Cruz de navajas por Carla Bruni

Dos intelectuales franceses, Jean-Paul Enthoven y su hijo, Raphäel, se enfrentan literariamente por el amor de la misma mujer. dos historias ocurridas en tiempos distintos y por la que ahora ambos se repudian

Tratándose de Bruni, el único modo de vengar cualquier agravio tenía que hacerse con elegancia y cierta sofisticación. Casi como ese susurro que sale de la ex inquilina del Palacio del Elíseo cuando canta. Y así es como ajustan estos días cuentas Jean-Paul Enthoven y su hijo Raphaël, dos intelectuales franceses que acaban de publicar sendos libros. Son dos dagas blancas en forma de verbo que llevan afilando casi 20 años, desde que el hijo expoliara la última conquista de su padre, Carla Bruni. Todo eso sucedió mucho antes de que entrase en escena Nicolas Sarkozy, ajeno a este combate que, de paso, ha puesto patas arriba a la izquierda intelectual. La conjura arranca con el padre a cuenta de la publicación de su nueva novela, «Ce qui plaisait à Blanche» («Lo que le gustaba a Blanche»), un relato sutil sobre señoras bien, muy distinguidas. Está escrita en primera persona, con una atmósfera muy tenue y el mar en calma. El narrador sigue la silueta de una mujer fatal e intenta comprender qué le gusta, lo que le da pie a todo tipo de consideraciones eróticas y reflexiones filosóficas envueltas en orgías y licencias sexuales. ¿Quién es realmente Blanche? El autor deja libertad al lector y a los críticos, pero las páginas las carga el diablo. Inmediatamente después de su presentación, ha llegado lo que los galos llaman «la gran bomba fétida de la nueva temporada parisina», el libro de su hijo Raphaël, «Le temps gagné» («El tiempo ahorrado»). Los personajes son idénticos, pero con diferentes nombres. Si Jean-Paul desgrana, una por una, a sus mujeres, el hijo lo que hace es asesinar, metafóricamente, al padre, a quien califica como un «asqueroso». En sus páginas detalla su pasado de niño zarandeado, su inmersión en la filosofía, su relación con la cultura y su matrimonio con Justine, la hija de Bernard-Henry Lévy. Esta aparece como Faustine, a quien describe como «niña de mejillas redondas, casada sin pasión por complacer a sus padres». Su suegro no merece mejores palabras: «El genio morganático de quienes pisotean a quienes los rodean sin dudarlo». Son casi 600 páginas donde despliega una mirada casi infantil ante el espejo. Describe la figura déspota y absorbente del padre, que tuvo también bajo sus garras a su madre. Un hombre convencido de ser el mejor adalid de la izquierda cultural francesa y de que todo lo que vendrá después será perturbador y merecerá ser aniquilado y despreciado. Es el zorro, el héroe, la nada... Y, de repente, lo proclama como una figura entrañable, un referente cultural tranquilizador. Raphaël expone la lucha interna de un hijo dividido, tras el divorcio de sus padres, entre dos estilos de vida opuestos, dos modelos de pensamiento y una lucha por construir una lógica y su propia columna vertebral sin dañarse demasiado a sí mismo. Su desencanto es el de una generación que ronda los 40 y no le importa enfangarse en su propia mezquindad. El libro es literatura, confesión, arrepentimiento, un blues para el alma, con sus contradicciones y reflexiones sobre el arte de vivir. Ha aclarado que es la historia que vivió, de principio a fin. La historia real pudo arrancar en Marrakech. Raphaël y Justine, los hijos de Jean-Paul y Henri-Levy, respectivamente, se enamoraron y se casaron. Él y su mujer, la actriz Arielle Dombasle, organizaban fiestas con frecuencia en su palacio. Un día, Jean-Paul apareció con su nueva enamorada, la hermosa Carla Bruni. Al ver a Raphaël, parece que entre la cantante y el filósofo saltaron más que chispas. Él dejo a Justine y Carla le escribió una canción. Pronto engendraron a su hijo Aurélien.

Amor de ida y vuelta

El distanciamiento entre padre e hijo sería inevitable. Fueron amores de ida y vuelta, pero dejaron su poso de odio. En «Le Temps gagné», Raphaël saca a relucir una buena ristra de nombres de la sociedad francesa fácilmente reconocibles. Después de leer el libro, Jean-Paul le envió un mensaje de texto haciéndole saber que, de ahora en adelante, cortaba con él cualquier comunicación. Ha declarado que preferiría haber lavado los trapos sucios en casa y no en público. «¿Qué necesidad había de someternos a tal denigración y a las miradas indiscretas? ¿Con qué derecho se le puede arrancar a cada uno de nosotros, solo por puro placer, la máscara que puede haber necesitado en un momento?», se lamenta en una entrevista concedida al diario «Le Figaro». Dice que tiene el corazón roto. Él y también quienes le han amado que ahora se ahogan en un océano de ingratitud. Y le lanza a su hijo un consejo de su admirado Albert Camus: «Un hombre debería contenerse». La crítica considera que podría verse cumplido el mito de Edipo. El hijo se enamoró de la misma mujer que el padre y este ahora le repudia. Los personajes de este vodevil burgués literario hacen las delicias de los amantes de las novelas. Pero la clave está en desenmascarar a cada personaje, ponerle nombre, descifrar las escenas de Marrakech y los motivos que llevan a cada uno a ser como es. Después de un verano convulso, la intelectualidad francesa no podría haber tenido mejor «rentrée». Para los letraheridos, ambos libros, con sus apuntes burlescos e irónicos, componen la forma más apasionante de hacer guerra. Es una de las peleas intelectuales más apasionantes de los últimos años, un drama exquisitamente parisino. Como quien abre una habitación mal ventilada y se descubren verdades ocultas durante años. En este caso, padre e hijo revelan que las heridas que parecían sanadas siguen bien frescas. Para la periodista Madeleine Aggeler, este drama es ese cigarrillo postcoital al que le das ucna calada profunda mientras la amante se viste para irse de casa con su esposa e hijos. «Suave. Delicioso. Complejo. Magnífico».

Relación rota

Hace unos años, padre e hijo debatían con asombrosa complicidad y tan brillante como corresponde a dos intelectuales de su talla sobre los celos en Marcel Proust y cómo se fraguó el primer tomo de «En busca del tiempo perdido». Juntos acababan de firmar el «Diccionario amoroso» de Marcel Proust, con más de 300 entradas. Cada uno sostenía su postura. El padre, partidario de ahondar en la biografía de un autor para interpretar su obra. El hijo, contrario a cualquier referencia personal, anécdotas o sentimientos. Eran dos hombres en plena diatriba, pero de forma muy civilizada. Los dos tienen en común su porte distinguido y trato elegante. Son auténticos galanes y saben cómo ser el foco de atención tanto del público como de los medios de comunicación. Su escritura es elegante, a veces demasiado rimbombante. Sin embargo, ocupan un espacio muy diferente en la cultura francesa. Jean-Paul es uno de los editores más destacados, muy cercano a su ex consuegro Bernard-Henry Lévy, y autor de varias novelas, como «Aurora», «Lo mejor que tuvimos» o «La hipótesis de los sentimientos». Raphaël es un filósofo conocido por su agudeza, casi un icono a raíz de sus disertaciones filosóficas en el canal Arte. Un embaucador que ha cultivado como pocos otros intelectuales el don de interesar tanto a los jóvenes como a las amas de casa.