Pellegrini, el nuevo «Don Manué» del Real Betis

Diez años después de la salida de Ruiz de Lopera, el equipo verdiblanco se aferra para renacer en su tocayo, el técnico chileno

Hubo un tiempo no muy lejano en el que el señor Ruiz de Lopera, Manolo para sus muchos amigos y Lete para quienes lo conocían desde su juventud en la barriada de El Fontanal, gobernaba el Real Betis con poder omnímodo. El Benito Villamarín llevaba su nombre y también la ciudad deportiva Luis del Sol, en cuya entrada había un azulejo en el que el empresario había enterrado para siempre a Manolo y a Lete: «D. Manuel Ruiz Lopera» se llamaba oficialmente la instalación, con ese tratamiento de cortesía por delante que la cultura popular reserva a los mafiosos de novela: Don Corleone.

Lo cierto es que el fidelísimo pueblo bético, siempre raudo en la entronización de los ídolos, con frecuencia demasiado, se enamoró de su presidente hasta la veneración y expandió el «Don Manué» (sólo Lorenzo Serra Ferrer pronunciaba la ele final, con su marcada lateralidad alveolar tan mallorquina) urbi et orbi, hasta introducirlo en letrillas de canciones, versículos entre blasfemos e irreverentes («Don Manué es mi pastor, nada me falta»), en un estribillo que la afición coreaba al inicio de cada partido («Hola, hola, hola, Don Manué», tronaba el graderío cuando él hacía su aparición en el palco) y una peña inscrita en el registro del club con este elocuente nombre: «Lo que diga Don Manué».

En el verano de 2010, la presión popular y judicial defenestraron a Lopera de un Betis que, con la excepción de dos clasificaciones para Europa, ha vivido desde entonces un decenio de mediocridad agravada por los triunfos de su vecino. La atípica temporada 19/20 la acabaron, pese a una inversión récord en fichajes, en una deshonrosa decimoquinta plaza y, lo que es peor, ese tufo a desgobierno anticipa la catástrofe. Era perentorio un cambio de rumbo.

El Betis no necesitaba sólo un entrenador, sino que requería la figura de un «hombre de fútbol», en el sentido pleno de la expresión, que liberase la presión existente sobre unos dirigentes, los jóvenes empresarios Ángel Haro y José Miguel López Catalán, despistados en el medio balompédico como un oso polar en el Sáhara. El hombre era Manuel Pellegrini, experimentado técnico de 67 años cuyo mero nombre es sinónimo de respetabilidad y ética de trabajo. Llegó el chileno de la mano de Antonio Cordón, el director deportivo con el que trabajó en Villarreal, y juntos se pusieron manos a la obra para reconstruir al Betis o, más que eso, infundirle vida a una entidad cadavérica.

Con tesorería raquítica, el margen de maniobra de Cordón para fichar ha sido escaso, pero el predicamento de Pellegrini ha logrado atraer a su compatriota Claudio Bravo, defensor de porterías de tanto tronío como la del Barça o la del City y, sobre todo, líder nato. Se erigió desde el día de su llegada en la prolongación del entrenador en el campo y, casualidad o no, la defensa verdiblanca que hace dos meses regalaba goles por doquier, permanece imbatida. En este fútbol a puerta cerrada, además, escuchar los gritos de Bravo a todos sus compañeros, no sólo a los zagueros, es un espectáculo en sí mismo.

Pellegrini, como los grandes restauradores de obras de arte, ha vigorizado al Betis con cuatro retoques apenas imperceptibles: orden firme de no complicarse atrás, un doble pivote con Guido Rodríguez de ancla que libera al fabuloso William Carvalho; el empleo, sabio y cínico, de la falta táctica; y el convencimiento de los futbolistas de que los manda un señor que sabe lo que hace.

Se reencontrará con su Real Madrid Pellegrini, el hombre sobre el que descansan todas las esperanzas de una afición harta. Siempre afable, siempre señorial, del preparador chileno jamás se ha oído una palabra de reproche hacia el club que lo despidió tras sumar 96 puntos en una Liga disputada a cara de perro con el mejor Barcelona de Guardiola y Messi. Pero el hombre no es de piedra y seguro que en un rincón de su cabeza...