La Diada petitoria

Mas anima a los independentistas a pagar su deuda y ANC y Omnium se ponen a su servicio para recaudar el 11 de septiembre

Ambiente frente a la Casa Batlló de Barcelona con motivo de la celebración de la Diada del 11 de septiembre
Ambiente frente a la Casa Batlló de Barcelona con motivo de la celebración de la Diada del 11 de septiembre

Mas anima a los independentistas a pagar su deuda y ANC y Omnium se ponen a su servicio para recaudar el 11 de septiembre.

Para los catalanes que preferimos Sant Jordi como día de Cataluña, este once de setiembre nos ha traído un morbo añadido. No ha sido debido al tema del referéndum o a la desastrosa gestión del Parlamento regional. No. El morbo viene de unas formidables declaraciones la semana pasada del «amazing» Artur Mas, ese genio tan de nuestro agrado. Mas tiene que hacer frente a la posibilidad de tener que pagar de su bolsillo los gastos del anterior referéndum de cartón y está asustado. Quiere disimularlo porque es muy chulo, pero todos sabemos que está muerto del susto, que nos conocemos.

Nuestro querido y nunca suficientemente añorado Artur Mas, nuestra Lola Flores del independentismo, aquel que aseguraba parecerse a Kennedy y salió en cohete de la Generalitat, ni corto, ni perezoso, se ha ido a TV3 y dado una entrevista en la que decía que a él se le persigue por su ideología y que, si cada catalán independentista se anima a pagar tres o cuatro euros, su posible deuda estará saldada. En el futuro, a los catalanes nos costará saber quién, con sus pamplinas, conseguía revolcarnos más por el suelo de risa si Forcadell, Mas o Puigdemont.

Todos sabemos que a Mas no se le persigue por sus ideas, que no nos venga con cuentos, sino por lo que ha hecho. Para demostrarlo están el millón novecientas mil personas que en Cataluña piensan como él y no han sido molestados en absoluto por el Tribunal de Cuentas. Aquí afortunadamente, gracias al Estado de Derecho, a nadie se le persigue por lo que piensa, sino por las cosas que hace si no respeta la ley de todos. La chulería de Mas está empezando a perjudicarle, porque provoca la sensación de que dejaría a su madre arder en una pira funeraria si necesitara fuego para encender un cigarrillo. Me da pena la parte maja y sencilla de los independentistas (los de clase media, los mileuristas) cuando se pregunten por qué, en lugar de rascarles a ellos el bolsillo, Artur Mas no usa, para pagar esa fianza, los dos millones de euros que su padre tenía evadidos en Liechtenstein.

Todo quedaría en anécdota sino fuera por la decidida intervención entonces de dos nuevas estrellas en el escenario bufonesco de la astracanada totalitaria de nuestra región. Son Jordi Sánchez, el presidente de la Asamblea Nacional (rimbombante nombre de una asociación independentista), y el dirigente de Omnium (otra asociación fundamentalista) Jordi Cuixart. Dos criaturas con barba que han puesto sus asociaciones al servicio de Mas para promocionar esa recaudación el once de septiembre.

Yo no quisiera que se malinterpretara lo que voy a decir a continuación sólo por el hecho de que sea cierto. Pero es que, si no hubieran sido bufonescas sus conductas buscando con tanta ansiedad la cámara, jamás se me habría ocurrido fijarme en ese mismo aspecto de sus apariencias. Los dos Jordis son bajitos y se han dejado barba como si eso les alzara un poco. Sánchez tiene una cara curiosa, con ojos de payaso triste, como si fuera una tristeza arrastrar esa tan hispánica zeta al final de su apellido. Esos ojos son un poco bovinos, lo cual no tendría nada de particular sino fuera por el contraste tan cómico que ofrecen cuando aparece junto a Jordi Cuixart quién, por su parte, es como un pajarito delgado, nervioso, con una mirada de ave alerta, asustada. Cuando se quieren poner serios e indignados parecen dos muñequitos. Sánchez tira gravitatoriamente hacia abajo, Cuixart hacia arriba. Ambos son un poquito desproporcionados. El resultado visual es tan cómico que uno añora a Boadella y piensa en el partido que podía sacar a dos figuras así en una de sus sátiras. Ingenuamente, han dicho que con su recaudación pretendían demostrar que la democracia no tiene precio, sin darse cuenta que, en ese mismo momento, con su argumento estaban poniéndoselo. Los catalanes que preferimos el día de Sant Jordi siempre supimos que, tarde o temprano, la Diada terminaría convirtiéndose en una jornada recaudatoria.

El año pasado pincharon en asistencia y este año los independentistas han intentado hacer coincidir, de una manera desesperada, todos los hechos secesionistas para ver si la reflotaban un poco. Pero con estos modos, con estas propuestas y con las iniciativas chapuceras, autoritarias, ilegales, fascistas y totalitarias intentadas en el Parlamento regional, los secesionistas tienen cada día más números para perder del todo. Porque no es lo mismo declarar la república a escondidas en 1934 que hacerlo con trampas en 2017 (era de internet) ante las cámaras, viendo todo el globo terráqueo tus malas maneras. Su última coartada (que era la supuesta voluntad democrática) queda tocada como falsa y el asunto sólo admite al final la sospecha de que todo se trataba únicamente de un simple y sórdido interés económico.