El Gobierno entra en pánico por el descontrol de la calle

La estrategia de polarización y de dar aire a Vox se vuelve contra Sánchez. El pacto con Rabat, tercera bofetada a Podemos: «Buscan romper la coalición»

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el viernes en Italia
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el viernes en Italia FOTO: ETTORE FERRARI EFE

Marruecos es la tercera bofetada que el PSOE lanza a sus socios de coalición en plena cara en las últimas semanas, y en temas, además, que son líneas rojas para la formación morada. Primero fue el envío de armas a Ucrania; después, el anuncio de la decisión de incrementar el Presupuesto de Defensa; y lo último ha sido el apoyo a Marruecos para que el Sáhara pase a ser provincia autónoma. La vicepresidenta Yolanda Díaz y Podemos anunciaron de inmediato que rechazan de plano el giro histórico del Gobierno, pero siguen formando parte de él, pese a los empujones socialistas.

Las afrentas dan aire a la tesis de que Sánchez continúa echando leña a la ruptura de la coalición. Y esto sólo tendría dos salidas: remodelación ministerial, para seguir estirando la Legislatura por la vía de buscar acuerdos de Estado con el PP (la gestión del giro con Rabat se ha hecho al margen del principal partido de la oposición) o convocatoria de elecciones.

En este contexto, hay que añadir que Vox está preparado para sacar el mayor partido posible a la calle. Con los principales sindicatos en buena sintonía con el Gobierno de coalición, el partido de Santiago Abascal lleva tiempo organizándose para un contexto como éste, en la que la precariedad social y las deficiencias de la gestión del Ejecutivo dejan campo abierto para que la calle estalle sin necesidad de estar ordenada por los líderes oficiales de la pancarta.

Mientras, en el PSOE empiezan a aparecer las primeras dudas sobre el acierto de una estrategia que está construida sobre el principio de agitar la polarización para engordar a Vox. La confrontación amenaza con perjudicar también al partido del gobierno si revierte en un incendio social que desestabilice al Gabinete que preside Sánchez. Hay gurús demoscópicos que ya están alertando de la demanda social de acuerdo y de que el malestar social, que irá a más en los próximos meses, sólo puede sumar en la cuenta de resultados de Vox. «A ver si por sacarle el ojo al contrario acabamos sacándonoslo a nosotros mismos», reflexionan dentro del Gabinete de coalición.

Ante el paro de los transportistas el Gobierno está exhibiendo todas sus debilidades, y son conscientes de ello, así como de la pobreza de su argumentario. La idea de que los manifestantes son agentes de la extrema derecha no sirve para tapar una realidad en la que las protestas están poniendo en riesgo más de 100.000 puestos de trabajo, y en la que las patronales de diferentes sectores están advirtiendo de problemas serios de escasez y de tensión en la cadena de suministros.

Vox engorda, y más que lo puede hacer, pero no sólo a costa del PP, sino también de engordar a su vez la imagen de un Gobierno en caos total y sin capacidad de reacción. La gira de Sánchez por Europa para resolver el problema energético tiene su razón de ser en que todos los gobiernos han perdido capacidad de acción en solitario, pero no oculta que lo que está haciendo es ganar tiempo ante las tensiones internas que este debate, y las medidas que exige, provocan dentro de su equipo. En su mano está, por ejemplo, actuar sobre el precio de los carburantes, al menos los de uso profesional, y ahí no hay escudo europeo que sirva para tapar la inacción personal.

Este domingo está previsto que Madrid reciba más de 1.500 autobuses del mundo rural, y se prevé la asistencia de más de 200.000 personas a la manifestación convocada por agricultores, ganaderos y cazadores. Las protestas de estos días han puesto de nuevo en evidencia «la incapacidad de algunos ministerios para gestionar la crisis», y así lo reconocen dentro del Gobierno de coalición. «Podemos está roto; sus ministras, ni se hablan», cuentan desde la parte socialista del Gobierno. Esta ruptura apunta, por un lado, a la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, y, por otro, a las que todavía siguen reivindicándose como la savia morada original, a las ministras Irene Montero e Ione Belarra.

El contexto de guerra nos somete a unos condicionamientos en los que el presidente, Pedro Sánchez, no tiene margen de maniobra para evitar que la agenda la ocupen decisiones que sólo servirán para poner todavía más de manifiesto la ruptura dentro de Podemos y la ruptura de los socios. Y así, ese final de Legislatura marcado por la recuperación ha quedado convertido en un mar de incertidumbres, en el que se mezclan la revisión de las previsiones de crecimiento y de empleo, la inflación descontrolada, el frenazo a las políticas de estímulo, el final de las compras de deuda española por parte del Banco Central Europeo y una cumbre de la OTAN, en Madrid, que oficializará el nuevo alineamiento militarista de los aliados, con el Gobierno español como anfitrión. Los interlocutores socialistas coinciden en que para hacer frente a este escenario de crisis general Sánchez necesitaría afrontar «una remodelación ministerial y romper con Podemos» para buscar acuerdos con el nuevo jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. Este giro de 180 grados no encaja con la personalidad del jefe del Ejecutivo y el guion que ha seguido hasta ahora en Moncloa, pero en el PSOE hay quien ya lo ve como la única salida para evitar el colapso.