Otros, como Konwitschny, arriesgaron saltándose todas las convenciones y lograron crear algo con interés y mucha polémica. El retrato psicológico de los personajes es fundamental, con sus esferas privadas y públicas, sus relaciones afectivas y políticas, con sus sentimientos y valores: amor, celos, envidias, dignidades.... Toda su amplísima vida interior y, sobre todo ello, las dos grandes esferas de poder, el político y el eclesiástico. Mucho tomate.
Tampoco es una obra fácil para criticar, sobre todo cuando termina a medianoche y los diarios quieren tener una opinión docta en media hora. Y más difícil aún para quien estuviese en el «Don Carlo» de Abbado en la Scala, el de Karajan en Salzburgo, los de Caballé en el Liceo o la Zarzuela con repartos inigualables hoy -Chistof, Bumbry, Aragall, etc-, o el citado de Konwitschny en el Liceo, con procesión por las Ramblas incluida.
Curioso que éste presentase un Auto de Fe a lo grande, con la entrada de los reyes desde las Ramblas. Espectacular. Y que McVicar en cambio esconda al pueblo en esa escena, en un acto pensado para el pueblo en su momento histórico. El pueblo lo recupera al final del cuadro de la prisión. Por cierto, sin el «Lacrimosa». Elegante la solución final de la cruz en llamas para simular la quema de los herejes. Curioso que el infante sea asesinado por la guardia de su padre y muera sobre la tumba del abuelo. Mucho podría escribirse analizando cómo plantea McVicar las relaciones psicológicas de los personajes, pero haría falta todo este periódico. Quedémonos con las características más generales: la recuperación del acto en Fontainebeau, un espacio monumental, lleno de pilares de ladrillo blancuzco, un útil muro al fondo, más ladrillos para simular mobiliario -que no sirven para la hoguera de Fontainebleau - un vestuario único fiel a una época de la que no intenta evadirse. No es lo mejor en su carrera ni tampoco alcanza la calidad de «Gloriana» en el propio Real, pero lleva correctamente la trama. Desde luego más interés que la anterior producción de Hugo de Ana de 2005, aunque entonces el reparto fuese quizá superior.
Fue una pena la caída de cartel de Francesco Meli. Marcelo Puente, que abordó Pinkerton en la «Butterfly» de El Escorial, lució timbre grato, de línea canora algo irregular y estrecho arriba, con un lapsus en su arrebato del Auto de Fe, quizá por buscar mayor expresividad que en aquel Puccini. Paris le eligiese para sustituir a Kaufmann en el papel. Maria Agresta es siempre una soprano que resuelve, como lo hizo en la más problemática «Norma» en este teatro y Elisabetta le va bien a su voz, aunque hubiera sido deseable una mayor gravedad en ciertos momentos, como en su aria final. Ekaterina Semenchuk, a quien vimos como Azucena el «El trovador», es de las mejores mezzos de la actualidad. Matizó bien la dinámica de las coloraturas en la canción del velo y rotunda en el «O don fatale». Dmitri Beloshelsky vuelve tras ser el Conde Walter en la reciente «Luis Miller». Voz importante y una sorpresa muy positiva en la personalidad canora y teatral que requiere Felipe II. Irreprochable su gran aria. Correcto el Gran Inquisidor de Mika Kares, quien cantó el mismo papel en ABAO, aunque falta contraste entre ambos bajos. Nada que objetar a Luca Salsi, uno de los barítonos más apreciados y un Posa de referencia hoy día. Alto nivel en su muerte y en su dúo con el rey, con un acompañamiento orquestal remarcable. Impresionantes los acordes tras « horrenda pace».
Nicola Luisitti demostró una vez más su dominio de este repertorio, matizando y aportando tensión. Quizá con volumen excesivo en ocasiones e innecesariamente, como en el inicio de la escena del jardín. Orquesta y coro empezando a muy buen nivel la temporada. En el palco real otros reyes junto a la presidenta de las Cortes, la Comunidad de Madrid y el alcalde. Dos Reyes sufriendo, uno en el escenario y otro en un palco. La queja de FELIPE II A Posa bien podría haber sido la de nuestro emérito a un íntimo.
Finalmente, sobraron ladrillos pero no es un ladrillazo, sino que mantiene un nivel razonablemente bueno.

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