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Margallo: «La situación del PP es difícil, no podemos cerrar el debate en falso»

El ex ministro de Exteriores aspira a sustituir a Rajoy y dice que «sus diferencias con la ex vicepresidenta son políticas, no personales»

  • J. Manuel García-Margallo / Alberto R. Roldán
    J. Manuel García-Margallo / Alberto R. Roldán

Tiempo de lectura 5 min.

16 de junio de 2018. 06:02h

Comentada
Carmen Morodo.  16/6/2018

Ha anunciado su candidatura al Congreso de julio. ¿Cómo ve al PP?

–Es la primera vez que un partido sale del Gobierno por una moción de censura y el PP tiene que sustituir a un presidente que llevaba al frente del partido 14 años. La situación es difícil, sin duda. No podemos cerrar el debate en falso.

–¿Qué ha fallado?

–Pues se resume en tres «ces». La corrupción, Cataluña y la falta de sensibilidad ante la demanda de compensación social después de una crisis económica tan dura. Lo más importante ha sido Cataluña, porque el PP empieza su caída continua hasta llegar aquí cuando no supo impedir que se celebrase una consulta desautorizada por el Tribunal Constitucional. En estos dos últimos años el PP y el Gobierno han hecho muy poca política y eso es un problema.

–¿Quién es el responsable? ¿Rajoy?

–La responsabilidad es de todos. En el Gobierno había dos grupos distintos. Uno más conservador, que no quería hacer nada. Entendía que no había dinero para la financiación autonómica, tampoco para atender el Estado del Bienestar, ni musculatura para afrontar una reforma constitucional. Es evidente que ganó el grupo más conservador y perdió el progresista y los resultados están ahí. Tuvimos que elegir entre ser Arias o Suárez y elegimos ser Arias. Llega un momento en el que eso se agota.

–¿Quiénes estaban en ese «grupo conservador»?

–Pues los que han seguido estando hasta el final. Los demás acabamos en el Valle de los Caídos. Del primer Gobierno de Rajoy sólo se han salvado tres personas.

–¿Señala a Sáenz de Santamaría, Montoro y Báñez?

–Mire la lista de ministros que han aguantado hasta el final.

- La dirección nacional defiende que en el Congreso haya una lista de integración. ¿Le parece razonable?

–El debate es bueno. En una situación excepcional como ésta lo lógico es que haya distintas escuelas de pensamiento para que los militantes tengan capacidad de decisión. España se enfrenta a serios desafíos. Una crisis institucional, una crisis del sistema de partidos como en la restauración y un panorama de Parlamento fallido. Hay soluciones del pasado que no sirven para ahora, y si insistimos en aplicar las mismas soluciones sólo vamos a conseguir los mismos resultados, que es donde estamos.

–En el Congreso de julio no se va a debatir de programas.

–Espero que los candidatos que se presenten expliquen para qué quieren el liderazgo del PP y cuál es su proyecto para España. Que respondan a las grandes cuestiones, si somos o no partidarios de reformar la Constitución, de reformar la Administración o qué queremos hacer con la cuestión catalana.

–¿Por qué daría un paso atrás si se presenta Feijóo? ¿Es el sucesor natural?

–Vamos a esperar a ver. Si Feijóo está habrá que tomar decisiones. En cualquier caso, me parece razonable que hubiese opciones para que el partido definiese su futuro. Lo contrario es antinatural porque hasta en el partido socialdemócrata ruso había bolcheviques y mencheviques.

–¿Hay riesgo de fractura?

–No puede haber fractura por debatir ideas o soluciones. Cuando hay riesgo de desaparición es cuando los partidos se empeñan en seguir aplicando las mismas recetas que llevaron a unos malos resultados. Seguir aplicando soluciones del pasado a un mundo que nada tiene que ver con eso te lleva a que desaparezcas como partido y que seas sustituido por fórmulas nuevas.

–¿Se refiere a Ciudadanos?

–Sí. Los partidos nuevos tienen la ventaja inicial de que no tienen que concretar el proyecto. Les ha bastado con sentarse a ver pasar el cadáver de su enemigo. Pero llega un momento en el que para los partidos nuevos ya no basta con la parálisis. No vale con decir que no soy como ellos. Y eso es lo que les está pasando.

Pero si no hay riesgo de división ni un problema de personas. ¿Por qué usted ha dejado claro que hará lo posible para evitar que Sáenz de Santamaría sea la portavoz parlamentaria? Entonces, aún menos la querrá como candidata, ¿no?

–No es un problema de personas, sino de los programas y las acciones que llevan a cabo. Yo he discrepado mucho con ella, sobre todo en Cataluña. Cuando Maragall presentó la reforma del Estatuto defendí que presentáramos un texto alternativo. Cuando el recurso ante el Constitucional, recordé que en el 34, el golpe viene por un recurso ante el Tribunal de Garantías Constitucionales y que había que tener mucho cuidado con la judicialización. Se enmendaron 114 artículos y el Constitucional nos dio la razón sólo en 14, y había artículos enmendados que eran idénticos a los que el PP había consagrado en el Estatuto de Valencia. Luego, cuando firman el Acuerdo de Transición Nacional, en 2012, dije que había que tomarlo en serio, que había que estar en Cataluña y que el partido se jugaba fuera. Porque la independencia real depende del control territorial, de la población y de las fronteras y del reconocimiento internacional. No se entendió que yo pusiera tanta carga en el asador, pero se consiguió el apoyo de Naciones Unidas y una declaración del Consejo de Seguridad contra las secesiones bilaterales. Y mi gran discrepancia fue ante la consulta del 9 de noviembre.

–¿Por qué?

–Era fácil evitar esa consulta porque las papeletas y las urnas se estaban haciendo en una cárcel de Lérida. Había que haberle pedido a la Generalitat que las requisase, y si no obedecían, entonces aplicación del artículo 155 de la Constitución durante 24 horas para poner a los Mossos al servicio de Interior. Al tiempo que se ofrecía abrir negociaciones sobre la reforma constitucional para reforzar la identidad constitucional, la soberanía, la igualdad y la solidaridad. Además de inversiones en infraestructuras, una ley oficial de lenguas y reforma del sistema de financiación. La judicialización tiene el problema de que los tiempos judiciales y políticos se solapan y todo se dificulta si se externaliza, como hemos visto con la euroorden.

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