La cocina del Barça-Madrid

Es más que un partido de fútbol. Incluso el fútbol es más que un deporte. Es un espectáculo en el que también se plasman las diferencias políticas y, por supuesto, las pasiones más inconfesables. Muy pocos son ajenos al clásico de mañana

E l fútbol es mucho más que un deporte; va más allá: es un sentimiento», dice Ferrán Adriá, dispuesto a ponerse la camiseta del Barcelona y posar con ella. No hay problema. Es del Barça «y a mucha honra». Tampoco tiene mayor problema Plácido Domingo, madridista de pro, antes que muchas otras cosas... Ambos, mañana, estarán en el estadio o en Viena, pero verán el encuentro sin que importe lo que suceda alrededor. Los que no se ponen nerviosos, o tienen la sangre muy fría o es que el fútbol les produce total y absoluta indiferencia... Pero son los menos. La mayoría: se sentarán mañana frente a la tele, con un grupito muy seleccionado de amigos, un picoteo que se enfriará sobre la mesa, algunas cervezas y el sistema nervioso electrizado; las uñas mordidas, el cuerpo en tensión y el vecindario sonando en estéreo. Y es que, ese deporte de once contra once paraliza el mundo; lo congela, lo liofiliza... Tiene la virtud de hacernos olvidar el mundo y sus alrededores.


Dos maneras de vivir
El partido de mañana es el duelo entre los dos equipos más importantes de las dos ciudades punteras de España, es un duelo entre organizaciones con presupuestos que superan los 400 millones de euros. No hay escaparate mayor y los políticos se pelean por un lugar de privilegio en el palco, tanto para ver, como para ser vistos. Entre Madrid y Barcelona hay cuatro periódicos deportivos que venden más que los rotativos generalistas. El balompié es el gran asunto y un Barça-Madrid «la cabalgata de las walkirias» de la Liga. Máxime, en los últimos años, cuando la diferencia con los demás clubes se ha acentuado hasta límites insospechados.

Parece que la Liga sólo la jugaran el Madrid y el Barcelona, curioso cuando ambos clubes compiten desde las antípodas deportivas y filosóficas: un equipo, hecho con canteranos de La Masía; el oponente fabricado gota a gota con milimétrica visión y cosmopolita. Uno, entrenado por un hombre de la casa, exquisito, educado y con trazas de auténtico caballero «jedi»; el otro, por un portugués arrogante y dispuesto a entrar en mil batallas que drena pústulas en público y en privado. Un equipo tiene como bandera la estética y el otro, la contundencia. «El fútbol de Guardiola es "tiqui-taca"y el otro es "zasca''», explica José Mercé, autor de una versión impresionante de uno de los himnos del Madrid. Más explícito es Carlos Sans, del grupo de teatro Tricicle: «El juego de Mourinho y el de Guardiola son ejemplos y conceptos distintos, pero ya no del fútbol, sino como actitud ante la vida. La de Guardiola es menos común y la del entrenador merengue representa a más personas: la beligerancia abunda y la prudencia, la cortesía y la educación de Pep escasean más... Dos modos distintos de encararlo todo: y lo importante es la actitud que reflejas porque el fútbol es un espejo para muchos y Guardiola para mí, representa lo mejor y Mourinho, digamos, no lo mejor –o no siempre–».

«De algún modo, aunque sin exagerar –explica el corresponsal de "The Guardian"en España, Giles Tremlett, autor del libro «España, ante sus fantasmas»–, los dos equipos tienen parte de la personalidad de la ciudad en la que tienen su sede; el Barcelona quiere jugar bien al fútbol y da la impresión de frialdad, mientras que el Madrid tiene algo de madrileño en su forma de ser: una mezcla de ganas, de orgullo, un poco de chulería, bien entendida». Para el profesor Ramón Llopis, «el proceso del fútbol se relaciona con la idiosincrasia local, si bien ahora es más complejo y los dos estilos tienden a converger».

Puede, pero, ahora mismo, Madrid y Barcelona no pueden ser más distintos: «El juego de Mourinho es más directo, más inglés, y el de Guardiola más de toque y construido», explica el escritor Gervasio Posadas, madridista, justo lo contrario que su hermana Carmen: «¿Uno poesía y otro prosa?» ¡Siendo merengue –concluye Gervasio–, me cuesta decir que el juego del Barça es poesía, pero acepto pulpo como resumen rápido!».


Lectura política
El duelo es algo más que un partido. Se puede buscar una visión política, sobre todo por «los que creen que el Barcelona es más que un club y casi la representación del equipo nacional de Cataluña, Y que eso es lo más importante», cuenta Giles Tremlett. «Es inevitable que haya una lectura política, hay un sentimiento y una rivalidad que no se puede negar», dice Susanna Griso, periodista y culé que vive en Madrid. Para Gabriel Colomé, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, «el Barça es para muchos catalanes el símbolo de un país sin estado, que necesita símbolos. Pero no es una cosa que naciese con Franco, como muchos quieren creer. Fue con Primo de Rivera». Cuenta Colomé que fue Gamper quien decidió que el club debía ser una entidad en la vida, involucrarse con el mundo.

Al principio del fútbol en España, o sea, al principio de todo, no era el Madrid el equipo fuerte de la capital. Era la entidad más popular y, en cambio, el Atlético era el conjunto de los funcionarios de los ministerios. Todo cambió cuando llegó un visionario como Santiago Bernabéu, construyó un estadio adelantado a su tiempo, logró el fichaje de Alfredo di Stéfano y cambió para siempre la historia. El Madrid era el equipo que ganaba en Europa, el que daba buena imagen de España. Y comenzó una rivalidad que trascendió el terreno de juego. «El deporte canaliza rivalidades y llevarlas por el buen camino. En realidad, el deporte también está para estas cosas», acaba el corresponsal de «The Guardian».


Fidelidad desde niño
«Yo no creo que ahora tenga un color político», explica Ana Samboal, la periodista y madridista de Telemadrid. Y lo cierto es que luego las aficiones se hacen de un equipo u otro por extrañas razones y la fidelidad se mantiene también de un modo inexplicable. Ferrán Adriá es el ejemplo: «Soy del Barcelona desde que tengo memoria porque mi padre ya lo era y me llevaba al campo de niño. Por tanto: soy un aficionado culé hasta la médula», asegura el cocinero .


Y añade: «No puede ser de otra manera. Pero como trabajaba en la hostelería, me perdí muchos sábados y domingos de fútbol... En la última etapa cerrábamos el Bulli y ya he vuelto a estar muchas veces en el campo. Veo el fútbol como las pocas aficiones que me "secuestran"de mi labor, de mi trabajo. Cuando veo un partido, me evado completamente».

Pepe Navarro es del Real Madrid «por vía hereditaria». «De hecho, acabo de saber que el hijo que espero es un centrocampista y en cuanto nazca le voy a poner en la cuna un balón y unos vídeos de Xavi Hernández –que aunque es del Barça–, es un jugador excepcional». La pasión se transmite de padres a hijos, como una herencia sentimental, una unión perdurable: «Soy culé desde niño. Empiezo a ser ya de los antiguos... Iba al campo de la mano de mi padre, desde pequeñito», explica Carlos Sans, que se pone serio cuando habla de fútbol. También Gervasio Posadas: «Yo soy del Madrid a regañadientes, porque tiene ese punto de prepotencia de los grandes equipos. Pero de pequeño vivía al lado del Bernabéu y oía los goles, pero nunca me querían llevar al estadio. Mi máxima ambición de crío era ir y nunca lo logré. Por revancha, me hice madridista».

Se es de un equipo, a veces sin elección, porque sí, y la afición se va alimentando después, con las vivencias y los recuerdos: «Soy muy viejo y he sido, y soy, amigo de figuras como Di Stéfano, Velázquez, Riga..., entonces, sé lo que ellos piensan cuando juegan. Y estoy acostumbrado a ponerme en su pellejo, por eso no soy de los que se desesperan... Y además, espero hasta el último minuto, con tal de que gane mi equipo», cuenta con emoción el madridista Sancho Gracia. Mantenerse al margen del partido de mañana es un imposible: «El fútbol domina casi todas las conversaciones», cuenta Susanna Griso. Se habla desde el pasado domingo, en las tertulias de la televisión, en las radios, en los periódicos, en Twitter y en Facebook. Es el tema a sacar cuando dos vecinos se encuentran en un ascensor y se cansan de mirar al suelo.


Los ritos
El «clásico» también es un maravilloso pretexto para pasar una tarde con amigos. Griso lo verá junto a unas diez personas y con un saludable equilibrio de afinidades. La modelo Eugenia Silva, también se reunirá con amigos, pero sin muchos ruido y «poca gente, soy de las que se distrae y es un partido para no perder un detalle... Tomamos algo antes del partido o en el descanso, unas cervezas y patatas fritas, pero durante el partido se me encoge el estómago y me olvido de comer. Eso sí: con mi camiseta, igual que el Mundial lo vi con bufanda y cara pintada».

Los futbolistas se ponen música o se quedan en silencio, algunos rezan, otros entran en el campo con el pie derecho, unos tocan el césped con la palma de la mano. Son rituales, que creen que dan suerte. Los aficionados hacen lo mismo. Es una liturgia, que hay que hacer, aunque se vea el partido en Barcelona, en Madrid, en Viena o en Los Ángeles: «Yo voy a ver el encuentro en el campo –cuenta Adriá–. Iremos a cenar mi hermano y yo y llegaremos al campo bien comidos. Aunque me gusta la cerveza y el bocata del campo», dice el que está considerado el mejor cocinero del mundo. Sans, el actor, estará también allí: «Me acompañará un buen amigo madrileño que es culé, y tiene su gracia. No comeré nada. Prefiero esperar a después y compartir mesa en algún restaurante».

Tan lejos de ellos y, sin embargo, tan cerca en la emoción estará Pepe Navarro: «Voy a ver el partido en Los Ángeles. Siempre procuro verlo con amigos y en España lo veo en una gran pantalla que tengo en casa. Así es que intentaré reproducir desde aquí un entorno parecido: jamón con pan y tomate, un buen vino y otras viandas. Los nervios dependen de la intensidad dramática del juego. El resto de las veces, no me muevo, ni salto, ni me pongo nervioso: se supone que estamos disfrutando de un grandísimo espectáculo».


Los nervios
Estarse quieto, qué complicado: «Me muerdo las uñas», explica Adriá. «Me como todo lo comible», dice Sans. Eugenia Silva no para: «Me levanto en cada ocasión de gol y cuidado que el techo no sea muy bajo porque acabo con chichones...». «Yo tengo una superstición», añade Carmen Posadas, «y pienso que si yo estoy viendo las oportunidades de gol, les va a ir peor, por lo tanto, me muevo todo el tiempo, del sillón al pasillo. Y me pico con mi hermano». «Soy de los que se muerden los muñones, pero tampoco me desespero. Chincho a los nietos, que también es divertido», termina Mercé.

Más tranquilo está Gonzalo Suárez, cineasta y escritor y, en su tiempo, ojeador de futbolistas. Neutral en esta guerra apasionada: «Lo veré en casa, con mi mujer, que, como no le interesa demasiado, estará presente pero sin mucha atención. Este tipo de encuentros prefiero verlos solo. Tomaré una copa de vino, aunque si no hubiera partido... también».