Sus 358 crímenes perfectos

Tres miembros de ETA emiten el comunicado de alto el fuego en 2011
Tres miembros de ETA emiten el comunicado de alto el fuego en 2011

La sentencia de muerte del cabo de la Guardia Civil Juan Carlos Beiro estaba envuelta en una pancarta con el anagrama de ETA. El plan de los terroristas era sencillo: colocar el trozo de tela con el hacha y la serpiente en una carretera apartada, esconder tras ella una bomba, agazaparse hasta esperar a que llegaran los agentes a retirar el trapo y apretar el botón. El plan lo cumplieron al milímetro el 24 de septiembre de 2004 en el municipio navarro de Leitza: no sólo mataron a Juan Carlos, sino que los terroristas se escabulleron sin dejar rastro. Hasta hoy, lo ocurrido en Leitza es un crimen perfecto.
En el historial de la organización terrorista figuran al menos 358 crímenes perfectos, más del 40% de los que cometieron. Algunos fueron amnistiados, otros pocos se cerraron con una sentencia absolutoria y la mayoría nunca llegaron a enjuiciarse. Sus autores no han pasado ni un solo día en prisión por mancharse las manos de sangre. La mujer de Juan Carlos, María José, viuda con 33 años y con sus mellizos de 5, ha contado que hasta que no se haga justicia, no podrá cerrar el peor episodio de su vida.
Por si la injusticia fuera poca carga, gracias al último comunicado de ETA ha sabido que ni ella ni sus hijos son objeto del perdón de los terroristas. El motivo es que su marido era un actor del «conflicto», como el 60% de las víctimas. Esta discriminación, este perdón raquítico y excluyente, ha sido la última burla macabra a las víctimas.
No será la última. En los próximos días veremos unos cuantos episodios que, de no ser por el trasfondo amargo que subyace tras ellos, podrían formar parte de un teatro de lo absurdo: el terrorista, en teoría, más buscado de ETA, Josu Ternera, ataviado con una capucha en un vídeo para sellar el supuesto final de la banda; cargos políticos españoles y franceses imbuidos por una suerte de mesianismo que les hace sentir la obligación de presenciar el final de ETA desde la primera fila, aquella en la que sus rostros son más visibles para las cámaras; y autocoronados mediadores internacionales que aterrizarán en un acto almidonado hasta la náusea donde se aclamará a los terroristas por decir que sus siglas desaparecen, sin recordarles que las consecuencias de sus acciones nunca se borrarán de la Historia.
La desazón invade estos días a muchas víctimas y ciudadanos de bien pensando que todo este espectáculo cocinado a conciencia podría haberse evitado. Durante los siete años y medio que han pasado desde el fin de la violencia, el Gobierno de España ha preferido mirar a ETA desde la barrera y ha dejado que sus filas se consuman. Con ello ha obviado que los terroristas siempre han sido expertos propagandísticos y que tratarían de exprimir hasta su último día de existencia para sacar rédito de ellos. Lo que han hecho y lo que harán en sus últimos suspiros no será otra cosa que buscar, como ha escrito Fernando Aramburu, su absolución histórica, la que necesitan sus herederos políticos para seguir manteniendo el relato que les ha llevado a las instituciones. Entretanto el Gobierno puede alardear de haber vencido ETA, pero lo cierto es que nos ha negado la foto de su derrota.
Para traer algo de cordura, víctimas e intelectuales hemos impulsado el «Manifiesto ETA quiere poner el contador a cero», en referencia a la operación blanqueante que pretende ocultar sus crímenes sin resolver, sus más de 2.500 heridos, sus miles de perseguidos y exiliados forzosos que han logrado cambiar el censo electoral de una parte de nuestro país. No lo permitamos.