Empleo

Claves para impulsar la productividad

La rigidez del mercado laboral, la subida generalizada del SMI y la falta de reformas estructurales que lo flexibilicen genera una dualidad de contratos temporales y fijos que no ayudan a desarrollar un entorno propicio hacia la innovación

Fábrica de Ford en Almussafes.
Fábrica de Ford Kai ForsterlingAgencia EFE

La productividad es un factor clave en el desarrollo económico y competitividad de cualquier país donde España presenta un problema estructural difícil de superar y que le aleja de la UE. A pesar de sus muchos recursos y una elevada cualificación de una gran parte de los trabajadores, nos enfrentamos a complejos desafíos persistentes en términos de productividad en las últimas décadas, en especial, si lo comparamos con los países de nuestro entorno.

La productividad se mide generalmente a través de indicadores económicos que evalúan la eficiencia con la que se utilizan los recursos para generar producción. Hay varias formas de medirla como es el PIB por hora trabajada, la productividad total de los factores (PTF), los índices de competitividad o algunos indicadores sectoriales de rendimiento, entre otros. El informe publicado por BBVA-IVIE para el periodo 2000-2022 muestra una sangrante brecha en nuestra PTF acumulada, con un retroceso del 7,3% frente al avance de países como Alemania (+11,8%), Reino Unido (+8,8%), Francia (+0,8%) o Estados Unidos (+15,5%). La causa principal es la enorme caída en la productividad de nuestro capital, junto a un débil aumento de la del trabajo.

Hay más razones para nuestra baja productividad como la desindustrialización sufrida en los últimos años, así como la falta de inversión en tecnologías e infraestructuras, con un desigual despliegue, que sólo se centra en las grandes empresas y en las áreas urbanas las infraestructuras, lo que afecta directamente a la eficiencia y competitividad de las empresas, en especial las pequeñas. La productividad no es un concepto homogéneo, sino que cambia a nivel geográfico y sectorial de la misma forma que es diferente según el tamaño de la empresa, por lo que ajustar criterios únicos para todo el territorio, sin tener en cuenta las citadas circunstancias, perjudica a los empresarios con menos recursos de las zonas donde la actividad económica es pobre o de bajo valor añadido.

Igualmente, la formación de la fuerza laboral debe ajustarse a las demandas de las empresas para reducir la brecha existente entre la educación recibida y las competencias y habilidades del mercado de trabajo. El desarrollo de habilidades específicas, junto al uso de las nuevas tecnologías, podría contribuir positivamente a la mejora de la productividad y a la estabilidad del empleo, frenando la fuga de talento.

En esta línea, la rigidez del mercado laboral, la subida generalizada del SMI y la falta de reformas estructurales que lo flexibilicen, sin mermar los derechos de los trabajadores, genera una dualidad de contratos temporales y fijos que no ayudan a desarrollar un entorno propicio hacia la innovación y la eficiencia, estimulando la productividad al fomentar una mayor movilidad, flexibilidad y adaptabilidad al empleo, promoviendo también la conciliación y evitando la fuga de talento.

Para cambiar el rumbo de nuestra productividad, es necesario un profundo cambio político y empresarial, para incentivar dicha transformación a través la persecución de resultados mediante el desarrollo de competencias y habilidades (soft skills) que realmente estén alineadas con las necesidades de las empresas junto a una fuerte inversión en equipos y tecnologías, dentro de un tejido productivo muy atomizado.

Las pequeñas empresas deberían evolucionar en su gestión introduciendo, además de la digitalización, desde programas de incentivos y reconocimiento que motiven y recompensen el elevado rendimiento de los empleados, hasta prácticas como la gestión del tiempo y la optimización de procesos que permitan aumentar la productividad a nivel individual y colectivo, o estimular la comunicación eficaz y efectiva mediante el trabajo en equipo y la generación de sinergias entre departamentos y niveles jerárquicos para maximizar la eficiencia, eliminando ineficiencias en los procesos.

Y el Gobierno debería reducir la excesiva carga económica, fiscal, regulatoria y burocrática que deben soportar los empresarios, fomentando la adopción de las mejores prácticas que impulsen la productividad de las empresas, así como centrar el discurso político en la mejora de los resultados empresariales, que están en el punto de mira recaudatorio, en vez de fomentar el presentismo, la reducción de la jornada laboral y el “café para todos”, que no mejoran la productividad como si lo haría un cambio de mentalidad empresarial hacia una cultura apoyada en la innovación, la eficiencia y la orientación a resultados.

Juan Carlos Higueras, Doctor en Economía y profesor de EAE Business School