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«No hay sintonía, cada uno va a lo suyo»

Las rectificaciones han evidenciado la descoordinación entre los ministros. Borrell y Robles siguen entre los más valorados mientras Duque y Delgado son los farolillos rojos

  • El equipo de Gobierno de Pedro Sánchez
    El equipo de Gobierno de Pedro Sánchez

Tiempo de lectura 8 min.

09 de septiembre de 2018. 13:40h

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Pilar Ferrer 9/9/2018

«Este Gobierno desafina». Así opinan veteranos dirigentes socialistas, algunos de ellos ministros con Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, sobre sus actuales sucesores ahora con Pedro Sánchez al cumplirse los cien días al frente del Ejecutivo. Con buenos currículums profesionales individuales y trayectorias acreditadas, su acción conjunta es sin embargo muy criticada. «No hay sintonía, cada uno va por su lado», dicen las mismas fuentes de los hombres y mujeres que conforman el equipo del presidente. En este ecuador político, se alzan como más valorados Josep Borrell, José Luis Ábalos, Margarita Robles y Carmen Montón. En una franja de neutralidad, aunque con perfil bajo, Meritxell Batet, Nadia Calviño, Reyes Maroto, Teresa Ribera y José Guirao. Bastante quemados Magdalena Valerio, Fernando Grande-Marlaska y Carmen Calvo. Muy combativa, en primer plano, María Jesús Montero. Y en el farolillo rojo Isabel Celáa, Pedro Duque, siendo la peor valorada por todos, sin discusión, la titular de Justicia, Dolores Delgado.

La exigua mayoría parlamentaria impide que los ministros puedan acometer reformas de calado y se vean forzados a recurrir al decreto ley. Según ha sabido este periódico, en la reunión de Quintos de Mora Pedro Sánchez pronunció una frase contundente: «Este es un Gobierno de centro-izquierda». Sin embargo, los guiños a Podemos y el altivo protagonismo de Pablo Iglesias, máxime tras su última reunión en Moncloa, levantan ampollas en muchos «barones» socialistas. «Sánchez gobierna a golpe de lo que le dicen los demás». Así define la actual situación un destacado líder regional como prueba de la debilidad del Ejecutivo y de lo que Iglesias llama «Gobierno parlamentario». Las cesiones a Podemos y los separatistas, sobre todo en el conflicto de Cataluña, despiertan recelos en algunos ministros y sobre todo en los dirigentes con elecciones autonómicas y municipales a la vista. «Esto nos pasará factura», aseguran muchos de ellos que piensan en un adelanto electoral para evitar un mayor desgaste.

Pese a esta situación de fragilidad, hay ministros que trabajan seriamente y son valorados en sus respectivos sectores. Es el caso de Josep Borrell, titular de Asuntos Exteriores, cuya solvencia intelectual nadie pone en duda. Furibundo antinacionalista, su discurso en el conflicto catalán es claramente defensor de la unidad de España y contrario al separatismo. Una especie de verso suelto ante lo que algunos llaman la excesiva «dialoguitis» del Gobierno. Con gran experiencia internacional, fue presidente del Parlamento Europeo, Borrell estaba ya de vuelta de casi todo y a Sánchez le costó mucho convencerle. Entre los diplomáticos se valora su gestión equilibrada, sin purgas y nombramientos de embajadores políticos. Prueba de ello fue la designación de su antecesor, Alfonso Dastis, en una plaza de lujo como es la embajada en Roma. El cese de Jorge Moragas, ex jefe de gabinete de Rajoy, al frente de la delegación española en la ONU, es considerado «lógico» en el Palacio de Santa Cruz, dónde hablan bien del ministro y sus relevos en embajadas ajustados a criterios de profesionalidad y experiencia diplomática.

Una ministra muy valorada es Margarita Robles, magistrada, sólida dónde las haya y trabajadora incansable. Titular de un ministerio de Estado como Defensa se ha ganado el respeto de las Fuerzas Armadas, cuya cúpula ha mantenido. Ha visitado los acuartelamientos más emblemáticos, misiones de España en el exterior como las de Líbano y Riga, por vez primera con una delegación parlamentaria, y la Academia Militar de Zaragoza. Durante estos meses ha palpado de primera mano la labor y profesionalidad de los tres Ejércitos. La ministra tiene prevista una agenda de infarto para nuevas visitas al exterior, como Afganistán, y mejoras en las instalaciones. Consciente de que la Defensa no es un tema partidario, Robles actúa conforme a sus principios éticos, lo que algunos compañeros de gobierno no le perdonan.

Dos ministros muy vinculados al PSOE merecen un aprobado. José Luis Ábalos en Fomento, y Carmen Montón en Sanidad. Ábalos es el secretario de Organización del PSOE, buen enlace entre el Gobierno y Ferraz. Hombre moderado en sus declaraciones, es una de las personas de mayor confianza de Sánchez. Ha desplegado diálogo en un conflicto enrarecido como el del sector del taxi contra las VTC, revisará el estado de todas las infraestructuras para garantizar su seguridad, con una puerta abierta a quedarse con la gestión de las autopistas quebradas, y anuncia medidas para la protección de las viviendas sociales contra los «fondos buitre». La ministra de Sanidad, Carmen Montón, está también muy vinculada al partido, dónde fue secretaria de Igualdad. Valenciana como Ábalos, licenciada en Medicina y ex consejera de Sanidad en la Generalitat valenciana, no oculta sus principios ideológicos y sociales como demuestran su rechazo al copago farmacéutico y la sanidad universal, cuyo decreto-ley fue aprobado por mayoría en el Congreso. Pese a sus firmes convicciones, es mujer de talante abierto y tiene buen cartel en el Consejo Interterritorial de Salud.

En el polo opuesto se sitúan otros ministros y ministras quemados o desaparecidos. Entre los primeros destacan la vicepresidenta Carmen Calvo, una histórica del socialismo andaluz, donde fue consejera de Cultura con Manuel Chaves, para ser luego ministra con Rodríguez Zapatero y pronunciar la famosa frase: «El dinero público no es de nadie». Ahora asume la rama más política del Gobierno como la exhumación de Franco y un discurso muy radical a favor de la igualdad y contra la violencia de género. Sus declaraciones, incluso modificando el lenguaje, la han granjeado críticas por parte de la RAE y otros sectores que censuran su «desaforado feminismo». Muy discutida es también la titular de Educación y portavoz, Isabel Celáa. Nacida en Bilbao, fue consejera del Gobierno vasco con Patxi López y Sánchez la eligió por su buena oratoria como profesora de Literatura y Filología inglesa en Belfast y Dublín. Sin embargo, su labor como voz y rostro del Gobierno es calificada de «anodina» y sus ataques a la educación concertada, enseñanza de la religión y modificación de la Lomce, de bastante «sectarios».

En el área económica destaca muy combativa la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, por su papel al frente de las cuentas públicas. Mujer de confianza de Susana Díaz, de quien fue consejera, se llevó un fuerte varapalo en el Congreso al ser tumbado el techo de gasto y tiene un difícil papel para sacar adelante los Presupuestos, con fuertes criticas por sus cesiones a Podemos en el tema de los impuestos. En el polo opuesto está la titular de Economía, Nadia Calviño, desaparecida por deseo propio. Muy discreta, procedente de Bruselas, ha hecho una excepción con unas recientes declaraciones sobre el impuesto a las transacciones financieras para adecuar el modelo fiscal a la nueva economía digital. En este litigio impositivo figura la de Transición Energética, Teresa Ribera, también de formación europea y defensora de un tributo polémico como el diesel. Algo que ha generado confusión y rectificaciones como es el caso de la titular de Industria y Turismo, Reyes Maroto, que primero lo calificó de globo sonda y después lo desmintió. En cuanto a la ministra de Trabajo, Magdalena Valerio, responsable de Empleo en la Ejecutiva Federal, mantiene buena relación con los agentes sociales, pero se ha estrenado con la peor cifra de paro desde 2011 y ese «gol por la escuadra» que le metieron al publicar el BOE un sindicato de prostitutas. El cese de su directora general de Empleo ha sido hasta la fecha el único de este Gobierno.

A los ministros de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y de Política Territorial, Meritxell Batet, se les critica su tibieza en el conflicto catalán. El primero ha rectificado la política de inmigración ante la imparable oleada de este verano y depositado confianza en los Mossos d´Esquadra en los agitados días de exaltación separatista que se avecinan. Aunque algunos califican su labor como «decepcionante», sus defensores destacan que ha limpiado importantes «cloacas» en el ministerio. La catalana Batet, muy respaldada por el PSC, se esfuerza en mantener el diálogo con los nacionalistas, aún con escaso resultado. El ministro de Cultura, José Guirao, sabe de su departamento porque lleva en esto toda la vida, pero su gestión es bastante gris. Lo mismo puede decirse de Pedro Duque, en Ciencia y Tecnología, ausente por completo. Como buen astronauta, en la comunidad científica han acuñado una frase: «El ministro está en la luna».

La peor valorada es, sin duda, la ministra de Justicia, Dolores Delgado, a quien en el mundo judicial apodan «la garzonita» por su estrecha relación con el ex juez Baltasar Garzón. «Es quien de verdad manda en el ministerio», denuncian miembros de la Judicatura. Sus anuncios sobre la Memoria Histórica, con una Comisión de la Verdad, y sobre todo sus meteduras de pata contra el juez Llarena han puesto en un brete al Gobierno, hasta el punto de que jueces y fiscales amenazaron con un motín, un plantón en toda regla al Rey y al presidente del Gobierno durante la apertura del año judicial. Ello provocó el cambio de Sánchez de «caso particular» a «tema de estado» y el primer gran cisma dentro del propio Gobierno.

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