Teatro

Triple Pinter: Ariadna y José Luis encuentran a Emma

Cuándo: del 24 de mayo al 29 de julio Dónde: Teatro Español (Sala pequeña). Madrid. Cuánto: 16 euros. Tel. 91 360 14 80.

El espíritu difuso, casi nebuloso, de «Viejos tiempos» está contenido en una frase de Anna, una de sus tres protagonistas: «Hay cosas que uno recuerda, aunque tal vez nunca hayan ocurrido. Hay cosas que yo recuerdo, aunque a lo mejor nunca han ocurrido, pero, como yo las recuerdo, en realidad ocurren». Primer acto: Kate y Deeley hablan de Anna, una vieja amiga (¿amante?) que regresa. «Oscuridad» es la primera palabra que se escucha y poco a poco los tres van desenredando un ovillo de realidades en el que cada uno recuerda el pasado y los hechos de forma diferente. Pinter escribió «Viejos tiempos» («Old times») en 1971. Ducho en medirse a Pinter sobre las tablas –en 2011 le vimos en un punzante «Regreso al hogar» en la sala Pequeña del Español–, el actor Ricardo Moya se arremanga ahora como director en un «Viejos tiempos» que cuenta con un trío que promete ser un imán para la taquilla: Ariadna Gil, Emma Suárez y José Luis García-Pérez. El montaje arranca esta semana en la sala pequeña del Español.

«La primera pregunta que me hice fue con quién, luego dónde y después cómo», explica el director en una pausa de los ensayos. Por eso, «en este caso, es más importante haber encontrado a estos tres intérpretes que el que a mí "Viejos tiempos"me parezca la monda», reconoce. Sobre su «cómo», explica: «Yo propongo y, a veces para desconcierto de todos, hemos trabajado así: quitar lo que sobra. Es la técnica de Miguel Ángel con el Moisés. Y es curioso: ves que en la vida sobran muchas cosas: paripé, protocolo, prejuicios, frases hechas... De repente te encuentras a un autor que no tiene compasión con el discurso de los seres humanos ni con su conducta».

Mucha profundidad
Por eso, acaso, la dirección apuesta por tres interpretaciones contenidas, casi hieráticas: los silencios prolongados, las miradas, han de decirlo casi todo. «Uno siempre está en la cuerda floja, pero con Pinter me siento, quizá, haciendo más equilibrios que en otras ocasiones», explica Emma Suárez. «Es muy sutil, sibilino, hay mucha información detrás de las palabras y hay que jugar con la forma de decir el lenguaje. Cada gesto tiene un significado importante: por eso hay tan pocos. Es una forma de interpretar muy minimalista. Hay que contener constantemente. No es hacia fuera, sino hacia dentro», añade la actriz. Y afirma Moya: «Esta obra tiene lo que la mayoría de las de Pinter: mucha profundidad y una superficie tenue. Es muy atractivo, porque socialmente nos movemos con los demás en superficies así, pero nos pasan cosas muy profundas». Según Suárez, «empleamos el lenguaje para comunicarnos. Sin embargo, no podemos evitar ser torpes: el lenguaje nos entorpece. Pinter lo usa como una máscara».

García-Pérez coincidió no hace mucho con Suárez en «La avería», aunque ninguno había trabajado antes con Gil en teatro. «Como trío, es la primera vez», bromea el intérprete. Los tres son, además, «novatos» en Pinter: «La primera lectura fue muy impactante porque es un texto con el que cuesta hacerse –reconoce el actor–. Te vas dando cuenta de que a lo mejor no hay una sola teoría de la función y que no está escrita para terminar con una moraleja». El primer contacto, en su caso, fue paradójico: «Me pregunté: exactamente, ¿de qué trata? Después escuché en televisión al crítico de "The New York Times"afirmar que es una obra maravillosa, aunque no se sepa muy bien de qué va, y me quedé muy tranquilo». Entre risas, las actrices confiesan aproximaciones parecidas: «Yo la leí, la acabé... Y la volví a leer», zanja Ariadna Gil, y se explica: «No soy buena lectora de teatro, me cuesta mucho porque desconecto enseguida. Pero algo me pasó con esta obra. Era un texto muy bueno. Al releerla descubrí un montón de cosas que no había visto antes. Por intuición, que es como en general me muevo, decidí que lo iba a hacer».

 Con humor pinteriano, Suárez da su versión: «La leí, hice una pausa... y me quedé en silencio». Esos silencios, sigue García-Pérez, «no son los tuyos, los que tú decides porque te viene bien. Son pausas, cortas o largas, que te marca el autor. Lo primero, aparte de respetarlas, es saber por qué». Y Suárez recuerda las palabras del actor Michael Gambon a propósito de Pinter: «Un texto milimétrico de una profundidad kilométrica». Lo interesante, añade la actriz, «no es lo que se dice, sino lo que se oculta». Y eso varía según la perspectiva de cada personaje: «En este caso, se utiliza ese encuentro para hablar de los recuerdos, del pasado, y cómo lo usan para ganar terreno», añade Ariadna Gil. «En la obra hay algo formal sobre sobre cómo cada uno construye el recuerdo de algo o alguien y nunca es igual», prosigue García-Pérez.

Están aún en plenos ensayos, pero cuenta Gil que «nunca moviéndonos tan poco y diciendo tan poco he salido tan agotada. A lo mejor en algún rodaje un día en particular. Pero aquí acabas y hay un desgaste mental, emocional».

Desde el fondo de su vozarrón, inconfundible –cuenta que pasó por más de un foniatra de pequeño hasta que uno dio con una curiosa anomalía, una cuerda vocal duplicada–, García Pérez explica que sale de los ensayos con una sensación extraña: «No me ha pasado con ninguna otra obra, ni siquiera con "La avería". Tardo un buen rato en que me cambie la cara, con un estado de ánimo alterado». Y dice con humor: «No sé si debo agradecérselo al señor Pinter o tiene que ver con mi inseguridad».

Desde luego, no será por tener que actuar a dos palmos de los 116 espectadores de esta sala de cercanía. «Estoy curtido en cientos de microsalas», dice con seguridad el actor. No así Suárez: «Estaba deseando trabajar en una, tener a la gente cerca. Me provoca mucho. Es un desafío... En la medida en que no escuches ronquidos». Y cuando le preguntas si ha pasado por eso, es sincera: «¡Hombre claro! Vamos muy deprisa y la gente se duerme en el teatro. Hay que avisar que vengan dormidos». Ya saben.

 

Un veterano actor y director
«Todo me ha venido dado, incluso la vida, y procuro manejarme en ella con una mezcla de azar y providencia», dice con aire críptico Ricardo Moya, (Santander, 1954). Habrán visto su rostro en «Las troyanas», «A Electra le sienta bien el luto» o «La Orestiada», dirigidas por Mario Gas, en «La mujer justa», en «Beaumarchais»... De hecho, ahora mismo compagina este estreno con un papel en «Una luna para los desdichados», de O'Neill (en el Matadero). Moya lleva años, además, trabajando en cine y televisión, y dedicado a la pedagogía y la dirección escénica, y en 1989 fundó la compañía Variedades del Cantábrico.