Fútbol

Las noches mágicas de Gianna Nannini

«Notti magiche» fue el himno del Mundial 90, que Italia perdió en los penaltis. En Wembley, los de Mancini se tomaron la revancha y ganaron la Eurocopa

Giorgio Chiellini lleva el trofeo de la Eurocopa a la llegada del equipo italiano al Quirinale
Giorgio Chiellini lleva el trofeo de la Eurocopa a la llegada del equipo italiano al QuirinaleANGELO CARCONIEFE

Sigo el fútbol de selecciones con bastante interés, aunque con mucho menos entusiasmo que el de clubes. Me gusta que ganen mis selecciones, cualesquiera de ellas, pero soy de buen conformar en la derrota. Me sorprendo apoyando a equipos diversos por peregrinos motivos: un viaje reciente me ha hecho decantarme por Rusia, Serbia o Perú en algunos torneos; cada vez que Nueva Zelanda se clasifica para un Mundial (1982, 2010), los apoyo por respeto a los All Blacks; la camiseta escaqueada de Croacia me fascinó mediados los noventa, igual que la de Alemania, con la bandera como un relámpago, en la Eurocopa 88; asistí a algunos partidos de Italia 90 con Gavin, un amigo irlandés que me convirtió en un furibundo «supporter» de la banda de Jacky Charlton; me vestí de chino de pies a cabeza para sufrir la derrota ante Japón en el Estadio de los Trabajadores de Pekín en la Copa de Asia de 2004… Soy, en fin, un veleta al que lo mismo le da que le da lo mismo.

Ayer, sin embargo, quería con todas mis fuerzas que ganase Italia y busqué una vieja camiseta azzurra, modelo vintage de 1970 –el tercer Mundial de Pelé contra Riva, Facchetti, Gianni Rivera, Bonisegna y compañeros mártires–, la colgué en el balcón a cien metros de la Giralda en lo que debió componer una estampa extrañamente folklórica, saludé puño en alto dando voces de aliento a cuanto turista transalpino pasó por la calle hasta las nueve menos diez y me planté firme delante de la tele para cantar L’Inno di Mameli con la vena del pescuezo del tamaño de la bajante de un rascacielos. «Siam pronti alla morte l’Italia chiamò. Si!», retumbó en el barrio.

Todo tiene una explicación. Aunque la memoria me envía fogonazos de la Eurocopa de 1980 e incluso del Mundial de Argentina, el primer gran torneo de selecciones del que conservo un recuerdo vívido –recito sin titubear todos los marcadores y casi, casi los goleadores de los 58 partidos– es el Mundial de España, ganado por Italia pero ganado sobre todo, a los ojos del niño de ocho años que era entonces, por los diez hermanos Girelli, mis tíos, una cofradía desternillante y genial de la que mi madre es la última superviviente. La pandemia se ha llevado de sopetón a los tres que quedaban, ninguno por covid y todos de melancolía por la vida asquerosa a la que se ha condenado a los viejos durante este periodo de pulsiones totalitarias: se han echado a morir porque no les merecía la pena seguir en este mundo de miedo y restricciones, de inhumana asepsia y cruel providencialismo estatal. Hace 39 años, estaban en la flor de la vida y, muchos, en la cresta de la ola económica que surfearon con los altibajos propios de quien exprime cada segundo de existencia sin pensar en el mañana. ¿Había Mundial en España? ¿Nuestra hermana vive allí? Pues nos vamos todos a verla. Qué importa si ella vive en Sevilla e Italia juega en Vigo. No se iban a dejar aguar la fiesta por mil kilómetros de nada, se compraron entradas para los partidos de Brasil en el Sánchez-Pizjuán y en el Villamarín y se pasaron un mes aquí comiendo, bebiendo y gastando como si el mundo se fuese a terminar. Y viendo por la tele, ruidosos y acérrimos, los siete partidos de la Azzurra que coronó los goles de Paolo Rossi.

Nada es lo mismo, vale, pero en la (casi) soledad del salón resucité durante dos horas el espíritu de toda mi familia materna: sus gritos, sus blasfemias, sus mil y un sinónimos de «porca miseria», sus «cornuto» desacomplejados a árbitro o rivales, las infinitas calorías que se pueden ingerir en lo que dura un partido y la cantidad de conjuros, llamadas a la suerte y supercherías en general a las que uno es capaz de recurrir aunque se tenga por cartesiano y lo sea en la vida civil. No eran «tifosi» demasiado apasionados ni demasiado entendidos, o al menos no todos lo eran, pero los partidos de la «Nazionale» en los grandes torneos eran la excusa perfecta para gritar juntos y fijar recuerdos imborrables. «Notti magiche sotto un cielo italiano», fue el himno que Gianna Nannini compuso para el Mundial de 1990, del que Italia quedó eliminada en semis en los penaltis: «Nooooooo», tituló La Gazzetta al día siguiente. Ayer fue un enorme «siiiiiiiiiiiiiii».