Literatura

«Doña Perfecta»: Un intenso choque de trenes

Autor: B. Pérez Galdós. Versión y dirección: E. Caballero. Escenografía: J. L. Raymond. Vestuario: G. Rabasco. Iluminación: P. Ariza. Reparto: I. Elejalde, L. Casamayor, K. Garantivá, J. L. Alcobendas, A. Jiménez, B. Ponce de León, J. Machín, T. Márquez, P. Ochoa, M. Gas, V. Vega, D. Bernedo. Teatro María Guerrero. Madrid.

Israel Elejalde y Lola Casamayor, en «Doña Perfecta»
Israel Elejalde y Lola Casamayor, en «Doña Perfecta»

No anda tan lejos la Orcajosa de «Doña Perfecta» de la Vetusta de «La Regenta», salvo en su tamaño: una es poblacho en mitad de la España carpetovetónica, la otra una prototípica ciudad «de provincias» de la época, tirando a Oviedo, como es sabido. Como la de Clarín, la novela de Pérez Galdós nos pone un alzacuellos asfixiante y nos amarra con el protocolo social del inmovilismo, de la hipocresía, de la reacción al cambio, de las fuerzas vivas dominantes, el latifundismo y la vieja Iglesia, retratando una España que miraba a la tradición como dogma. Pueblos que pronto daban en lo que eran, bostezos de Salomón, y en los que siempre había algún cacique local. En esa estación de tren se bajan Galdós y su protagonista, Don José Rey, acaso no el más diplomático de los jóvenes, cargado de ideas renovadoras que le pondrán al pueblo entero en su contra.

Tiene valor Ernesto Caballero para debutar como director al frente del Centro Dramático Nacional con una adaptación de una novela de Galdós. Quizá tuvo claro que sus páginas prometían una obra intensa, que la hay, y cuál debía ser el camino para lograr la transformación, muy lograda con diálogos fluidos que no delatan en ningún momento ese trasvase entre géneros. Y desde que empieza la obra, el niño Ernesto Caballero se dedica a jugar, y el tren de la modernidad llega al vacío del escenario –y de la meseta– en una pequeña maqueta en la oscuridad del teatro. Don José, un estupendo Israel Elejalde, que aborda el crescendo de su personaje con precaución y energía, dibuja de un plumazo, en una conversación con Licurgo, el pueblo al que llega para cumplir la última voluntad de su padre, casarse con su prima. Y en el caserón familiar de Doña Perfecta, la tía que lo acogerá, la acertada apuesta estética de José Luis Raymond nos recuerda que, tras los azulejos con arabescos, se esconde la decadencia moral, un camino que Caballero había explorado con acierto en «La colmena científica o el café de Negrín». Aunque en esta «Casa de muñecas» galdosiana que es «Doña Perfecta» parezca imposible el humor, el montaje lo encuentra en el choque frontal de trenes entre el aperturismo de Pepe Rey y el tradicionalismo de Don Inocencio, un cura con dobleces que sabe rogar, dar con el mazo y lavarse las manos, encarnado por un inspirado Alberto Jiménez. El actor compone el más trabajado de los personajes, un retrato vivo y divertido de un estereotipo recurrente en aquella España.

Otro choque, nada cómico, es el que llegará entre tía y sobrino: Lola Casamayor, enorme en todo momento, señorial y contundente, viaja de la beatona que parece no pintar nada hasta la matriarca que pone sus cartas sobre la mesa y a la que no le tiembla el pulso con tal de mantener el «status quo». No todo el reparto, sin embargo, está a la altura. Algún caso es palmario: el problema es de la selección, pues a quien no tiene no se le puede exigir.

Le pesa el tramo final a este montaje, que ha llegado con imaginación y frescura hasta buena parte de su recorrido, y parece en su desenlace no saber qué camino tomar: las consabidas entradas y salidas por el patio de butacas, la catarsis que se ve llegar... Salvedades aparte, este acercamiento ibseniano al realismo de Galdós promete buen teatro en esta etapa.