Barcelona

Tú mejor no vayas

La Razón
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Te escribo, reventador profesional, para solicitarte que hoy no acudas. Quédate en casa, solo o en compañía de otros, contemplando el desfile por televisión, si es que en verdad te interesa este desfile. Ahórranos este año tus gritos, tus exabruptos, tus berridos. Si no es por educación, que sea por pragmatismo. Tus estribillos de los últimos seis años están caducos. Ya me dirás qué sentido tiene gritarle «¡fuera, fuera!» a un presidente que anda de salida; qué ridículo resulta un «¡dimisión, dimisión!» a quien, de facto, ya ha dimitido.
Te escribo, abucheador profesional, para invitarte a que hoy dejes a los demás tranquilos. En el desfile del doce de octubre huelgan los agitadores como tú. Si quieres silbar, vete al fútbol. En contra de lo que dijo Rodríguez Zapatero en 2010 –su sexto año de pasión–, abuchear al presidente del Gobierno no forma parte del guión de esta fiesta. En contra de lo que dijo en 2009 –quinto año–, no es «una parte del rito». Nunca debió haberse convertido en «un clásico», expresión que utilizó en el año cuarto. El guión del desfile empieza y termina en el desfile. El ruido es un anexo molesto y vociferante que tú, y otros como tú, le habéis adosado a la liturgia. No es sólo que las Fuerzas Armadas, y sus familias, puedan sentirse ofendidas por este empeño tuyo en emborronar un día que, para ellas, es importante. No es sólo que el presidente encarne, en este acto de hoy, un papel que trasciende su filiación política. Es, sobre todo, que uno debe saber comportarse; que la buena educación es exigible a todo ciudadano que comparte con otros el espacio público.
Ya, ya sé que vocear lo que te dé la gana forma parte de tu libertad para expresarte. No seré yo quien te lo discuta. Sé que tu desahogo vocal (o mejor, bucal), por iracundo que sea, está protegido por la Constitución –sólo faltaría–. Sé que aguantar sin inmutarse las increpaciones del público se considera obligación laboral de futbolistas, toreros, porteros de discoteca y presidentes de Gobierno en ejercicio. «Son los gajes del oficio», dice una máxima tan extendida como perfectamente discutible. Se dijo cuando a Felipe lo abuchearon en la Autónoma –«¡chorizo, corrupto!», le gritaron–, cuando Aznar fue increpado en la Universidad de Oviedo –«¡fascista, asesino!»–, cuando le pasó a Rosa Díez en Barcelona –«¡terrorista, fuera de la universidad!»–, cuando le sucedió a Santiago Carrillo en Sevilla –«¡genocida!»–. Niego que sean gajes del oficio. Es la versión más chusca del ciudadano que se niega a conducir educadamente su discrepancia, la ínfima porción de España que aún se recrea con la bronca. No es el desfile de hoy lo que produce pereza –salvo a Mariano Rajoy–, sino el empeño de algunos en utilizarlo de altavoz para el vocerío.
Te escribo, alborotador profesional, para solicitarte que hoy te abstengas de montar bulla. El respetable, para serlo, ha de mostrar también respeto. Pasa la voz a tus colegas como epitafio de vuestro grupo vocinglero: «seis años montando lío y al séptimo, descansó».