El Príncipe de Asturias de la Concordia más aclamado

La Razón
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Una atronadora ovación acompañó el 8 de noviembre de 1996 la llegada al escenario del Teatro Campoamor del expresidente Adolfo Suárez para recibir el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, un concepto en cuya consecución puso "la vida en el empeño", según recordó entonces don Felipe de Borbón.

Los 1.600 invitados que llenaban el coliseo ovetense marcaron ese día con Suárez una notable diferencia en la intensidad de sus aplausos respecto al resto de galardonados, pese a que entre ellos figuraban ilustres personalidades como el excanciller alemán Helmut Kohl, el escritor Francisco Umbral o el periodista Indro Montanelli.

Suárez, ya apartado de la política desde un lustro antes, había sido premiado por el jurado por su trascendente aportación a la concordia democrática entre los españoles y se convirtió en el protagonista de una ceremonia en la que intercambió complicidades con un Kohl "alegre"por recibir el galardón en su compañía.

Después de que el Príncipe de las Letras hablara en nombre de los premiados para advertir de que sólo la cultura puede salvar el mundo, el expresidente agradeció una distinción que premiaba en su persona "la obra realizada por todo un pueblo, la forma y el talante con que se llevó a cabo la Transición española a la democracia".

"Quisimos acabar con el mito de las dos Españas, siempre excluyentes y permanentemente enfrentadas. Pensamos que España o es obra común de todos los españoles, de todos los pueblos que la forman y de todos los ciudadanos que la integran, o simplemente no es España", advirtió Suárez.

Así, recordó una transición a la democracia que permitió a los españoles lograr "en doscientos días"lo que no habían conseguido "en doscientos años"de forma que "en sus cárceles no hubiera un sólo preso político, que en el extranjero no hubiera un solo exiliado por sus ideas y que la ley fuera igual para todos".

Interrumpido en varias ocasiones por los aplausos de los invitados al acto, el expresidente reconoció haberse sentido en algún momento "víctima política de la práctica de la concordia"antes de advertir de que este concepto no puede confundirse "con el conformismo y con la uniformidad"dado que su raíz "estriba precisamente en el pluralismo, la libertad y la solidaridad".

A la tarea desarrollado por Suárez "en el delicado y fundamental proceso de transición política"se refirió también el Príncipe de Asturias antes de advertir de que en esa etapa España necesitaba del trabajo de una persona "dotada de flexibilidad, afán de diálogo y de entendimiento, amor a la libertad, respeto a las ideas ajenas, mucho coraje y no poca capacidad de persuasión".

Para Don Felipe, con su labor al frente del Gobierno logró aunar voluntades que parecían contrapuestas, dirigió "sin violencia las energías latentes de una sociedad hacia la tolerancia y el diálogo, cerró distancias y cicatrices y realizó desde su gobierno la gran misión de devolver España a los españoles".

La entrega de los Premios Príncipe de 1996 se convirtió así en un homenaje a la figura de Suárez durante una ceremonia en la pudo escucharse en el Teatro Campoamor el Concierto de Aranjuez a la entrada de los galardonados como homenaje al músico Joaquín Rodrigo (Artes), que no pudo acudir al acto por razones de salud.

Junto al expresidente subieron al escenario el resto de galardonados de ese año, entre los que también figuraban el filósofo Julián Marías, el hispanista John H. Elliott y el cardiólogo Valentín Fuster ante la ausencia a última hora del atleta estadounidense Carl Lewis.