Cultura

La entrevista

Ángel Sánchez: «Trabajaba con 200 perros ladrando y pesaba 90 kilos. Tenía que reencontrarme»

La Copa Chenel es la oportunidad de la Comunidad de Madrid para que matadores como él puedan vivir de su vocación

Ángel Sánchez (torero)
Ángel Sánchez (torero) La Razón La Razón

El lunes 14 se celebraba la Gala de San Isidro en Las Ventas por todo lo alto, pero un torero la vivía desde fuera en los aledaños de la Monumental. «Justo esa noche yo estaba con el coche a escasos metros. Me maldecía mientras veía entrar a los toreros entre cámaras y focos: ‘¿Qué he hecho mal para no estar ahí? Sentí mucha envidia, pero no de la sana, esa no existe.». Así habla Ángel Sánchez, quien en 2019, tras tomar la alternativa con los adolfos en Las Ventas, era una de las grandes promesas de aquella gala. Su alternativa fue un todo por el todo, «pero lo volvería hacer mil veces», dice Ángel.

Anteayer volvía a La Monumental para formar parte de la presentación de otros carteles, los de La Copa Chenel, el formato de la Comunidad de Madrid que brinda una oportunidad a aquellos toreros que no encuentran su hueco en el circuito de las grandes ferias. El triunfador de la edición anterior, Fernando Adrián confirmará alternativa en este San Isidro con José María Manzanares como padrino y Roca Rey de testigo, ante toros de Victoriano del Río. La oportunidad de su vida. En esa edición Ángel Sánchez ya fue invitado a participar pero prefirió ser honesto. «Trabajaba doce horas al día y no estaba preparado».

Parecía haber desaparecido.

Sí, es verdad. Me lo dijo todo el mundo en la presentación el otro día. Me salí. En Colmenar Viejo me preguntaba todo el mundo y yo ya decía que me había retirado. A mi padre le diagnosticaron un cáncer y me tuve que poner a trabajar. Estuve de peón de obra unos meses y luego trabajando en una perrera con 200 perros ladrando todo el día. Llegué a pesar 90 kilos. No me reconocía.

¿En el trabajo entendían que los toreros amáis a los animales?

Depende de cómo conciba cada uno el animalismo. Tenía compañeras antitaurinas, pero evitábamos sacar el tema y la convivencia era perfecta. Los domingos escuchábamos los disparos de la caza, a ellas les molestaba, a mí no.

¿Cómo es para un torero vivir al mes?

Como para cualquiera. El dinero según entraba salía para pagar la vivienda. Tomarme un refresco en un bar llegó a ser un lujo del que tuve que prescindir. Más que vivir sobrevivía.

¿Ejemplos como los de Emilio de Justo le inspiran a confiar en que su profesión le cambie la vida?

Por supuesto, al igual que el de Manuel Escribano. Pero mi verdadera inspiración hoy es mi padre. Verle luchando y pasando con él 4 horas al día con la quimio me ha marcado para siempre. Ellos me han dado la vida y yo me la juego por ellos.

¿Llegó a sentir en algún momento que tocaba fondo?

Yo es que soy muy inestable. Tengo días de euforia e igual al siguiente no puedo levantarme. Pero mi padre y el apoyo de mi novia me han ayudado muchísimo. Ellos me entienden y eso que entender a un torero no es nada fácil. Somos muy raritos. Pero yo ahora estoy aprendiendo a ser yunque antes de martillo. Todavía solo tengo 26 años.