Sánchez: impar y rojo

Lo malo de jugárselo todo a una carta es que la baza con la que se cuenta puede torcerse y, entonces, el desastre es mayúsculo.

Tomás Gómez

A Sánchez no le gusta la gente, concibe a las personas como un mal necesario. No cae bien, lo sabe y no le importa. Los españoles transigieron con que llegase al poder a horcajadas de los independentistas porque, incluso con el mapa político fragmentado, los únicos que tenían realmente posibilidades de sentarse en el Palacio de la Moncloa eran PP y PSOE y los votantes repudiaron a un PP acorralado por la corrupción.

Ahora parece que los populares se han autoindultado y que parte de su electorado ha retornado echando pelillos a la mar. En Moncloa han debido darse cuenta y han decidido poner todos los huevos en la cesta de la recuperación económica.

La estrategia no es nueva. Aznar tampoco caía bien, llegó al poder por el desgaste que llevaba a cuestas el PSOE, frito por sus líos internos, por Filesa y los Roldanes de turno. Pero una vez que presidió el gobierno, apeló al famoso “milagro económico” que convirtió a Rodrigo Rato en un gurú de la economía. Lo que pasó después es harto conocido.

Si la economía no sufre ningún sobresalto y crece, incluso a un ritmo un poco menor de lo que anuncia el gobierno, es probable que los votantes piensen más en su bolsillo que en sus preferencias ideológicas o su simpatía por el candidato.

Con uno de los índices europeos de vacunación más elevados, la actividad económica cogiendo marcha y el manguerazo de dinero de Bruselas, Sánchez pensaba que solo era cuestión de tiempo coger distancia con Casado.

Además, en el PSOE cuentan con que el líder popular es especialista en golearse en propia meta. Un poco de Díaz Ayuso y otro de Vox interpretando el papel de pepito grillo de la derecha, completarían la estrategia. Pero lo malo de jugárselo todo a una carta es que la baza con la que se cuenta puede torcerse y, entonces, el desastre es mayúsculo.

Es mala cosa que Europa empiece a cerrar de nuevo fronteras por causa de la mutación del Covid-19 llamada omicrón, pero son peor aun los datos de inflación. Todos los ojos están puestos en la evolución de los precios. Los economistas saben bien lo que significa: tensiones en el mercado laboral y medidas contractivas desde el Banco Central Europeo.

Los trabajadores no están dispuestos a que esta nueva crisis vuelva a ser a su costa, ya perdieron bastante con la del 2008. Los empresarios argumentarán que padecen anemia crónica desde hace doce años y que, además, los últimos años ha habido subidas salariales a pesar de que los precios se mantenían estables o crecieran negativamente.

La huelga de los trabajadores del metal ha llevado al irascible Marlaska a sacar una tanqueta a las calles, es evidente que el gobierno no está preparado para un periodo de tensiones. En cuanto al Banco Central, si la inflación se muestra persistente, recortará los estímulos y subirá los tipos de interés. En resumen, Sánchez se lo ha jugado todo a impar y rojo.