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El infierno de vivir con una depresión

Es de las enfermedades menos entendidas en general por la población

  • El infierno de vivir con una depresión
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Madrid.

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06 de febrero de 2018. 12:18h

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Juan José Carral.  Madrid. 7/2/2018

¿Qué es una depresión? A menudo esta pregunta tiene una fácil respuesta al asociar la palabra depresión a la sensación de “estar triste” o “tener pocas ganas de hacer cualquier cosa” y aunque en realidad estas sensaciones son desagradables y comparten compañía con otras muchas en alguien aquejado de depresión, serían tan solo la punta del iceberg de una enfermedad cada vez más presente en nuestra vida cotidiana y con unas cifras en alza a lo largo de los próximos años. Así, una reciente estimación de la OMS, revela que para el año 2020 de entre todas las enfermedades, la depresión supondrá la segunda más extendida en el mundo. Como característica adicional que hace esta enfermedad especialmente peligrosa y que esté en el punto de mira de la salud mental, es la presencia de conductas autodestructivas en las personas que lo padecen.

En definitiva, para tratar de abordar la depresión, no podemos asumir que esta enfermedad solo viene dada por “un puñado de síntomas”, como serían las sensaciones de tristeza o abatimiento, ni siquiera como un síndrome (conjunto de síntomas), como tristeza, ansiedad, insomnio..., habría que catalogarla como un trastorno, donde este conjunto de síntomas se englobaría en un todo, que afectarían a la persona que le padece en todo su contexto, influyendo negativamente en su familia, pareja, a nivel social, en el rendimiento en el trabajo o estudio, en su salud y en la ausencia de actividades cotidianas en general.

¿Cuál es el origen de la depresión? ¿hay alguna causa que permita explicar su aparición? Se ha escrito mucho sobre diferentes factores o acontecimientos que favorecen la aparición de una depresión. Aunque estos factores no son excluyentes de otras variables que pueden predisponer a aumentar la aparición de la enfermedad o a impedir que aparezca, si se puede hablar de factores genéticos o bioquímicos como una causa fundamental. Respecto a situaciones específicas estresantes que favorecen la aparición de una depresión, están aquellas situaciones de pérdida o duelo, situaciones traumáticas actuales o pasadas y factores estresantes en la vida de esta persona, aunque tal y como se indicaba anteriormente, la aparición o no de la enfermedad, es la combinación de tales acontecimientos con otros factores biológicos y psicológicos, dejando constancia que estas manifestaciones son diferentes para cada persona.

Siendo por tanto la depresión un trastorno, ¿Cómo afectará a una persona que la padece? Para entender la respuesta a esta pregunta, hay que establecer un punto de apoyo en el modelo de Beck (1973), el cual no habla de una serie de características ad hoc, sino de la combinación de la sintomatología presente, unido a la evolución de estos síntomas a largo plazo, así como a la intensidad de los mismos. Situándonos en como estos síntomas pueden evolucionar, aparecen una serie de respuestas en las personas que padecen el trastorno:

- Respuestas fisiológicas/emocionales: aparición de tristeza, irritabilidad, ansiedad, alteraciones del sueño (por exceso o por defecto), pérdida de apetito, disminución del deseo sexual, aparición de dolores en articulaciones del cuerpo (rodillas, brazos, mandíbula)

- Respuestas cognitivas: Deseo de evasión, pensamientos erróneos que aumentan la percepción de incapacidad de la persona que padece la enfermedad, pensamientos de culpabilidad por no ser capaz de salir de la situación, dificultad para tomar decisiones, consideración negativa de uno mismo, negativa del mundo, negativa del futuro, dificultades de atención, problemas de memoria, ideas suicidas, pasividad, dificultad en las relaciones sociales, dependencia, perdida de motivación y capacidad para disfrutar y buscar la felicidad.

- Respuestas motoras: Dificultades para dormirse, despertarse muy temprano, agitación, inhibición psicomotriz, llanto.

El infierno de vivir con una depresión

Estas tres respuestas, se combinan entre sí, formando un estilo de comportamiento en estas personas característico y que se engloban en las famosas “tres Aes”

a) Abulia: disminución del interés y la capacidad para obtener placer en las actividades que la persona realiza.

b) Apatía: sensación de falta de energía que lleva a estas personas a dejar de realizar actividades cotidianas, por encontrar estas actividades especialmente pesadas o cansadas.

C) Anhedonia: reducción de actividades que la persona que padece el trastorno encontraba gratificante, antes de la aparición de la enfermedad. La persona deja de salir con amigos, asistir a reuniones familiares, realizar actividades deportivas o de ocio en general, porque encuentra su estado de ánimo “acartonado”, no percibiendo la felicidad que antiguamente encontraba en tales actividades.

Estos estilos de comportamiento, hacen que estas personas elijan estar en la cama o sentadas en un sillón sin deseos de asumir activamente ningún tipo de conducta, con sentimientos de desesperanza junto con sensaciones de ansiedad, e hiperactividad. La persona deprimida, ve alterado su deseo por continuar con las actividades acostumbradas y el sentimiento de desesperanza la inmoviliza para poder expresar los sentimientos, lo que acaba por dificultar que los demás miembros de una familia o amigos de esta persona, entiendan la gravedad de su estado.

La depresión, es considerada uno de los trastornos mentales más peligrosos que existen. Tal y como se comentaba anteriormente, el estado funcional de la persona que lo padece, está muy deteriorado, pero ¿por qué considerar peligroso un trastorno que aparentemente solo afecta al funcionamiento diario de una persona? Efectivamente, si nos dejamos llevar por los síntomas y signos de esta enfermedad, no parece que sea un trastorno grave, sin embargo, si analizamos los pensamientos autodestructivos y desesperanzadores de aquellos que lo sufren, no es difícil que veamos la solución final que alguien que pasa muchas horas postrado en la cama, analizando todas las características de su vida de una forma negativa, culpabilizándose y sin ver una solución clara a sus problemas. Esta solución final, puede ser el suicidio, muy presente en este trastorno. Por otro lado, además del dolor emocional y la angustia, sufridos por quienes padecen depresión, los estudios más recientes demuestran que el nivel de daño funcional es comparable al que existe en las enfermedades médicas más graves, incluyendo el cáncer y las enfermedades coronarias.

Si tal como se plantea en el punto anterior, la depresión tiene una gravedad tal, ¿cómo es posible que no se ataje con programas de prevención o intervención útiles? La respuesta en este punto es clara, no por problemas de financiación ni porque no se cuenten con programas de prevención útiles, la respuesta a esta pregunta pasa sencillamente por la conducta de la persona que lo padece. Así, a la hora de diagnosticar y tratar la patología, existen tres tipos de posibles casos:

a) Las personas que acuden a su médico de atención primaria, donde le detectan el cuadro depresivo y se le instaura un tratamiento farmacológico y psicológico adecuado

b) Aquellas que acuden pronto al médico de atención primaria, pero que no se detecta la depresión. Esto puede ocurrir por que la persona no quiere admitir que sufre un trastorno mental y deriva la atención a la sintomatología orgánica, no prestándose atención a otros signos o procesos mentales que el paciente decide omitir o el médico no preguntar.

c) Por último, aquellas personas que deciden no acudir al médico de atención primaria, cronificando su trastorno.

El infierno de vivir con una depresión

¿Cuáles de estos tres tipos de casos se presenta con más frecuencia?

El primer caso, aunque sería lo más adecuado, es lo menos frecuente. El segundo de los tres casos, aunque presente, ha dejado de estar tan presente, ya que actualmente existen programas en el Sistema Nacional de Salud, muy competentes que han mejorado el diagnóstico de la enfermedad. En cuanto al último caso, por desgracia, es el más frecuente, ya que las personas con depresión, omiten a sus familiares y amigos la gravedad de sus pensamientos o sentimientos, dejando solo evidente su conducta motora, pasando sus amigos o familia a percibirles como una persona “vaga”, “llorona”o “exagerada” que pasa todo el día tumbado sin hacer nada, lamentándose de su tristeza, de tal forma que obvian acudir a un especialista porque “si no lo hace él/ella es que no quiere cambiar”, aumentando las posibilidades de cronificar el trastorno y por tanto la gravedad y probabilidad de conductas autoagresivas, siendo la más grave el suicidio. Según datos de la OMS, una persona con depresión tiene 30 veces más posibilidades de atentar contra su vida que cualquier otra persona.

Esta incapacidad para solicitar ayuda, se ha transformado en el problema más urgente en la sanidad pública, ya que en la mayoría de los casos, cuando las personas con depresión acuden a atención primaria, lo hacen porque se observan otros síntomas que aquejan a estas personas, en mayor caso la ansiedad o ataques de pánico. Por si fuera poco, actualmente se estima que este trastorno del ánimo se encuentra entre las condiciones psiquiátricas más prevalentes, así datos epidemiológicos, plantean que el 17% de la población informó haber experimentado depresión en algún momento en su vida, es decir que al menos una vez al día, los médicos de atención primaria atienden a una persona con depresión. Ante esta alta prevalencia de casos, los profesionales de la salud mental en España, vemos con impotencia que estas personas que son atendidos por los médicos de atención primaria, se marchan a su casa con una medicación que es insuficiente para poder hacer frente al problema y en el caso que decidan acudir a un profesional de la salud mental, la derivación a estos profesionales puede tardar varios meses, en la mayor parte de los casos debido a un sistema colapsado, agravando la sintomatología del paciente y aumentando el riesgo de suicidio, ya que cada vez que un paciente trata de suicidarse, tiene un 15% de posibilidades más de que pueda volverlo a intentar, pasado un tiempo.

Si este trastorno tiene en jaque a la Organización Mundial de la Salud ¿qué expectativas de tratamiento o cura existen? Sin duda el tratamiento farmacológico con antidepresivos es el tratamiento más utilizado y fundamental para atajar el problema a corto-medio plazo, pero se ha comprobado que a largo plazo, la posibilidad de que pueda aparecer el trastorno es mayor que si se ejerce un tratamiento combinado farmacológico con algún tipo de terapia psicológica, siendo la más famosa, la terapia cognitivo-conductual, cuyo abordaje se presenta a continuación, teniendo en cuenta las principales limitaciones de estas personas en los tres tipos de respuesta citados anteriormente:

- Respuesta motora: Desde este enfoque, se trabaja con estas personas la participación en actividades reforzantes o placenteras, la realización de un horario de actividades cotidianas que empezarán siendo muy sencillas para ir poco a poco complicando el tipo y frecuencia de tareas hasta llegar al mismo número, frecuencia y tipo de actividades anteriores al trastorno. Mediante la activación de los pacientes, se consigue aumentar la autoeficacia de la persona y que desaparezcan las temidas “tres As”, mediante una máxima: “es importante no esperar a estar bien para hacer cosas, sino hacer cosas para estar bien”.

-Respuesta cognitiva: cambiar pensamientos, roles y actitudes ante lo que la vida les depara en el presente y trabajar las percepciones negativas que la persona que tiene de sí mismo, de los demás y del futuro.

- Respuesta fisiológica: mediante la activación y el trabajo con los pensamientos, se mejorará las respuestas fisiológicas de la persona. Si además, como suele ser en la mayoría de los casos, las personas aquejadas de depresión presentan también ansiedad, se trabajarán con estas personas técnicas de relajación, así como técnicas de meditación y mindfulness.

Aunque la terapia cognitivo-conductual es la que ha estado siendo más utilizada por su eficacia y por numerosos años de experiencia, así como investigaciones detrás, actualmente están apareciendo nuevas terapias que están mostrando unos resultados incluso mejores, éstas son la terapia conductual de tercera generación o ACT, la terapia Cognitivo-Analítica y la terapia EMDR. En cualquier caso, es el tratamiento combinado farmacológico y psicológico el que mejor resultado tiene no solo en las primeras fases del tratamiento, sino también en la prevención de recaídas.

Juan José Carral Hernández

Psicólogo General Sanitario, especialista en adultos y terapia de pareja.

Director del Centro Clínico CIPREA.

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