Sabino Méndez: La guitarra que buscaba el abismo

Paco de Lucía actuó en muchas ocasiones junto a Wynton Marsalis

Paseando un atardecer por Valladolid, el poeta Félix Grande me contó cotidianidades de Paco de Lucía. Félix, antes de ser poeta, había querido ser guitarrista y fue a tomar clases con el más grande. Un día, Paco le pilló tocando delante de un espejo; el alumno lo hacía para comprobar que su técnica y la posición de la mano eran las correctas. El maestro le riñó y le dijo que no quería verle haciendo eso, debía guiarse por la música, no por la imagen adecuadamente formal del espejo. El maestro a veces rememoraba su infancia y explicaba cómo veía marchar a su padre cada noche al trabajo (también era tocaor) para divertir a los que pagan. Siempre con esa condenada funda de guitarra con la cremallera rota, decía. En los años sesenta, las fundas eran pobres, de tela, y siempre se rompían por la cremallera. De todas las anécdotas, mi favorita era la tercera: un día, el alumno oyó cómo el maestro grababa una pieza perfecta, clara, armónica, como agua rebotando entre piedras. El poeta quedó arrobado y no dio crédito cuando vio que el maestro borraba su propia grabación. «No está mal pero no tiene abismo», cuenta que le dijo para explicar por qué la destruía.

Más allá del academicismo

En esos tres episodios se condensan las características esenciales que hicieron genio al guitarrista Francisco Sánchez Gómez, más conocido como Paco de Lucía. En la actitud de la primera anécdota se trasluce su sagacidad para ver todo lo que había más allá de las formas académicas de su disciplina. Por ese camino, una vez aprendido todo lo que podía aprender del flamenco y la guitarra clásica, no le hizo ascos a trabajar con palos menospreciados como la rumba, o medirse a principios de los ochenta con los principales guitarristas del jazz y del rock: Carlos Santana, Al di Meola o John Mclaughlin. Vale la pena escuchar «La danza del sol mediterráneo» en el elepé «Elegant Gipsy» de Al di Meola. En esa pieza, hay un momento en que los dos guitarristas tocan la misma melodía, un arreglo muy rápido y contrapuntado, de muy difícil y meritoria ejecución. Enseguida se ve, por arranque, por dinámica, por ataque del fraseado, que, cómo decía la tercera anécdota, hay una guitarra que tiene abismo y la otra no. El tesón, la capacidad de trabajo y observación que tiñe la segunda anécdota las vi en uno de sus primeros conciertos junto a Carlos Santana en Barcelona, Paco de Lucía pulsaba su guitarra sentado, tímido, hierático, mientras los rockeros que tocaban con él gustaban de hacer gestos y caras agónicas. Ahora bien, un par de veces durante el concierto, fue Paco quien tuvo que enseñarles a los demás músicos el mástil de su guitarra para decirles en qué acorde estaban y señalarles el camino a seguir.

Es muy probable que, dado lo precoz, los logros y la longitud de su carrera, no percibamos cuán prematura –con sólo sesenta y seis años– es la desaparición de Paco de Lucía. Ni tampoco el papel señero que ha desempeñado en la encrucijada entre una tradición como la de Sabicas, el flamenco de los Marchena y la música popular que quiere beber sin complejos de flamenco, jazz o rock. Fue uno de los primeros valedores del hoy mundialmente famoso Alejandro Sanz y lo que tenía que entregar en la parte añeja de su vida era todavía inmenso. Lo cierto es que ayer, de una manera sencilla, jugando al fútbol con su hijo pequeño en un playa de Cancún, como en una canción de Vinicius, un genio dejó de respirar.