«Intensamente azules»: Alta filosofía y puro cachondeo

Autor y director: Juan Mayorga. Intérpretes: César Sarachu. Teatro de la Abadía (Sala José Luis Alonso). Madrid. Hasta el 10 de febrero

Dice Juan Mayorga que un día, después de encontrar sus gafas rotas, decidió ponerse, para poder ver y continuar con su vida, unas de natación graduadas que le había regalado su hija. Aquella imagen de un tipo así ataviado, que parecía por lo demás normal y corriente, provocó un natural desconcierto en quienes se topaban con él; mientras que tales reacciones, a su vez, provocaban en él, cobijado tras los cristales azules de sus originales gafas, idéntica perplejidad. La anécdota, sea o no cierta del todo, le ha servido perfectamente al dramaturgo para construir un interesantísimo relato, transformado en monólogo teatral, sobre la delicada relación entre la materia como posible realidad objetiva y la siempre subjetiva percepción que el hombre puede hacer de ella. Haciendo un inteligente guiño al idealismo subjetivo y, muy especialmente, a los postulados de Schopenhauer, Mayorga ha sido capaz de armar una agudísima obra que, argumentalmente, se limita a seguir los pasos, en su día a día, de este protagonista que ve a las personas de su entorno y el mundo en general con la forma y el fondo que le proporcionan sus gafas de natación. En su sentido más profundo, el monólogo, en el que no falta una velada crítica al estado de la educación y al desprecio por el conocimiento, se constituye en una hermosa parábola sobre la dificultad para conocer en rigor la «realidad» y sobre la escasa capacidad del individuo para modificarla; una parábola que se sostiene sobre el pesimismo de Schopenhauer en dos ideas bien expresadas en la función: «La voluntad no tiene razón porque no la necesita» y «No puedo conocer el mundo porque al mundo lo rige una voluntad ciega de la que yo formo parte». Pero, ojo, que nadie crea, tras leer esto, que va a ir al teatro a ver y a escuchar una elevada y plomiza disertación filosófica; lo más admirable, desde un punto de vista puramente dramático, es que Mayorga logra insertar toda esa reflexión en un texto repleto de humor que, en el cuerpo y en la voz de ese atípico actor que es César Sarachu –obligado a incorporar a todos los personajes que van saliendo al paso–, se convierte en un delirante y divertidísimo juego teatral.