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El Editorial

La Europa con fronteras

Tiempo de lectura 4 min.

26 de abril de 2011. 21:13h

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27/4/2011

Las disputas en la UE por la llegada masiva de inmigrantes del norte de África han puesto a prueba el concepto de la libre circulación de personas por la Europa sin fronteras contemplado en el Tratado de Schengen. La crisis migratoria ha generado importantes tensiones entre Francia e Italia en las últimas semanas, que tuvieron su punto más tenso en los permisos temporales que Roma expidió a decenas de miles de indocumentados tunecinos llegados a Lampedusa y en la voluntad de París de impedir la entrada en su territorio con la suspensión de la circulación de trenes desde Ventimiglia hacia Francia. La reacción de Italia y Francia ha sido establecer un frente común para matizar y acomodar Schengen a sus necesidades. Silvio Berlusconi y Nicolas Sarkozy defendieron ayer en Roma la necesidad de proceder a la reforma del acuerdo, así como reforzar el papel de la Agencia Europea de Fronteras (Frontex). Su propuesta  pasa por restablecer temporalmente controles en las fronteras internas en caso de dificultades excepcionales en la gestión de las fronteras externas comunes. El propósito es la reforma del mecanismo Schengen, que permite a un Estado miembro restablecer los controles interiores, de tal forma que los flujos migratorios masivos estén previstos como una de las razones que activarían los viejos límites. Hay que recordar que la libre circulación de personas ya puede interrumpirse temporalmente en el caso de que se dé «una seria amenaza al orden público o a la seguridad interior». En principio, hay una cierta sintonía en la UE sobre la necesidad de introducir ciertos ajustes a un tratado que data de 1985 y cuya eficacia y resistencia están siendo calibradas en circunstancias muy complicadas. Las dudas surgen cuando se plantea hasta dónde llegarán esos cambios y cómo condicionarán un elemento troncal de la Unión Europea como la libre circulación. La inmigración es un desafío para Europa ahora como lo era hace un lustro, cuando la presión la soportaba España en medio de una pasividad europea irritante. Esta crisis es una oportunidad para afrontar un debate pospuesto en la UE por su complejidad y el cúmulo de intereses contrapuestos que tocaba. Históricamente, ha habido escasa solidaridad de los países no fronterizos y poca voluntad en desarrollar instrumentos eficientes. El objetivo debe ser encontrar al fin una respuesta comunitaria al problema de la inmigración irregular en su conjunto y no una solución al dictado de Francia o Italia. La crisis migratoria del norte de África ha dejado en evidencia las dificultades del proyecto común europeo en consolidarse no como una mera adhesión de intereses, sino como un todo. Los egoísmos nacionales mal entendidos nos debilitan a todos. Y en ese sentido salvaguardar la libre circulación debe ser compatible con medidas que den respuestas a los desafíos de la inmigración. Medidas como mecanismos de solidaridad específicos y el reparto de cargas entre los países, el refuerzo y la dotación con recursos propios a Frontex y una política de asilo unificada. Lo que no tendría sentido ni sería aceptable es que Francia impulsara un cambio a su medida que perjudicaría a países que, como España, son puerta de entrada a Europa.
 

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