Política

Populismo A, B, C y E

Populismo A, B, C y E
Populismo A, B, C y Elarazon

«Sólo hay tres personas que hayan entendido la cuestión de Schleswig Holstein —decía Lord Palmerston— una murió, otra se volvió loca y la tercera soy yo, pero ya no me acuerdo». Con el Brexit, el secesionismo catalán y los populismos castizos me pasa lo mismo. Lo que he entendido es que los tres son ejemplos de la tribalización que hoy vive el mundo y también que todos los populismos, de izquierda o de derecha, cuestionan el orden liberal internacional actual y los principios en que se asienta la democracia. Por eso son peligrosos, porque cuando la gente se siente amenazada o, simplemente, harta busca un chivo expiatorio y entonces las élites liberales reúnen todas las papeletas. Si uno se levanta con el pie derecho les culpará de las migraciones o de las subidas de impuestos; si se levanta con el izquierdo, de la especulación financiera, la desigualdad o las agresiones al medio ambiente.

En suma, entiendo que los populismos atentan al compromiso con la libertad y los derechos humanos, al respeto a las normas e instituciones internacionales y a la apuesta por una economía abierta. En este momento, en la escena internacional, tres letras cuestionan este orden: A,B,C.

A de América: Donald Trump está sistemáticamente saboteando el orden que los propios americanos crearon después de la Segunda Guerra Mundial. B de Brexit: el divorcio con la Unión fue alentado por una catarata de mentiras y falsas promesas. Los tories hicieron algo incomprensible: abrir el circo sin saber qué iban a hacer los payasos. C de China, la letra más preocupante porque los chinos han decidido exportar su modelo –capitalismo salvaje con comunismo– a los países en desarrollo como si fuese café soluble. Además, las tres letras –A, B, C– pueden desatar una crisis económica que no será de demanda como la de Lehman Brothers, sino de oferta, porque a medida que se balcaniza la economía global subirán los precios de los bienes importados y de la energía y al mismo tiempo caerá la producción como consecuencia de la ruptura de las cadenas de suministro.

E de España, aquí las cosas no son diferentes. Podemos, Vox y los secesionistas son nuestros populismos castizos. Sobre Podemos no necesito extenderme porque cuando luchábamos a brazo partido para salvar a España del naufragio, Iglesias se dedicó a arengar a los colectivos que peor lo estaban pasando para que rompieran la vajilla y voltearan la mesa. Iglesias dixit: «Los poderosos no renuncian a sus privilegios cuando son derrotados en la mesa de ajedrez, sino cuando caen en el ring de boxeo» (Disputar la democracia, Madrid 2014). En suma, quieren acabar con el sistema y hacer de España la puerta de entrada al bolivarianismo en Europa. Para Vox la historia de España termina en la Guerra de la Independencia. La Ilustración, las Cortes de Cádiz y el liberalismo son inventos del Maligno. Su estrategia consiste en movilizar las identidades que la izquierda ignora. Sí los post-socialistas se fijan en los inmigrantes, mirará por los connacionales. Si coquetean con las religiones minoritarias, VOX revaloriza la tradición cristiana. Si abrazan las exigencias feministas, VOX atiende a los varones divorciados o a los afectados por las leyes de género. Y ante los nacionalismos periféricos, VOX reivindicará un nacionalismo centralista (Miguel Ángel Quintana Paz 18 de julio, de 2019). En síntesis, como reconoce el propio Abascal “Vox es un partido que no esconde su propósito de derribar todas las fichas del tablero de Ajedrez” (Sánchez Dragó. España Vertebrada. Madrid 2019). Yo, como Unamuno, soy español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio, pero sueño con una España de todos y para todos y no en la reedición de la España de los vencedores. Soy también católico, pero no me creo capacitado para imponer mis creencias. En definitiva, soy un centrista cobarde que cree en la moderación, en el diálogo y el respeto a los diferentes.

Lo de los secesionistas es también de libro: según ellos la democracia no es sino la expresión de lo que quiere el pueblo (el Volksgeist), sin que importen los hechos, la protección de las minorías o la existencia de instituciones que pongan límites a los gobernantes. Ni Constitución, ni Cortes Generales, ni control jurisdiccional. Por eso sostienen que el Tribunal Constitucional no estaba legitimado para impugnar un Estatuto pactado entre el Parlamenty las Cortes. Lo contrario de lo que dijo Tocqueville: «Un día, nos daremos cuenta de que, cuando se reduce la independencia de la judicatura, no solo se está produciendo un ataque contra el poder judicial, sino contra el conjunto de la república democrática» (La democracia en América, 1831).

¿Por qué triunfan los populismos? Lo enseña la historia. Los populismos de entreguerras nacieron a consecuencia de la devastación de Europa y del crack de 1929. Su objetivo era sustituir el orden viejo (la democracia burguesa y el capitalismo) por un orden nuevo no definido. Los de ahora, nacieron de la recesión de hace unos años y remontarán el vuelo si la situación económica de complica. Los populismos de entonces y los de ahora usan y abusan de las fake news, de la demagogia y la manipulación, para dinamitar los fundamentos mismos de nuestra convivencia. Cuando la gente sufre de déficit de futuro (Jean Claude Juncker dixit) recurre a los chamanes de la tribu o a los cirujanos de hierro o directamente se va a Lourdes. Como escribió Hannah Arendt (Los Orígenes del totalitarismo 1951), «el que puede sucumbir al encanto de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino aquel que no distingue entre hecho y ficción, entre lo verdadero y lo falso».

Moraleja: en los próximos meses es posible que la cuestión catalana repunte como consecuencia de la sentencia del procés y que, además, nos enfrentemos a una nueva crisis. Las dos cosas exigirían, en mi opinión, una reforma radical de nuestras instituciones y de nuestro sistema económico que solo será posible con una conjunción de fuerzas de los tres partidos constitucionalistas –PSOE, PP y Ciudadanos– para llamar a un rassemblement de la Nación entera. Sé que suena utópico, pero nunca dejaré de soñar en lo mejor para España.