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Los sábados de Lomana: Un desfile de Dior sin Lomana no es un desfile de Dior

Carmen Lomana en una cena de Zimmermann.
Carmen Lomana en una cena de Zimmermann.@carmen_lomanafreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@1fa472f4

Semana de no parar en Madrid llena de fantásticos eventos, pareciese que se va a terminar el mundo... Esto se puede llamar «en busca del tiempo perdido», yo voy a una media de tres o cuatro invitaciones todas interesantes al día que, por supuesto, priorizo dependiendo de varias cuestiones. Cuando digo eventos no solo me refiero a cenas y fiestas, sino a exposiciones de arte, presentaciones de libros así como estrenos de teatro y cine.

Comencé el lunes con la cena de «Vanity Fair» y Sephora dedicada a las mujeres con fuerza y poderío, mujeres hechas a sí mismas, luchadoras por su libertad e independencia, femeninas, que aportan a la sociedad sin ir en contra de nadie y siempre sumando. La cena se celebró en el Club Monteverdi. En mi opinión, el más bonito y elegante de Madrid. Se pueden imaginar que no paramos de hablar, discutir e intercambiar opiniones sobre actualidad y, cómo no, del mediático juicio de Johnny Depp y su ex mujer Amber Heard, ¡ahí saltaron chispas! Mi segunda cita, el miércoles, fue una fiesta elegantísima y muy bien organizada de la firma Zimmermann, que acaba de aterrizar en Madrid. En España, exceptuando la gente que sabe de moda, no es muy conocida, pero les aseguro que es de lo mejor del momento; sus vestidos son de una enorme belleza y buenísima costura. Es una firma de lujo de origen australiano, capitaneada por las bellísimas hermanas Nicky y Simone Zimmermann: Nicky realiza los diseños y Simone complementa la dirección creativa. Me impresionó su cercanía y la simpatía de todo el equipo que vino de Australia para la fiesta, saludando y pendientes de todos los invitados con cariño y naturalidad. Ahí no faltaba nadie de los que tenían que estar. Como fiesta elegantísima, no había «photocall», esa horrible costumbre que no puede ser más hortera y vulgar, ya que tienen a los invitados haciendo cola para hacerse una foto, porque antes de saludarte ya te llevan de cabeza al escaparate. Eso, por supuesto, no ocurrió en la fiesta de las Zimmermann. Allí todo era elegante: los invitados, la decoración de las mesas, el lugar... un bravo a Fernando Rius y su maravilloso equipo. Para rematar, el jueves, precioso desfile de Dior en Sevilla de la colección Crucero, llena de guiños y homenaje a la cultura española y a la gran Carmen Amaya, con la peor organización y extraña convocatoria que nadie podía imaginar, exceptuando algunos invitados.

Yo no estaba invitada. Si hay alguien que debería estar sentada en ese desfile era yo. No porque me crea más que nadie, sino porque siempre he estado muy vinculada a la firma Dior. He ido a todos los desfiles de Alta Costura en París, soy una estupenda clienta con fidelidad absoluta. Hay mucha gente en España que conoce Dior porque me lo han visto a mí puesto y han ido a comprarlo, me consta que es así. La barra de labios roja 999, desde que me la puse en Instagram, la llaman «la barra Lomana», los zapatos de la cinta de tela, igual, pero esto es lo de menos si comparamos los diez vestidos que estuvieron expuestos en el Museo del traje junto al resto de mi colección. Modelos exclusivos de Dior que están en el catálogo de la expo. En diciembre organicé una cena para presentar los perfumes exclusivos de Dior en mi casa, convoqué a actores, cantantes, personas de la sociedad, un mix difícil de conseguir y que vienen felices a mi llamada. Salió en «¡Hola!» y «Vanity Fair», por supuesto solo por cariño a la firma y a Silvie que es lo mejor que la Maison Dior tiene en Madrid, directora de Belleza y Perfumes. Al equipo de prensa podían jubilarlo. Y no digamos dirección de tienda en Madrid, cuya directora me dijo que solo invitaban a clientes que facturasen como mínimo 100.000 euros al año. Algo de una chabacanería infinita. Puedo asegurarles que la mayoría de invitadas «celebrities» que he visto en los medios no tienen ni ficha de clientes en Dior. En Sevilla, de la sociedad representativa no había ni un cinco por ciento. Alguien tendrá algo que explicar. Extraño que no estuviese Bernard Arnault, jefe supremo del grupo, ni las caras representativas de la firma... Daremos, a pesar de estos fallos, las gracias a Dior por mostrar Sevilla al mundo con una maravillosa puesta en escena.