Pistorius, ni más ni menos

Canalla como la gente; por Lucas Haurie

Quien no considere a Oscar Pistorius una víctima de su propio cuento de hadas, que tire la primera piedra. El surafricano es otro juguete roto.

La presunción de inocencia es el concepto más y menos honestamente manoseado en España en el último lustro. Ya se sabe: los nuestros son inocentes, aunque se demuestre lo contrario, pero los otros son permanentemente sospechosos y culpables casi siempre. Los indicios se acumulan contra Oscar Pistorius, presunto autor de un espantoso crimen por el que pagará posiblemente con la reclusión de por vida. ¿Es mucho pedir que mientras un tribunal no certifique su culpabilidad siga desarrollando su carrera? La anunciada intención del atleta de prepararse para los Mundiales no puede tomarse en serio, porque es impensable que las autoridades surafricanas le permitan abandonar el país. Pero una persona en el trance de convertirse en preso hasta el final de sus días merece alimentar cierta ficción de normalidad, al menos hasta que comience el juicio.

En el estrado con una toga o desde las páginas de un periódico, defender a Pistorius se antoja una tarea titánica. Antes de la muerte (del asesinato si así lo considera la Justicia) de Reeva Steenkamp, el fabuloso atleta biónico ya había dado muestras de una miserable humanidad, al encajar mal su derrota en los Juegos Paralímpicos de Londres. No era el héroe que sus patrocinadores presentaban como un protagonista de las «Vidas ejemplares», sino un competidor feroz que se cabreaba cuando perdía: un hombre, en definitiva. Llevó mal el tránsito de chico sin piernas a estrella del deporte, como tantos otros juguetes rotos del «star system», y se pudrirá en una cárcel después de ofrecer el postrer espectáculo de un juicio retransmitido para los cuatro confines del globo. Quien no lo considere una víctima de su propio cuento de hadas, que tire la primera piedra.

Demasiada clemencia; por María José Navarro

Estoy dispuesta a aceptar las dudas que tienen sobre la premeditación de sus actos todos aquellos que siguieron la primera vista oral.

Oscar Pistorius ha sido visto dando un paseíto por una pista de atletismo, así que todo indica que es cierta su intención de volver a competir. Como poco, podrá retomar sus rutinas, algo aconsejable fundamentalmente para que pueda colocar de nuevo su cabeza. No seré yo quien cargue las tintas contra el atleta paralímpico, porque para eso está la Justicia y será ella la que decida si hay pruebas suficientes para condenarle; es más: estoy dispuesta a aceptar como razonables las dudas que tienen sobre la premeditación de sus actos todos aquellos que siguieron de cerca la primera vista oral contra él. Así lo afirma el magnífico periodista Xabier Aldekoa, el único español que siguió desde Pretoria la comparecencia de Pistorius. Tanto los que allí estuvieron como el juez consideran que los indicios y las evidencias presentadas por el fiscal fueron endebles, así que, insisto, no seré yo la encargada de llamarle asesino pasándome de lista.

Otra cosa distinta es que me parezca ético y estético que pretenda recuperar, gracias a la devolución de su pasaporte, su carrera deportiva, mucho más la internacional. El juicio, si no se retrasa, comenzará el próximo 4 de junio, es decir, quedan menos de dos meses para que el deportista se siente en el banquillo y pueda demostrar que disparó accidentalmente contra su novia. Dos meses sin participar en competiciones extranjeras no me parecen insoportables, la verdad. En cambio, una espera paciente y discreta podría ayudar a dar la sensación de que este señor entiende que los plazos judiciales y la libertad bajo fianza no dan carta blanca para todo. Suráfrica necesita héroes y no lo disimula, pero es un error mantenerlos a toda costa.