Ali (1942-2016): El KO del siglo XX

Ali: más golpes da la vida. El 4 de junio de 2016 pasará a la historia porque «el más grande» falleció en un hospital de Scottsdale, Texas. Tenía 74 años. Sufría párkinson desde hace 30. Era Muhammad la sombra torpe y enmudecida del león orgulloso. En sus días de gloria generó calambres de amor y odio.

Muhammad Ali
Muhammad Ali

El 4 de junio de 2016 pasará a la historia porque «el más grande» falleció en un hospital de Scottsdale, Texas. Tenía 74 años. Sufría párkinson desde hace 30. Era Muhammad la sombra torpe y enmudecida del león orgulloso.

Escriben: Miguel Ors, César Vidal, Martín Prieto, David Solar, Lluís Fernández, Manuel Calderón, José María «Chema» Rodríguez, Jerónimo «Jero» García y Javier Ors

El 4 de junio de 2016, anoten la fecha, falleció en un hospital de Scottsdale, Texas, Muhammad Ali, el «más grande». Tenía 74 años. Sufría párkinson desde hacía 30. Era la sombra, torpe y enmudecida, del león orgulloso. En sus días de gloria generó calambres de amor/odio. Supo como nadie antes utilizar a su favor, también en contra, los resortes de la comunicación de masas. Para expandir su mensaje, su credo y su imagen, incendiaba periódicos con un parpadeo. Boxeador de boxeadores, Elvis Presley, Sam Cooke y los Beatles posaron junto a él, conscientes de que el niño asombroso era un icono a la altura del Martin Luther King Jr. Alguien que nunca aprendió a esconderse. Su belleza y su porte, su irreverencia y bonhomía se han apagado sin sufrir el destino trágico que le auguraban las crónicas de la época, cuando se embarcó en retos de dimensiones sobrehumanas. Pero fue un hombre, no un dios, ni siquiera un héroe. Si Aquiles sufría del talón, Ali lo hacía de un cerebro que relampagueaba con una potencia casi excesiva. Les dijo a los negros que no tenían que acobardarse y a los promotores que el dinero era para él, que para eso pastoreaba a las masas y se dejaba los piños. Vivió para convertirse en icono que trascendía aduanas raciales y políticas, pero en su vejez lo machacó la demencia. Quién sabe si fruto de los innumerables trallazos descargados por sus rivales.

El superviviente de 61 combates profesionales, con 56 victorias, 37 por K.O., había nacido en Louisville, Kentucky, el 17 de enero de 1942. Bautizado como Classius Marcellus Clay Jr, por su padre y por el abolicionista y colaborador de Lincoln, el «León de White Hall», aquel escolar comenzó a entrenar para boxeador a la edad de doce años. Lo encauzó un policía, después de contemplarle atizar al tipo que había tratado de robarle la bicicleta. En apenas seis años acumuló guantes de oro y se coronó en los Juegos Olímpicos de Roma (1960), donde también ganó. Fue el entremés antes de su consagración, ya como profesional, en el 64, cuando conquistó el título de los Pesos Pesados frente a Sonny Linston. Una victoria inusitada, que dejó boquiabiertos a los locutores y al público, mientras Clay proclamaba desde las cuerdas su estatura colosal, su audacia, su hermosura.

Lo que sigue forma parte del sustrato legendario de América. Se unió a la Nación del Islam, la polémica organización (decirle racista sería más apropiado) fundada en 1930 por Elijah Muhammad. Se cambió el nombre, pasando a llamarse Muhammad Ali. Revalidó el campeonato del mundo ante Floyd Patterson en 1966. Supo defenderlo hasta que el año siguiente, con EEUU entrampado en Vietnam, fue incluido en la lotería del reclutamiento forzoso. Entonces solicitó un micrófono. «Mi conciencia no me permite disparar a mi hermano, a gente de color, a gente pobre en el barro en nombre de los poderosos de América. (Los vietnamitas) nunca me han llamado negrata, nunca me lincharon, nunca azuzaron perros contra mí, me arrebataron la nacionalidad, violaron a mi madre o asesinaron a mi padre».

Desposeído de la licencia de boxeo y el pasaporte, condenado a cinco años de cárcel, que no llegó a cumplir, Ali recurrió al Tribunal Supremo, que falló a su favor en 1971. Perdió los mejores años de su carrera. Regresó para fracasar en el Madison Square Garden contra Joe Frazier. Le devolvió el golpe en 1974, pero para entonces el nuevo campeón era el descomunal George Foreman, con el que un 29 de octubre del 74 protagonizó en Zaire, la actual República Democrática del Congo, el «Combate del siglo», el mítico «Rumble in the jungle». Foreman tenía 25 años, Ali 31. Nadie daba un céntimo por el histrión. «La derrota flotaba en el aire», escribió Norman Mailer horas después de acompañar a Ali en una sesión de entrenamiento en las afueras de Kinshasa; «Ali era el único que parecía negarse a hacer suyo el temor de la gente que le rodeaba».

Quien odie el boxeo tal vez nunca comprenda las dimensiones de una pelea superlativa, en la que más que un cinturón parecía jugarse la paulatina emancipación de los negros, el destino de todos lo sojuzgados y hasta la Guerra Fría. Antes del combate, cantaron B.B. King, Bill Whiters, James Brown y la Fania All Stars. La multitud, mayoritariamente con Ali, al que sentían como uno de los suyos, gritó «Ali, bomaye!» («¡Ali, mátalo!»). Mailer y George Plimpton le dedicaron crónicas más grandes que la vida. En los sótanos del estadio, encerrados como perros, se agolpaban cientos de presos políticos del sátrapa Mobutu. Ganó Ali, después de soportar una galerna que agotó a Foreman. Hizo de su cuerpo el receptor de mil cañonazos. Se rodaron documentales, magníficos, y el campeón redobló la apuesta, en Manila, contra Joe Frazier, en un combate atroz, «Thrilla in Manila», el 1 de octubre de 1975, que volvió a coronarle. A partir de ahí, el otoño, la retirada, el párkinson...

En la noche del viernes, Vin Scully, legendario comentarista de béisbol, interrumpió la narración televisada del partido de Los Angeles Dodgers para dar la noticia y repetir el lema que Ali patentó como frontispicio de su heterodoxia: «Vuela como una mariposa, pica como un abeja». Minutos después, el «New York Times» abría a toda página: «Titán del boxeo y del siglo XX». «El más grande de todos los tiempos», repiten los locutores en NBC. «Muhammad Ali sacudió la conciencia del mundo, y el mundo es mejor gracias a él», ha dicho el presidente Obama. «Alí, el gran hombre, el gran americano, mi héroe», escribió el chef y escritor Anthony Bourdain. «Muhammad Ali era mi amigo, mi ídolo, mi héroe», suspira Pelé.

Acaso nadie haya resumido mejor el carisma de Ali que el mismísimo Foreman, con quien estuvo a punto de matarse, blanco de sus dardos dialécticos y luego amigo inseparable. «Era uno de los seres humanos más extraordinarios que jamás haya conocido», repite Foreman, que regresó en 1994, con 45 años, para ser el campeón más viejo de la historia. «Fui vapuleado en la selva y jamás discutimos antes de aquello. Le pegué con todas mis fuerzas y él me respondía, “¿Esto es todo lo que puedes hacer, George?”. Ali, Joe Frazier y yo éramos una sola persona, vivíamos a través de los otros dos. Una buena porción de mí muere con su muerte, y diría que la más grande».

Que fuera tres veces campeón del mundo, en algunas de las peleas más dramáticas que vieron los tiempos, es poco ante su facilidad para surfear las convulsiones de los sesenta, la lucha por los derechos civiles y las corrientes enfrentadas del orgullo negro. Cuando renunció a pelear en Vietnam, en nombre de la discriminación que sufrían los afroamericanos en EEUU, se enemistó con la mitad del país. Fue perdonado porque es imposible odiar a la encarnadura viviente de una nación enamorada del que rema a la contra y triunfa. «Me gustaría ser recordado», dijo un día, «como alguien que jamás miró con superioridad a quienes le admiraban, que peleó por sus principios y trató de unir a la humanidad a través del amor y la fe... Y si todo eso suena demasiado rimbombante, entonces como un buen boxeador que se convirtió en un líder y un campeón para su gente. Y no me importará si la gente olvida lo guapo que fui». Desaparecidos Elvis, Luther King y Kennedy, América llora a su último gigante.