Rafa Nadal y el junio eterno en París

El español está en una final distinta a las doce que ha ganado en Roland Garros

Un puñado del millar de espectadores que cada día puede acceder a las instalaciones de Roland Garros, junto a la puerta de Auteuil del Bosque de Bolonia, animaba a Kristina Mladenovic, la francesa que buscaba su novena final del Grand Slam, tercera en París, en la modalidad de dobles femenino. El reloj superaba apenas las dos cuando Barbora Krejcikova dejaba una volea en la red para entregar el match ball. «Allez Kiki», saludaba el público antes de apresurarse a enfilar la avenida Marcel Bernard para recorrer los quinientos metros que separan la pista Suzanne Lenglen, donde la gala acababa de ganar junto a la húngara Timea Babos, de la Philippe Chatrier.

¿Qué tiene que ver la semifinal del doble femenino con la que iba a disputar Nadal frente a Diego Schwartzman? Mucho, en realidad, porque en la pista Suzanne Lenglen, descubierta, no se puede jugar cuando llueve y la celebración sin sobresaltos del programa previsto significaba que no iba a ser necesario cerrar el techo retráctil que estrena la Philippe Chatrier en esta extemporánea edición de 2020. Cuando el Rey de Roland Garros y el Peque saltaron a la tierra batida, enfilándose las tres de la tarde, incluso brillaba un tímido sol otoñal sobre la Ciudad de la Luz.

Ésa fue la segunda buena noticia que recibió Nadal antes de dar el primer raquetazo de su decimotercera semifinal de los Internacionales de Francia. La primera le llegó dos días antes, cuando Schwartzman apartó de su camino a Dominic Thiem. Es verdad que el argentino venía de eliminarlo en Roma, pero el austríaco –recién consagrado entre los grandes por su triunfo en el US Open– se cernía como un enemigo más peligroso, por tener más experiencia y por poseer un tenis más peligroso para Rafa en este Roland Garros glacial donde los efectos diabólicos del español no trepan hasta convertir en un suplicio cada revés a una mano de su rival y donde, por la pesadez de las bolas, se hacen más complicados de levantar los martillazos de los pegadores.

Entre los mármoles mussolinianos de Foro Itálico, Schwartzman había martirizado a Nadal con medio centenar de dejadas a las que ni siquiera las prodigiosas piernas del manacorense, con la «terra rossa» prácticamente convertida en barro por el sirimiri que caía y las bolas despeluchadas a causa de la humedad, como unos ositos Teddy con demasiadas navidades a sus espaldas. Los Masters 1.000 se juegan a quien gane dos sets, además, una distancia corta para el maratoniano balear, que en los cuartos frente a Jannick Sinner había jugado su centésimo partido en estas pistas, donde sólo ha cosechado dos derrotas.

Tres horas y un puñado de buenos puntos después, aunque el encomiable adversario no lo obligó a deleitarnos con demasiados golpes imposibles –las míticas «nadaladas»–, Rafa estaba otra vez en una final distinta a las doce que ha ganado, en las que el sol que frecuentemente brilla sobre París en junio se aliaba con la infinita variedad de sus efectos y en las que la tierra reseca multiplicaba el bote de sus malévolos liftados. Nadal siempre es y será favorito en Roland Garros, pese a todo, pero su reinado no será eterno... o puede que sí, váyase usted a saber.