Marruecos blinda la frontera 80 días después del caos migratorio

Rabat levanta nuevas vallas y concertinas y vigila ahora férreamente los accesos a la verja y la playa del Tarajal

Miembros del Ejército ayudan a varios inmigrantes a su llegada a la playa ceutí de El Tarajal, junto a la valla fronteriza, el pasado mayo
Miembros del Ejército ayudan a varios inmigrantes a su llegada a la playa ceutí de El Tarajal, junto a la valla fronteriza, el pasado mayoBrais LorenzoEFE

Más de dos meses y medio han transcurrido desde la entrada en Ceuta desde Marruecos de entre 10.000 y 11.000 personas, más de un millar de ellas menores, a través de los pasos del Tarajal –sobre todo- y Benzú. Hoy, el municipio fronterizo de Fnideq, que sus vecinos siguen llamando Castillejos, en otro tiempo bullicioso confín de Marruecos, hogar de miles de empleados ceutíes, puerta del contrabando y escenario de ilusiones y decepciones, dormita en la plenitud del verano.

No hay rastro de la toma de esta ciudad de casi 80.000 habitantes –una población similar a la de Ceuta– por parte de miles de familias y jóvenes procedentes de todo Marruecos –magrebíes y subsaharianos– que llegaron hasta aquí espoleados por los rumores de una inminente apertura fronteriza y que acabaron adentrándose en la ciudad autónoma gracias a la permisividad de las fuerzas de seguridad marroquíes.

Marruecos ha levantado nuevas varias vallas y concertinas –las que España no quiere– en el Tarajal y Benzú y sus fuerzas de seguridad vigilan férreamente los accesos a unas fronteras cada vez más fantasmales. En la playa del Tarajal se han instalado hasta tres nuevas vallas en los dos últimos meses. Las autoridades del país magrebí no parecen estar dispuestas a que se repitan escenas como las de los días 17 y 18 de mayo ni a que se vuelva a poner en duda sus compromisos con la UE en la vigilancia fronteriza. Entretanto, la crisis abierta con España desde entonces sigue instalada en una fría calma y sin haberse superado.

Fuerte presencia policial

Si las calles de Fnideq están poco concurridas durante la jornada, las zonas más próximas a la frontera, en especial la rotonda de Bab Sebta –punto de concentración de quienes regresaban de la ciudad española y quienes seguían esperando entrar–, lucen desérticas. Varios furgones de las fuerzas auxiliares y de la Policía Nacional marroquí vigilan la zona desde puntos estratégicos, incluidos los montes cercanos a la verja –lugar de refugio de los jóvenes subsaharianos–, y establecen un cordón permanente en la ruta de algo más de un kilómetro que, desde la citada rotonda, conduce hasta la misma verja. El despliegue de las fuerzas de seguridad y militares marroquíes se hace presente en todo el municipio. Gestos palpables, en fin, de un Marruecos que sigue esperándolos de las autoridades españolas.

Solo la caída del sol anima a los vecinos de Fnideq a salir en número considerable a la calle, y lo hacen para tomar el fresco en el paseo marítimo. Hay familias enteras con muchos niños jugando. Disfrutan de placeres sencillos como pasear, sentarse a beber té a la menta en los cafés o comer pipas mirando al mar. La tarde es también la hora de los comerciantes, que apuran la hora del toque de queda –las once de la noche– con los puestos abiertos.

Aunque el género de origen español ya no llega desde Ceuta –las autoridades marroquíes acabaron con la aduana en octubre de 2019–, sino desde el puerto de Tánger Med, es abundante en los mil y un comercios que salpican los barrios más próximos a la frontera. Como cuando reinaba el contrabando, abundan productos de limpieza y la higiene personal, dulces y snacks procedentes de España. «Ahora llegan por el puerto, pagando sus impuestos, por eso es más caro todo que antes», explica a este diario un comerciante de la cornisa de la ciudad. Además, la radio española suena en cafetines y taxis, ultramarinos y tenderetes o puestos de guardia de la autoridad local, ya sean las noticias o los programas futboleros.

“Lo intentaremos a la primera que podamos”

Precisamente la zona más próxima a la costa de Fnideq es reflejo, con sus numerosos apartamentos de nueva construcción, del boom turístico nacional que experimenta este tramo de la costa mediterránea marroquí, avivado por la proximidad de la ciudad autónoma y por la elección de la cercana M’diq o Rincón como destino vacacional del rey Mohamed VI y comprometido ahora por el cierre fronterizo y la crisis.

¿Y qué piensan transcurridos dos meses los jóvenes de Castillejos y la comarca? Los tetuaníes hermanos Belarbi, que lograron pasar una noche en Ceuta antes de ser expulsados en caliente por la Guardia Civil, aseguran a LA RAZÓN – desde la peluquería del barrio de Semsa donde trabaja Jaouad, de 13 años – que volverían a probar suerte. «Lo intentaremos a la primera que podamos».

El fin del contrabando y cierre de la frontera debido a la pandemia han supuesto un fuerte golpe a la economía de la región de Tánger-Tetuán-Alhucemas, donde miles de familias vivían directa o indirectamente de la actividad comercial de la ciudad autónoma, lo que se suma a la falta de expectativas que percibe la juventud del norte marroquí, especialmente deprimido en relación a otras zonas del país pese a los esfuerzos de Rabat por impulsar su desarrollo en los últimos años.

A juzgar por el ambiente relajado de las calles de Fnideq, pareciera que aquí nunca pasó nada, pero lo cierto es que mucho ha ocurrido –y se ha dicho– desde los días 17 y 18 de mayo. La mayor oleada migratoria en un plazo semejante de toda la serie histórica en los registros, la mayor crisis política entre Marruecos y España desde el episodio de Perejil en el verano de 2002, la retirada sine die de la embajadora marroquí en España, la declaración del Parlamento Europeo contra las autoridades marroquíes, el cruce de declaraciones entre representantes de uno y otro gobierno, la exclusión de los puertos españoles de la Operación Paso del Estrecho y el mantenimiento del cierre de las fronteras terrestres entre Marruecos y España, el anuncio de la repatriación por parte marroquí de sus menas en suelo europeo –sigue sin concretarse–, los planes de Madrid de integrar a las ciudades autónomas en el espacio Schengen y exigir visado –hasta ahora los vecinos de las zonas de Tetuán y Nador estaban exentos– a los marroquíes, la destitución de Arancha González Laya, etc.

Entretanto, al otro lado de la frontera, en Ceuta, continúa la preocupación por la posibilidad de que vuelvan a registrarse situaciones como la de hace dos meses dada las malas relaciones entre Madrid y Rabat y por la suerte de las 3.000 personas –200 de ellas malviven en la calle- que aún siguen en la ciudad desde su entrada aquellas 48 horas de mayo. Según cifras del Ministerio del Interior, entre el primero de enero y el 15 de julio de 2021, las entradas por vía terrestre en Ceuta se incrementaron un 146% –sin tener en cuenta las que lo hicieron entre el 17 y el 18 de mayo, sigue sin haber datos oficiales de aquellos días– y un 424% por vía marítima en relación al año anterior. Por otra parte, un reciente sondeo del CIS arrojaba el dato de que un 20,3% de los encuestados estaba convencido de que Ceuta y Melilla serán marroquíes dentro de 20 o 25 años.

Dos meses después de los sucesos de Ceuta, la bella silueta de la ciudad autónoma española en suelo africano, cuyas autoridades pugnan hoy más que nunca por defender su europeidad, se observa con la misma nitidez de siempre desde el lado marroquí, aunque pareciera que han pasado mil años desde todo aquello y que la frontera en el Tarajal no fuera un modesto espigón sino todo un abismo. “Marroquíes y españoles somos hermanos, son muy pocos kilómetros, no podemos seguir enfadados, es malo”, nos recuerda con sinceridad un taxista, gremio termómetro del ánimo, la microeconomía y diplomacia.