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Debate de portavoces y portavozas, más de lo mismo

Había apostado, mentalmente y conmigo misma, a ver quién sería la primera en sacar a pasear a las muertas por violencia de género o si tendrían la desvergüenza de volver a echar en cara a Cayetana Álvarez de Toledo que no se subiera al carro vocinglero del “solo sí es sí”.

Cayetana explicó a la portavoz de Podemos, con paciencia infinita (yo no habría podido) que, aunque no lo crea, hay gente que no piensa como ella. No sé cómo habrá dormido la de la formación morada tras semejante revelación.

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La noche del viernes, en el debate de los portavoces de los partidos que tienen grupo propio en el congreso, se evidenció lo que ya sabíamos: que empezamos de nuevo y que esto es más de lo mismo. En realidad a mí el que me apetece mucho, a ver por dónde nos salen, es el del lunes entre los candidatos, pero de este me interesaba sobre todo ver a las cuatro mujeres, cuatro de siete, defendiendo sus propuestas en materia de igualdad y políticas sociales.

Había apostado, mentalmente y conmigo misma, a ver quién sería la primera en sacar a pasear a las muertas por violencia de género o si tendrían la desvergüenza de volver a echar en cara a Cayetana Álvarez de Toledo que no se subiera al carro vocinglero del “solo sí es sí”. Y así fue, claro. Adriana Lastra, con cara de liebre deslumbrada por las largas, no desperdició la ocasión de hacer ambas cosas. Rápidamente, Irene “Laquenodebesernombrada” Montero (un juez jubilado o Jiménez Losantos, por ejemplo, bien saben de su poco cariño por el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos) se apuntó a exigir a la portavoz del PP que rectificara “porque todas las mujeres pensamos así”. Hombre, a lo mejor todas no. Así, a bote pronto y sin pensar demasiado, se me ocurren un montón de mujeres, y cada vez somos más, que no queremos que Álvarez de Toledo rectifique, que nos sentimos mucho más representadas por su postura que por la victimista y agorera de Unidas Podemos o el PSOE ultrafeminista de chapa y camiseta de Carmen Calvo.

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Inciso: el único motivo por el que podría desear que ganase las elecciones el PSOE sería para comprobar si, con la nueva emergencia climática, Carmen Calvo sale al balcón a dar saltitos con trajecito de cuadros vichy de color verde y camiseta con la leyenda “yes, i’m a ecologist”. Fin del inciso.

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Retomo el momento exigencias a Álvarez de Toledo en nombre de abosolutamente toda España, sin posibilidad alguna de excepción u objeción. Una cosa muy democrática, muy respetuosa con la libertad de pensamiento, claro. “Un pensamiento totalitario”, como apuntó Cayetana. La portavoz del PP le dio en este bloque sopas con honda a todas (Rufián, Espinosa de los Monteros y Esteban tuvieron aquí su ratito de invisibilidad). Sin levantar la voz en ningún momento y sin necesidad de recurrir a una gestualidad exagerada y casi agresiva, como de debate de instituto en el que te juegas un dulce de postre o cuatro bolis para tu equipo, Cayetana explicó a la portavoz de Podemos, con paciencia infinita (yo no habría podido) que, aunque no lo crea, hay gente que no piensa como ella. No sé cómo habrá dormido la de la formación morada tras semejante revelación.

Maravilloso me pareció también que le recordara a Adriana Lastra, que para entonces ya parecía una señora mayor con el carrito de la compra desorientada a la salida del bingo, las bochornosas palabras de Carmen Calvo en las que adjudicaba al socialismo todos los méritos de la lucha feminista, excluyendo explícitamente a las mujeres ajenas a esta ideología del movimiento. Un concepto, por cierto y como bien apuntó Cayetana, quizás no demasiado feminista para alguien tan feminista. Paradojas de la vida, de las que este feminismo, que a saber de qué ola es ya, está lleno. “Las mujeres ni nacen víctimas ni necesariamente socialistas” le ha recordado a Lastra, que no sabía muy bien si iba o venía.

Rufián, en su intervención, ha querido no pasar desapercibido del todo en este bloque y, necesitado de dejar su firmita, se ha unido al grupo mamporrero. En un alarde de mentalismo, le ha espetado a Álvarez de Toledo un “a muchísima gente que te vota se le revuelve el estómago”. Un “rebota, rebota y en tu culo explota” habría sido mucho más maduro y menos sonrojante.

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Lo que me ha parecido más sorprendente es lo livianamente que se ha pasado sobre el tema de la conciliación. Las propuestas, apenas esbozadas por Arrimadas y Montero, pasan por la gratuidad de las guarderías entre los cero y los tres años. A ver, me da vergüenza casi explicar esto como si todos tuviéramos cinco años, conciliar consiste en compaginar dos cosas que, en principio, podrían parecer incompatibles o que suponen cierta dificultad para lograrlo. Como trabajar y ser madre. Facilitar que los hijos puedan quedarse con otra persona no es ayudar a conciliar, es poner más fácil el elegir entre realizar una o la otra. Dejar a un hijo en una guardería para que se encargue de él otra persona mientras yo trabajo, no es ayudarme a que compatibilice mi vida familiar y mi vida laboral. ¿De verdad es tan difícil articular y desarrollar propuestas que sí se enfoquen en conseguir una conciliación real y no una elección entre realizar una actividad y la otra? Aprovecho además, como si la que estuviera en campaña fuera yo y no ellas, para lanzar aquí mi petición para que absolutamente todo el mundo, no solo las madres, tengan derecho a conciliar. ¿Qué ocurre con las mujeres que no tienen hijos pero sí familiares dependientes, enfermos o, simplemente, mayores? ¿Y los hombres en la misma situación? ¿Qué pasa con los que no tienen hijos pero sí amigos y seres queridos a los que quieren dedicar tiempo y afecto, demostrar que puedan contar con ellos? La conciliación debería ser para todos, no que la existencia de procreación sea el requisito sine qua non.

Un debate, por lo tanto, vacío en cuanto a medidas que nos afecten para bien a las mujeres más allá de la tan previsible consigna de que nos van a proteger porque estamos desvalidas. Parece que algunas no se resignan a seguir exprimiendo los últimos y raquíticos huevos de una gallina morada, agotada y exhausta tras años de explotación, mientras ya se preparan para hacer lo mismo con la nueva y verde que viene asomando el pico.