“Hay niños con discapacidad abandonados en coles ordinarios”

Los profesores de Educación Especial demandan que no se cierren sus centros: «un modelo único deja a alumnos fuera»

Óscar tiene retraso cognitivo y llegó con 17 años al colegio de educación especial Cambrils, situado en el madrileño de Carabanchel, con la autoestima por los suelos. Era un chico de semblante triste, retraído y huidizo, los profesores no eran capaces de arrancarle una sonrisa. Había llegado procedente de un colegio ordinario, donde no podía seguir el ritmo de la clase por su limitación cognitiva y había sufrido bullying. Se sentía diferente del resto porque, en realidad, nunca había conseguido integrarse con sus compañeros, cuenta una de sus profesoras.

Cuando le hablaron de escolarizarse en un colegio de educación especial, pensó que aterrizaba en un centro de «segunda categoría», que es el concepto que, muchas veces, se tiene de este modelo educativo, dicen los docentes, cuando, en realidad, supone «educación a la carta». «Los contenidos curriculares se adaptan a cada alumno, las clases son de seis u ocho alumnos como máximo y no sólo hay maestros de esta especialidad, también hay psicólogos, enfermeras, logopedas y fisioterapeutas... Muchas veces el aprendizaje se realiza mientras se imparte terapia en la piscina o con caballos (hipoterapia)», cuenta Laura Serrano, la directora del centro.

Hoy, Óscar «cuenta unos chistes que te partes de la risa, ha encontrado amigos y se está preparando para integrarse en el mundo laboral realizando prácticas de mantenimiento de edificios».

Se piensa que estos centros «son puramente asistenciales, pero se trabaja en base al currículo educativo ordinario adaptado a cada alumno y sus limitaciones y se complementa con recursos y terapias. Están pensados para que estos niños se integren en la sociedad con el máximo de capacidades que pueden desarrollar. Se les proporciona herramientas para que puedan tener una vida lo más digna y autónoma posible: ir a un restaurante, coger un autobús o el metro y, aquel que pueda, facilitarle la inserción laboral», cuenta la directora. Laura Serrano asegura que, en edades tempranas, la prioridad es que los niños empiecen a caminar, a verbalizar palabras con las que demandar sus necesidades hasta conseguir desarrollar su máximo potencial, dentro de sus limitaciones.

La «ley Celaá» ha generado un intenso debate en lo que a estos centros se refieren. La ministra asegura que no desaparecerán, pero padres y profesores interpretan que, tal y como está redactada la norma, se da vía libre al trasvase de recursos de la especial a la ordinaria, con lo que la primera, podría quedar reducida a la mínima expresión y acabar cerrando. La directora del Cambrils cree que un modelo único «deja fuera del sistema a muchos. Si se ofrece una pluralidad, las familias serán capaces de elegir lo mejor que quieren para sus hijos». Pero lo que aprecian los profesores de este modelo educativo es que «hay mucho desconocimiento de lo que se hace en la especial y falta que los políticos se centren, porque no todos los niños pueden estar en centros ordinarios. Se piensa en la educación especial como el último recursos, pero no queremos ser una modalidad donde recogemos a los alumnos que han fracasado». Considera que, en la ordinaria, muchos niños están apartados del resto de alumnos y «tiene mucho potencial, pero a costa del sufrimiento de la persona. Cuando provocamos que titulen sin conocimientos básicos estamos haciendo que fracasen».

Clara Arenas, otra de las profesoras del centro, cree que «muchos niños están abandonados en clase y han sufrido bullying por falta de recursos, no de profesionalidad. Estos niños sienten que hay 24 alumnos que son iguales y ellos son los diferentes, pero en la especial todos son diferentes y comprendidos».