La fragilidad moral de Puigdemont y los suyos

El presidente catalán ha pretendido aprovechar los atentados parar publicitar su supuesto hecho diferencial. La Cataluña oficial y la Cataluña real no tienen ni. la más remota semejanza autonómico

El presidente catalán ha pretendido aprovechar los atentados parar publicitar su supuesto hecho diferencial. La Cataluña oficial y la Cataluña real no tienen ni

la más remota semejanza autonómico.

En nuestro desgraciado mundo, existe un modo infalible de protagonizar la primera plana de los medios de comunicación. Ese modo es el asesinato. Lo saben bien los «serial killers» y los nacionalismos pequeños. Lo conocen porque han usado ese mecanismo para obtener un momento de viscosa notoriedad en los titulares internacionales de este orbe tan vasto y pleno de particularismos insignificantes a escala mundial.

Frente al asesinato, sólo hay una línea de acción humana decente: repugnarlo. En eso creo que podemos estar todos de acuerdo. Al asesinato y a los muertos entonces no se les pueden poner adjetivos, porque cuando lo hacemos estamos ya rebajando grados al dolor, la injusticia y el infortunio de las víctimas. Por eso, presentarse a un acto de rechazo al asesinato y homenaje a los fallecidos agitando una bandera independentista no me parece una buena idea. Porque, desgraciadamente, esa bandera la diseñó un hombre llamado Ballester i Camps que firmaba sus artículos políticos con el pseudónimo de «Vicime». Y su apodo de «Vicime» lo concibió desafortunadamente queriendo significar la abreviación del lema en catalán «viva la independencia de Cataluña y muera España».

No, hombre, no, por favor, que no muera nadie; en eso creo que también podemos estar todos de acuerdo. Es por ello por lo que se desplazó esa gran multitud ayer a la manifestación de Barcelona.

Ballester i Camps fue un personaje curioso que tanto te dibujaba una bandera (no un Brueghel) como te escribía una canción (que generalmente escuchaban una media de cincuenta personas). Pero ese no es el tema de hoy, sino la improbable idea de que una bandera que nace con mensaje de muerte adherido (de muerte deseada para alguien) sea adecuado llevarla a un acto como el de ayer. Sólo puede comprenderse (que no justificarse) atendiendo a la necia gestión del atentado que ha tenido el independentismo con Puigdemont, su equipo de Gobierno y la CUP a la cabeza. El presi Barragán no ha sido creído por la prensa internacional sobre su improbable delirio de que los catalanes no somos españoles. Ante su fracaso, ha pretendido aprovechar la coyuntura para asomarse al balcón mediático, aunque sea a codazos, intentando publicitar su supuesto hecho diferencial. Pero la muerte no conoce de hechos diferenciales: nos iguala a todos. Lo triste es que su reivindicación y los melindres de la CUP llevan aquel sello caciquil tan hispánico, parvo y zoquete, de presentarse a la manifestación preguntando: ¿qué hay de lo mío? Aflige imaginar lo que pensaría cualquiera de los cadáveres de Las Ramblas si viera cómo usan su desgracia otros vivos afortunados para publicitar sus intereses.

Los terroristas han fracasado en su objetivo porque no han creado terror. Han creado dolor. El dolor y el terror no son lo mismo. La sociedad catalana está dolorida pero sigue unida y valiente porque conozco a mis vecinos y sé que hasta los independentistas de a pie anteponen el dolor y la humana compasión por las víctimas a los temas de publicidad y banderas. Los únicos que tienen dificultades para manejarse con la unidad son los fanáticos del Gobierno autonómico, cosa que estas semanas han demostrado. Como siempre pasa en mi terruño natal, la Cataluña oficial y la Cataluña real no tienen ni la más remota semejanza.

Los independentistas tienen derecho a pensar a su manera y obrar en consecuencia, faltaría más. Pero entonces, al resto de sus paisanos que no pensamos como ellos deberán explicarnos las contradicciones de esa preocupante fragilidad moral que muestran. Hay que resaltar que Oriol Junqueras, consciente de todo ello, se ha dado cuenta de que lo mejor estos días era estar muy calladito. Puigdemont, por contra, ya que ha hablado tanto, debería explicarnos cómo ha sido que el yihadismo ha convertido a Cataluña en su cuartel general peninsular. Y debería probar a hacerlo sin apelar a los Borbones porque ni siquiera un enajenado atiborrado de ácidos lisérgicos que viva en Nepal le va a aceptar que la Monarquía española tenga la culpa de Bataclan. Que explique al «Financial Times» las cosas que hacía en Marruecos su compañero de partido Àngel Colom, un hombre con un destino tan crepuscular como el del imán Abdelbaki. Evitaremos las comparaciones morales entre ellos para no enturbiar la perspectiva. Pero es curioso señalar los paradójicos paralelismos de bandazos profesionales en dos figuras catalanas de tan diferente poder adquisitivo: buscando sacar la cabeza como sea, chapoteando en el día a día con la lengua fuera, intentando conseguir alguna notoriedad política e influencia entre sus paisanos para sobrevivir. Seguro que pueden exponerse con claridad esas actividades perfectamente desde el punto de vista moral, si bien para cualquier político independentista supondría ahora mismo meterse en un laberinto complicado. Desde luego que no sería fácil, pero sería lo moralmente correcto.