Montoro: «Tengo mi conciencia bien tranquila»

La semana negra del ministro. Se sabe «el coco», pero se aferra a la confianza de Rajoy para aguantar los ataques, que le llegan hasta de su partido

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante la rueda de prensa
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, durante la rueda de prensa

La tarde del martes todas las alertas sonaron en el Congreso. Numerosos diputados del PP inundaban los pasillos con su móvil ardiendo. El escándalo de la detención de Rodrigo Rato coleaba por las esquinas y la Cámara se preparaba para una reprobación en bloque de la oposición contra Cristóbal Montoro. «El ministro más atacado pero, al tiempo, el más apoyado», dice uno de sus colaboradores sabedor del respaldo absoluto de Mariano Rajoy a su titular de Hacienda. En medio del fragor de la batalla, asediado por periodistas, inquirido por sus compañeros y foco de toda la expectación, el hombre de la austeridad en España, azote y látigo contra el fraude, entró en el hemiciclo y, antes de ocupar su escaño, susurró una frase: «Tengo mi conciencia bien tranquila».

Lo hizo como resumen de unos días de enorme calvario, los más duros de su vida política. «Estoy tocado, pero mientras tenga la confianza de Rajoy seguiré», comentó a un grupo de periodistas tras la bronca sesión. «Sé que mi misión es ser el coco, y cuanto más mejor», dijo tras admitir con resignación que así ha de ser el ministro de Hacienda que cogió un país en crisis, con unas arcas vacías y unas cuentas trasquiladas. «Si otro lo sabe hacer mejor, que venga», añadió este hombre nacido en Jaén, hijo de la emigración venida a Madrid en los 60, de una familia extremadamente humilde y que confiesa no tener apego al cargo. «A veces no sé ni cómo aguanto», confesó en esta conversación informal. Sabe que en estos días ha sido el señalado de todos los males que atenazan a su partido.

La cruzada comenzó con acusaciones desde algunos medios por su relación con Equipo Económico. Una sociedad fundada hace tiempo por Montoro, que él ya dejó, y en la que aún trabajan antiguos colaboradores y familiares del ministro. Se extendieron como la pólvora posibles tratos de favor de la Administración a esta empresa y Montoro tuvo que responder en el Congreso: «He dicho hasta la saciedad que no puedo hablar de una empresa en la que ya no estoy», se desgañitaba ante los ataques. Pero todo quedó sepultado por el escándalo de Rato, lo que ha provocado una fuerte fractura dentro del Gobierno y reavivado la eterna batalla entre Montoro y el ministro de Economía, Luis de Guindos.

En el entorno del ministro de Hacienda trataron de culpabilizar a Guindos de la filtración, asegurando que el expediente llevaba año y medio en la Agencia Tributaria y no saltó a la luz hasta que lo supo el Sepblac. Por el contrario, en el círculo de Guindos desmienten tal extremo, reconocen que el ministro estaba al tanto, pero niegan las filtraciones. Las relaciones entre ambos ministros nunca han sido buenas, pero en estos días la tensión ha sido máxima. Desde Hacienda afirman que Montoro ha estado muy tranquilo, hablando cuando ha sido necesario con el presidente, quien le reiteró su confianza, y con la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. «Sólo ha cumplido con su deber y mira que es difícil», dicen sus allegados.

Admiten que algunos «barones» regionales sí le han llamado, con preocupación. En Montoro han encontrado siempre el mismo mensaje: la ley está por encima de todos. En lo que sí coinciden es en la chapuza enorme de la detención de Rato. «Toda esta sobreactuación para acabar en un limbo procesal», lamentan veteranos diputados que denuncian los hechos como errores incalificables. Expertos juristas, incluidos algunos claramente de izquierdas, nada sospechosos de ser afines al PP, critican sin dudar la detención de Rato que, en su opinión, vulnera toda garantía procesal y el Estado de Derecho. «Más de uno ha metido la pata hasta el fondo», opinan al destacar el caos entre los fiscales, que se le ha ido de la mano a la Fiscal General del Estado, Consuelo Madrigal.

En el seno del Gobierno y el partido existen ahora dos bandos encontrados: quienes detectan conspiraciones palaciegas para desterrar a la vieja guardia corrupta, y los que defienden «una limpia», caiga quien caiga, para salvar las elecciones. Según varios dirigentes, ahora más que nunca aflora la división entre los «Sorayos» y el «G-8», integrado por los ministros contrarios a la vicepresidenta. «¿Y dónde está Montoro», preguntan muchos. «En el trabajo que le corresponde», afirma su entorno, admitiendo su buena relación con Sáenz de Santamaría. «No sabe ni tiene tiempo de conspirar», añaden.

El ministro ha pasado estos días refugiado en su trabajo y su familia. En el despacho con maratonianas horas de trabajo junto a su «núcleo duro»: los secretarios de Estado de Hacienda y Presupuestos, Miguel Ferré y Marta Hernández Currás, junto a su jefe de Gabinete, Felipe Martínez Rico y su secretaria Julia Mansilla. Ellos forman su guardia pretoriana, sabedores de que son «los malos de la película». En el viejo caserón de la calle Alcalá, donde Montoro ha trabajado tantos años, el eco duro y metálico de sus paredes imprime carácter a cuantos lo habitaron, todos los guardianes de la hacienda pública en la historia de España.

No ha cambiado sus costumbres. Todos los días, a eso de las ocho, los escoltas le aguardan a las puertas de su piso en Madrid, en una zona cerca de La Moncloa. Un día a la semana, entra muy temprano en una peluquería próxima para cortarse el pelo. «Tengo poco, pero me gusta aseado», suele bromear. Está muy unido a sus dos hijas y a su segunda esposa Beatriz, una enfermera encantadora con quien se casó en una discreta ceremonia oficiada por su antiguo compañero Alberto Ruiz Gallardón. Sus gustos y aficiones tampoco han variado. Hombre de pueblo, le apasionan el campo y la naturaleza, aunque una caída de caballo le fracturó el coxis y ahora sólo camina mucho. Lo hace en los alrededores de una casa que posee hace muchos años en la sierra de Guadarrama, con sus perros y su familia.

Es un hombre sencillo, honesto y muy rígido en su trabajo, dicen sus defensores. «Es un ogro y nos va a hacer perder las elecciones», opinan los detractores. Cristóbal Montoro no deja a nadie indiferente y exaspera al adversario con ese hablar suyo monocorde, entre el sentido del humor y un punto de soberbia. Estos días ha recibido insultos, pitos, broncas y fuego amigo. Bien lo sabe. Acostumbrado a escalar pendientes y montañas, lo aguanta estoico. «Bastantes picos subo en mi trabajo», asegura. Dicen que en su fuero interno está muy decepcionado con Rodrigo Rato, su antiguo mentor. Unos le tildan de ingrato y otros de justiciero. Pero mientras Mariano Rajoy se lo pida, él sigue dispuesto a aguantar lo que le echen y lo tiene claro: «Me va en el magro sueldo».