Generosidad

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En verano todo es más efímero y me atrevería a decir que más arriesgado. Los amores estrenados con el calor, ya se sabe, duran casi siempre lo mismo que la temporada y las relaciones previamente establecidas se ven desgastadas por el uso continuo al que están sometidas, definitivamente distinto al del resto del año. Las parejas pueden salir deterioradas o fortalecidas de una experiencia tan potente; y aunque lo cierto es que muchas acaban quebrándose como constatan las numerosas separaciones que se firman tras las vacaciones, otras tantas, por fortuna, se quedan instaladas sólidamente sobre los pilares de la generosidad. En realidad, la generosidad es la clave de la vida en común. Y en verano, por aquello de la intensidad, con mayor motivo. Y no me refiero a la generosidad material, que también, sino a la de alma: esa con la que se cede, se perdonan los errores y se aleja la envidia. La misma que es imprescindible en el amor como en la amistad y cuya ausencia se nota más cuando los días parecen tener más horas para compartir. Sin generosidad, todo acaba volviéndose insoportable. Por eso sólo los generosos salen airosos del trance estival, en el que a veces caben demasiada familia y amigos, y, sobre todo, demasiado tiempo: el mismo que andamos reclamando sin cesar durante el resto del año.