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Suicidas contra España

Tiempo de lectura 4 min.

16 de septiembre de 2010. 01:02h

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16/9/2010

El terrorismo islamista ha demostrado que su voluntad de destruir la democracia no es un medio para alcanzar un objetivo, sino que constituye un fin. La amenaza es global y obliga a los gobiernos y a las sociedades que se encuentran en el punto de mira a asumir sacrificios con la determinación de aquellos que saben que evitan daños mayores. En España conocemos el grado de dolor que la violencia indiscriminada puede causar. En la memoria, los atentados del 11 de marzo nos recuerdan hasta dónde pueden llegar estos enemigos de la libertad. Para quienes pretenden relativizar la amenaza, Al Qaida ha señalado a España como objetivo de sus ataques. Para aquellos que aún vacilan, pese a todo, o piensan que la guerra contra el terrorismo debe ser cosa de otros, LA RAZÓN publica hoy en exclusiva que la rama magrebí de Al Qaida, la misma que secuestró a tres cooperantes españoles en Mauritania, adiestra a terroristas suicidas para atentar en nuestro país. Un dato relevante es que este grupo dispone de la financiación suficiente para desarrollar sus planes criminales, lo que refuerza la convicción de que la cesión a los chantajes terroristas y el pago de rescates siempre arrastran consecuencias amargas. España dispone de unos magníficos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, que han demostrado su eficacia contra las redes islamistas. Debemos confiar en ellos, por lo que no se trata de provocar un alarmismo desproporcionado, pero sí de concienciar a la opinión pública sobre los esfuerzos que nos exige a todos la lucha contra ese enemigo real, el mismo que es capaz de sembrar el terror en nuestras calles y de asesinar a tres españoles en Qala i Naw. Precisamente, Afganistán ha sido una prueba de obstáculos exigente y dolorosa para verificar nuestro grado de convicción colectivo en ese combate contra el terrorismo internacional. Aquella guerra nos ha exigido enormes sacrificios en el pasado y muy probablemente lo hará en el futuro. Los dos principales partidos demostraron ayer en el debate parlamentario sobre la guerra en el país asiático que su respaldo esencial a la misión militar se mantiene y que España no saldrá de allí «mientras estén en peligro la seguridad del país y de la región, la seguridad global y la seguridad de los españoles», en palabras de Zapatero. Un gesto de responsabilidad tanto del presidente como del líder de la oposición, más allá de que la contienda se mueva en la incertidumbre o que la falta de una planificación realista del conflicto parezca conducirlo a un callejón sin salida. Pero también hubo diferencias de calado. Mariano Rajoy denunció con razón la opacidad informativa del Gobierno y la falta de un  trabajo pedagógico que ha provocado un creciente rechazo popular a la presencia de las tropas españolas. En efecto, el Gobierno ha cometido errores de envergadura, como insistir contra la fuerza de los hechos de que estábamos ante una misión humanitaria u ocultar buena parte de la verdad sobre la suerte de nuestras tropas. Ahora esperamos que cumpla con los compromisos internacionales y se mantenga firme en la convicción de que la libertad de los españoles se juega también a miles de kilómetros del país.

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