La boda romántica de Carlota y el tipazo de la Benito

Un repaso irónico e ineludible a las portadas de esta semana

  • La boda romántica de Carlota y el tipazo de la Benito

Tiempo de lectura 4 min.

03 de julio de 2019. 14:47h

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Rebeca Argudo 3/7/2019

¿Se puede empezar un miércoles de julio de alguna manera que no sea leyendo el Hola tranquilamente en una terraza con el vermú, las gafas de sol y actitud frívola y despreocupada de “a mí la vida fuera de estas páginas me importa muy poco”? Pues solo hay otra manera de hacerlo bien: viniendo luego a comentar las portadas aquí. Y eso es lo que voy a hacer yo.

Si la semana pasada teníamos en portada la boda de Belén Esteban (inciso: recordadme que en algún momento hagamos un flashback y hablemos de ese reportaje, del peinado, del vestido, de los invitados y de la ausencia de fotos del novio. Porfavorcito os lo pido) esta semana la boda es la de Carlota Casiraghi, la hija de Carolina de Mónaco. Carlota (en el “Hola” la llaman “Carlota”, sin apellido ni nada, porque solo hay una Carlota buena en el cuore) se ha casado en La Provenza, en el mismo pueblito donde pasó su infancia con su madre cuando todo el drama de la muerte del padre en accidente de embarcación. ¿Os acordáis de eso? Yo es que tengo una parte de mi cerebro dedicada en exclusiva a acumular datos que nunca jamás tendrán ninguna utilidad más que la de, como en este caso, saber rápidamente por qué Carlota Sinapellido ha elegido ese pueblito y no otro para tan cursi boda. ¿He dicho cursi? Quería decir romántica.

Porque si algo ha sido esa boda, es romántica. Todo era romántico hasta la fatiga. Romántico el pueblo, romántica la abadía, romántica la decoración de las mesas, románticos los novios, romántico el vestido. El vestido. Hablemos del vestido. Podríamos resumirlo en que lo tenía todo. Y cuando digo “todo” quiero decir “absolutamente todo”: puntillas, tranparencias, volantes, tul, bordados, encajes... Me puedo imaginar a la hija de Carolina pidiendo a su amigo (el vestido es de alta costura y el diseñador, un íntimo suyo, claro) que le pusiera un poco de todo, que no se dejara nada. Yo la entiendo. Odio tener que elegir entre demasiadas opciones. Me atoro. Así que me habría pasado como a Carlota y me habría presentado en mi propia boda con falda pantalón, sueter de cuello alto sin mangas, hombreras, capa española y canotier. Un cuadro, vamos.

En la misma portada del Hola (todavía no he dejado el Hola, necesito mi tiempo) aparece Helen Lindes con la misma cara de Helen Lindes que pone en todas las fotos. Helen Lindes es un poco la Zoolander patria y su mirada Helen Lindes es el equivalente español a la mirada acero azul. Tengo que hacer un par de llamadas para averiguar si es capaz de girar a la izquierda.

A lo que iba, que me lío. Lindes y su marido, Rudy Fernández, posan con sus dos hijos, un pelirrojo muy mono (y ya es difícil que yo utilice las palabras “pelirrojo” y “mono” en la misma frase) y una recién nacida. Ideales todos, muy cuquis y sonrientes. Pero mira, a mí lo que de verdad me ha gustado es el posado veraniego de Ana Obregón en las páginas interiores. Yo ya doy por bueno este verano solo por eso y no puedo entender que no vaya en portada. De verdad os lo digo. Ana Obregón y su posado veraniego son a Mallorca (y a la vida) lo mismo que los ingleses borrachos, los balcones de Magaluf, lo reyes (los que lo son y los eméritos), lo que el tumbet, el variat o la sobrasada de porc negre. Un must have.

Pasemos al resto o me quedo aquí, con el Hola, la Obregón y el vermú, hasta que Madrid Centro vuelva a ser peatonal. O me desaloje el camarero. Lo que ocurra primero.

Con Lecturas me he quedado pizcueta: Rosa Benito tiene mejor tipo que yo. Voy a tener que hablar con quien lleve el tema photoshop en la revista para mandarle unas cuantas fotos mías y que me deje un poco así. Porque si con los 63 años de esta mujer han podido hacer eso, con mis 28 (yo hace años que cumplo siempre 28) pueden hacer maravillas. El bikini, por cierto, horroroso. También tengo que decirlo. Ese estampado de sofá-cama de apartamento de alquiler en cuarta línea de playa en Oropesa no es nada favorecedor. Desde aquí te lo digo, Rosa. Con ese tipazo que te gastas deberías haber elegido algo más mono.

Debajo de Rosa Benito, conforme sales de su ombligo a mano izquierda, está la misma foto de la boda de Carlota que aparece en todas partes. No sé por qué han elegido esa foto, supongo que no había más, pero la luz es horrible y ella está mirando a su desaliñado novio como si acabara de despertarse de una siesta pijamera de cuatro horas de esas que te levantas y no sabes ni dónde estás, ni qué hora es, ni quién sois ni qué queréis de mí. Pero oye, no seré yo quien fastidie el romanticismo extremo de tan romántico evento poniéndome tiquismiquis con detallitos poco románticos.

También sale Violeta. Violeta ha crecido en una casa con violencia y gritos. Y mal que me sabe. Y eso que ni siquiera sé quién es Violeta. Ahora lo busco, pero me arriesgo y mientras le pido al camarero otro vermú y abro google en el móvil, me juego las aceitunas que me van a traer a que es influencer, o youtuber o instagramer. Una de esas cosas modernas que son ahora los nuevos famosos que se parecen todos entre sí y dificulta enormemente que yo pueda reconocerlos, distinguirlos y memorizar sus nombres. Es que ya no hay famosos como los de antes. Cómo echo de menos a Carmina, joder.

Un momento.

Violeta Mangriñán. Tronista.

¿Lo veis? No me gustaría acabar esta primera columna de los miércoles con un “os lo dije”, pero es que OS LO DIJE.

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