Los mejores se van antes, por Marta Robles

La Razón
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El sábado, la policía de Aravaca hacia un llamamiento de búsqueda de Blanca Fernández Ochoa. La esquiadora era vecina de la zona. Vivía en casa de su hermana después de haber vendido la suya de Las Rozas, tras su divorcio, así que los agentes del barrio, en cuanto fueron alertados de su desaparición, pusieron en marcha el dispositivo para encontrarla. El hecho de que en el breve texto que se publicó se dijera que Blanca llevaba desaparecida desde el 23 de agosto, nos encogió a todos el corazón.

Cuando alguna desaparición reúne los suficientes elementos para volverse mediática, todos teorizamos. Tratamos de entender qué le puede haber pasado a esa persona cuyo caso seguimos como si fuera de la familia y a la que se busca con más ahínco que a otras que desaparecen sin que nadie llegue a saberlo y sin que su caso se resuelva jamás. Y también buscamos cualquier cosa extraordinaria que nos aleje de la propia desaparición y del miedo que nos provoca, solo para intentar creer que a nosotros eso no nos puede pasar. En el caso de Blanca, ni el hecho de que tuviera un trastorno de bipolaridad, ni su reinserción a la vida cotidiana tras el glorioso tiempo de deportista de élite, ni sus dos divorcios, ni siquiera la muerte de su hermano Paco, tuvieron nada que ver con su desaparición. Como tampoco el hecho de carecer de cuentas –solo tenía una sin saldo– y no utilizar tarjetas o de que le gustara escaparse sin móvil al campo y dormir bajo las estrellas. Era un alma libre, sí, pero sobre todo era una persona normal, con varios trabajos y con sus peculiaridades. Como las tenemos todos. Si a cualquiera nos enchufaran un foco potentísimo, nos las descubrirían. Y unas serían buenas y otras no tanto. Entre las mejores, seguro que no contaríamos con tantos méritos como Blanca, que era reservada, inteligente, encantadora y con un enorme sentido del humor y que abrió «el portillón» a las mujeres españolas en el deporte.

Tuve la suerte de entrevistarla muchas veces y le tenía un grandísimo afecto. Su muerte me ha hecho pensar en su familia y sobre todo en sus hijos, que ya no contarán con su devoción y entusiasmo, pero al menos sí con su recuerdo y ejemplo. Y también en que muere muy pronto, a la misma edad que su hermano Paco. Dicen que los mejores se van antes. Solo espero que Blanca se haya marchado sabiendo cómo la querían en su casa y en España entera.