Un ministro nefasto

Por mucho menos, a Celia Villalobos se la crucificó. El cúmulo de desatinos es de tal magnitud y la respuesta tan tardía, que resulta sorprendente que la cúpula del Ministerio permanezca en el cargo

El Ministerio de Sanidad ha jugado un papel nefasto en esta crisis. Cierto es que nunca antes en los últimos cien años España había afrontado una pandemia como la de de ahora, pero también lo es que nunca antes tampoco, ni siquiera durante la crisis de la colza o la desatada con ocasión de las «vacas locas», un departamento clave como éste había obrado de forma tan errónea en la mayor parte de las actuaciones desplegadas.

Por mucho menos, a Celia Villalobos se la crucificó. El cúmulo de desatinos es de tal magnitud y la respuesta tan tardía, que resulta sorprendente que la cúpula del Ministerio, con Salvador Illa a la cabeza, permanezca en el cargo. La cadena de indecisiones y decisiones erróneas arranca a finales de enero, cuando el coronavirus golpeaba con fuerza a China y había saltado ya al viejo continente, con la primera infección confirmada en ciernes en nuestro país.

El director del Centro de Coordinación de Alertas del Ministerio, Fernando Simón, aseguraba entonces que España no iba a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado. Todo ello, a pesar de los preocupantes datos que llegaban de Asia y de la alerta de algunos especialistas del Instituto de Salud Carlos III, que empezaban a mostrar su inquietud en pequeños círculos. Ayer, el parte de esta guerra infravalorada por el Gobierno en sus orígenes arrojaba un saldo que superaba los 28.500 infectados y los 1.720 muertos. Y lo peor está por venir.

¿Qué credibilidad le queda a Simón? Ninguna. La política de restar importancia a una crisis, errónea siempre en Salud Pública, no se detuvo entonces, sino que siguió. El Gobierno cuestionaba la suspensión del Mobile mientras las compañías huían despavoridas ante lo que se avecinaba. La emergencia existía, pero para el Ejecutivo era la climática, no la sanitaria. En febrero, las alarmantes informaciones llegadas del exterior empujaron al Centro de Alertas a elaborar un documento técnico que sirve de guía para gestores y facultativos.

Pese a la gravedad de la enfermedad y al nutrido grupo de expertos con que cuenta el Carlos III, el Centro avaló la participación de cinco residentes en su elaboración y actualización. ¿No hubiera sido mejor contar con especialistas de máximo nivel? Algo así debió de parecerle al Ministerio, porque en la segunda actualización, ya de mediados de marzo, los autores no salían. A principios de dicho mes, Sanidad ordena centralizar la compra de posibles materiales necesarios en el Ingesa, un cementerio de elefantes que actuó al principio al ralentí.

Desde luego, no al ritmo que se necesitaba, como demuestra hoy la falta de equipos en toda España. Equipos que salvan vidas, no se olvide. El sumun de la negligencia fue autorizar la celebración de partidos como el Madrid-Barcelona y, sobre todo, las concentraciones feministas del 8 de marzo. Apenas tres días antes, el 5 de marzo, con tres muertos y 282 casos, Pedro Sánchez anima a llenar las calles y el día 7, Simón también lo hace, ante el silencio de Salvador Illa, que ya sabía entonces que los organismos de salud europeos y la OMS desaconsejaban las agrupaciones de personas.

Francia lo hizo. España, todavía no. ¿Resultado? el virus se expandió el 8-M, con miles de personas en las calles. El 9, Illa dice que la situación ha empeorado y cuatro días después, se decreta el confinamiento con peluquerías abiertas. ¿Cuántas muertes se habrían evitado si este confinamiento se hubiera dictado 20 días antes? Muchas, que nadie lo ponga en duda.