El «califato» de Almodóvar del Río

Cobijo de reyes cristianos a la sombra de la Orden de Calatrava
Cobijo de reyes cristianos a la sombra de la Orden de Calatrava

La institución impulsora del regreso de los fieles mahometanos a la catedral de Córdoba, la Junta Islámica, surgió en Almodóvar del Río, un pequeño pueblo de 8.000 habitantes que, bajo la influencia del doctor Escudero, se convirtió en el epicentro del movimiento musulmán en España. Fallecido en 2010, este psiquiatra malagueño, que fue bautizado como Francisco, arabizó su nombre y pasó a llamarse Mansur Abdussalam cuando abrazó el islam. Mediada la década de los noventa, se instaló en las afueras de Almodóvar, en una casa de campo a la que llamó Dar as-Salam (remanso de paz) y desde allí emprendió su campaña por, primero, el uso ecuménico de la antigua mezquita cordobesa y, a medida que pasó el tiempo y fue radicalizando su postura hasta las lindes del «califato universal», la pretensión de llevar la fe de Mahoma hasta el último rincón de la tierra.

Pese a haberse trasladado a Córdoba, la Junta Islámica todavía tiene oficialmente su sede en la antigua casa de Escudero, cuyos inquilinos actuales aún conservan el nombre que el psiquiatra quiso darle a su hogar. El carisma del médico hizo de Almodóvar del Río una feraz cantera de conversos y, no en vano, su sucesora también es cuca, el gentilicio oficial del pueblo. Isabel Romero se ha desmarcado estos días de la vieja reivindicación de su mentor: «No pedimos ningún cambio en la titularidad ni tampoco reclamamos ya el culto compartido, a lo que renunciamos en 2007», ha declarado a la Prensa local. «Lo que pedimos es una gestión respetuosa y que no se pierda el pasado islámico del templo, que a fin de cuentas fue mezquita durante ocho siglos».

De hecho, los desvelos de Romero están casi exclusivamente volcados en la vertiente económica, a través del Instituto Halal, un organismo de certificación alimentaria mediante el que controla el creciente negocio de la comida preceptiva que consumen los musulmanes. Rafa, un empresario hostelero de Almodóvar, asegura que «han montado, con muchísimas ayudas públicas, una industria alrededor del halal, inclusive con rutas gastronómicas». Lo curioso del caso es que el denominado Instituto Halal tiene su sede en el 13 de la cuca calle del Arco... donde lo único que hay es un solar con apariencia de no haber albergado actividad humana alguna en muchas décadas.

«Para quien no sea historiador, sería muy sencillo buscarle una explicación al auge del islamismo en Almodóvar», explica Manuel González Jiménez, catedrático de Historia Medieval y biógrafo de Fernando III, el rey que reconquistó para la Cristiandad toda la Vega del Guadalquivir. Desde el siglo VIII, en efecto, hubo asentamientos árabes en al-Muddawar («el redondo», en alusión a la forma del cerro que domina toda la comarca) y «cuando San Fernando volvió de Castilla tras una pausa que hizo después de la conquista de Córdoba, se encontró con que se habían entregado sin presentar batalla varias plazas en el camino a Sevilla. ¿Por qué? Pues porque las localidades que capitulaban sin resistencia obtenían la prerrogativa de poder mantener su religión».

En la vecina Palma del Río «estuvo la morería más importante de Castilla. Había cien familias musulmanas, contra las treinta de Sevilla, llegadas de Utiel por petición expresa de Egidio Bocanegra, un almirante genovés que sirvió a Alfonso XI». La deducción es sencilla: cuando en el siglo XVI esos moriscos fueron cristianizados a la fuerza, dejaron latente su religiosidad inicial o mantuvieron durante generaciones prácticas cripto-musulmanas. «Pero eso son fantasías por completo acientíficas», sentencia González Jiménez, que considera que la raigambre del islam en esta comarca cordobesa tiene un origen «más reciente y prosaico».

Blas Infante, considerado por el Parlamento autonómico padre de la patria andaluza, hizo para el catedrático una interpretación «muy errada» del volumen «Historia general de Andalucía», escrito por Joaquín Guichot en 1870. «El nacionalismo andaluz nace de una terrible confusión fonética al identificar un concepto religioso y jurídico como Al-Andalus, que era la Hispania musulmana, con el topónimo de la región. Barcelona fue Al-Andalus, Lisboa fue Al-Andalus... y durante dos siglos Al-Andalus se redujo a Granada, Málaga y sus alrededores. Pero Infante quiso buscar en Marruecos, en el primer tercio del siglo XX, los orígenes musulmanes de Andalucía. Parece bastante claro que llegó a convertirse al islam, si bien siempre lo mantuvo en secreto para que la apostasía no perjudicase su carrera política. Después del franquismo, la cosa incluso empeoró con el infausto Abderramán Medina».

Antonio Medina Molera, cordobés de Pozoblanco, alcanzó cierta notoriedad en los años setenta con una «teoría delirante sobre el hecho diferencial andaluz» que, en su opinión, era «el arrianismo de unos visigodos irredentos del siglo VII. Escribió que la invasión musulmana de España no fue tal, sino que los arrianos, al fin y al cabo monoteístas puros igual que los moros, habían recibido a los ejércitos africanos como aliados en su lucha contra la jerarquía eclesiástica, que mantenía su obediencia a Roma». Medina «se puso, al abrazar el islam, el nombre del primer califa cordobés, Abderramán, lo que es significativo». Lo grande es que «antes había sido jesuita y entre medias se hizo comunista. Hay gente que necesita seguir fanáticamente una idea con tal de no pensar: da igual que sea la Biblia, "El capital"de Marx o el Corán».

El mismo itinerario vital que siguió Roger Garaudy, filósofo francés que militó en la Acción Católica, desde la que destacó como miembro activo de la Resistencia en la II Guerra Mundial, y de allí saltó al Partido Comunista para erigirse en uno de los ideólogos de la Teología de la Liberación. En 1982, se convirtió al islam y, tras un proceso en su país por negación del Holocausto, «fue acogido en Córdoba por Julio Anguita, entonces alcalde, que le dio un montón de dinero y le puso a su disposición la Torre de la Calahorra para que montase allí un centro de activismo antioccidental». Así eran las cosas en la Guerra Fría, cuando las izquierdas y el panarabismo se alineaban en el mismo bando por oposición a los americanos y a los sionistas.

En la Andalucía actual, siguen vigentes esos trasnochados reflejos, «sobre todo si se fomentan desde el poder». Para González Jiménez, «la única diferencia entre las antiguas mezquitas de Sevilla y Córdoba es que en la primera nunca se le han dado alas a las reivindicaciones islamistas. De hecho, los dos elementos más reconocibles de la catedral de Sevilla, la Giralda y el Patio de los Naranjos, son construcciones almohades. También podrían reclamar que volviese el culto islámico».