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Réquiem por la libertad de expresión

¿Qué está pasando? ¿Cuál es la razón de que, hoy en día, manifestar una opinión en contra del discurso oficial sea casi un deporte de riesgo? ¿Por qué esas ganas de callar al que disiente?

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Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

11 de noviembre de 2018. 17:18h

Comentada
Rebeca Argudo.  Madrid. 10/11/2018

Hoy estoy triste, mohína, casi de pre-luto. Estoy muy Chenoa 2005, chandalera y con el factor drama disparado a lo Zarzamora, llora que llora por los rincones. Así estoy yo. Pero, en lugar de ser Bisbal y sus quereres el motivo de mis lamentos, es la libertad de expresión la que me desvela. Soy una romántica, qué le voy a hacer. Y es que no son buenos tiempos para disentir, para discutir (en la primera y hermosa acepción del término), para expresar una opinión que no encaje perfectamente, sin fisuras ni matices, en lo que se ha instalado socialmente como línea imperante de pensamiento. La libertad de expresión está herida de gravedad, la culpa es nuestra y yo la lloro.

He asistido esta semana, desde el patio de butacas que es para estas cosas mi ordenador, a una de las trifulcas habituales en redes. La diferencia es que esta semana le ha tocado a un amigo, el periodista Juan Soto Ivars, sufrir el acoso desmedido, histérico y belicoso de las huestes de Lo Que Se Debe Opinar. Juan es un tipo especialmente cabal, además de muy divertido. Es lo suficientemente inteligente como para saber que no puede gustar a todo el mundo, ni él ni sus opiniones, por lo que surfea con estilo y resignación los agravios de sus detractores. Tiene el superpoder absurdo de despertar reacciones furibundas y desproporcionadas entre sus críticos cada vez que abre la boca, como si estuviese de moda darle cera, como si fuera la Rosalía de las columnas de opinión. Y esta semana le ha tocado aguantar estoicamente las iras de Aquellos Que Nunca Se Equivocan.

¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Cuál es la razón de que, hoy en día, manifestar una opinión en contra del discurso oficial sea casi un deporte de riesgo? ¿Por qué esas ganas de callar al que disiente?

Lo que está pasando, creo yo, es que nos encontramos en un momento en el que, gracias a internet y las Redes Sociales, tenemos más que nunca toda la información al alcance de la mano. Y en lugar de estar más informados lo estamos mucho menos, ya que despreciamos todo aquello que no coincide con nuestras ideas. Buscamos y atendemos solo a los medios afines a nuestra postura, a los comunicadores que se ciñen a nuestro ideario, los que nos reafirman en nuestras creencias y convicciones, rechazando las contrarias. Como si solo la palmadita en la espalda nos sirviese, como si la discrepancia o la visión del otro fuera despreciable antes incluso de conocerla.

Nos rodeamos de aquellos que piensan igual y nos jalean, aquellos a los que nosotros también jaleamos por el mismo motivo. Nos creamos un microcosmos en el que filtramos la información, volviéndonos impermeables a todo dato que no corrobore nuestra idea preconcebida, la consigna aprendida. Nos ofende la alternativa, su simple existencia.

Lo diferente debería desaparecer. No es posible, no puede ser, que alguien piense distinto. No puede ser que alguien piense que Soto Ivars no es gilipollas. Pero ¿No sería más sano y enriquecedor contemplar los diferentes puntos de vista? ¿No sería interesante escuchar al otro antes de lapidarle? ¿Valorar sus argumentos y enfrentarlos a los nuestros?

Lo sería, pero estamos polarizando el discurso y necesitamos posicionarnos rápidamente. No podemos esperar a escuchar, a entender. Nos quedamos con el titular. No tenemos tiempo para fruslerías. Cualquiera que se aleje lo más mínimo de lo políticamente correcto, aunque solo sea para añadir un matiz o disentir en un aspecto, es rápidamente empujado al bando contrario. Inmediatamente eres un fascista, un racista, un machista, un homófobo, pelirrojo, alérgico al gluten. Eres un apestado. Eres de Los Otros. Irremediablemente, estas en el otro bando. Sin posibilidad alguna de derecho a réplica. ¡Que le corten la cabeza!

En estas circunstancias, no tememos al de enfrente, tememos al de al lado. Despreciamos al que disiente pero no le tenemos miedo. A quien tenemos miedo es a los nuestros. Nos autocensuramos, nos callamos, para seguir siendo aceptados, para no ser rechazados por los que nos rodean y piensan “comilfó”. Tememos vernos empujados a una etiqueta bajo la cual no nos sentimos representados, pues sabemos lo difícil que será deshacernos de ella. Nos aterra que Los Nuestros nos exilien a las frías tierras de Los Otros. Y eso es terrible.

Y así pasa lo que pasa.

Que a muchos ofende el sketch de Dani Mateo (la libertad de expresión implica necesariamente la libertad del otro a decidir si algo le gusta o no y manifestarlo) y a algunos incluso les parece normal que reciba amenazas e insultos, que sufra boicots, despidos y presiones. Que su vida se convierta en un infierno. Y se indignan los mismos que querrían ver arder otras banderas o que las han denostado directamente.

Que si un juez publica un poemita satírico sobre Irene Montero y Pablo Iglesias en una revista del gremio, sea denunciado y condenado a pagar 70.000 euros. Y les parece bien y lo justifican los mismos a los que indignaba la retirada de aquel ejemplar de El Jueves en el que, los hoy Reyes de España, hacían la “caidita de Roma” por la puerta de atrás en la portada.

Es obvio que los ofendidos y las ofensas campan a sus anchas en todos los bandos.

Y cualquiera, cualquier día, se puede ver en la situación de que Aquellos Que Nunca Se Equivocan quieran callarle. A golpe de tuit ofensivo en manada, de amenaza en redes o de denuncia en firme.

No sé vosotros, pero yo llevo ya un tiempo que prefiero a mi lado a alguien que piensa diferente pero con quien pueda debatir tranquilamente, a alguien que piensa igual pero defiende sus creencias a golpe de consigna e insulto. Prefiero hablar con alguien que escucha mis argumentos y me ofrece los suyos, que me hace pensar y replantearme mi postura, haciendo él lo propio (independientemente de que luego cambiemos uno de los dos de opinión o no), a la palmadita condescendiente en la espalda como pago a una fidelidad ideológica absoluta sin derecho a réplica. Prefiero a aquellos que aceptan que se puede pensar distinto con el mismo convencimiento con el que se puede pensar igual. Huyo de los dogmáticos y de los que enarbolan consignas, de los intolerantes y los poseedores de la verdad absoluta.

Me asusta la gente que nunca duda, la que está completamente convencida de haber alcanzado el don de la clarividencia, de haber descifrado la realidad que le rodea, de haberlo entendido TODO. Los que jamás se cuestionan sus posiciones. Y me asusta, sobre todo, las consecuencias de que esa actitud se generalice. Que de tanto querer alejarse los unos de los otros por opinar diferente, se acaben encontrando en el mismo punto pero desde el otro lado. Como cuando Zoolander no sabía girar a la izquierda y para conseguirlo debía dar la vuelta completa desde la derecha. Y que en ese punto se comporten exactamente igual ambos. La misma actitud ante diferente postura. La misma intransigencia, la misma intolerancia, el mismo despotismo. Las mismas ganas de callar al otro.

Y eso me entristece. Y me pone muy Chenoa.

Por eso, amigos, os pido aquí y ahora que unamos nuestras manos y elevemos una oración por el alma de la libertad de expresión que, herida de gravedad, lucha por su vida en la UCI de Lo Realmente Correcto.

Y, si no es mucho pedir y ya puestos, una plegaria por el descanso eterno de la difunta Comprensión Lectora, que se dejó la vida en una curva de Facebook.

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