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Demasiados frentes abiertos

Tiempo de lectura 4 min.

15 de septiembre de 2011. 00:20h

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15/9/2011

La ralentización del crecimiento en Europa ha agravado el déficit de confianza en las economías periféricas y lo ha generado incluso en los países punteros de la Unión. Las instituciones comunitarias tienen demasiados frentes abiertos y la toma de decisiones va muy por detrás de los acontecimientos. La apuesta por salvar a Grecia de la bancarrota parece firme, aunque el desenlace es difícilmente evitable si el escenario no sufre cambios graves. Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y el primer ministro griego, Yorgos Papandréu, se citaron  ayer por vía telefónica para materializar ese compromiso con el país heleno, pero el obstáculo no es la voluntad de las locomotoras europeas, sino la envergadura y las ramificaciones de una crisis cuyo efecto contagio amenaza ya a España, Italia e incluso Francia. El FMI avisó ayer mismo de que nuestro país precisará de «apoyo externo» para controlar los riesgos de la caída griega, lo que da una idea de la vulnerabilidad española ante un horizonte de riesgo máximo. Frente a esa reválida permanente de los mercados, la alternativa de los eurobonos ha ganado enteros como solución al problema de la deuda de la Eurozona. Es una opción que merece ser tenida en cuenta, pero sin distorsiones como la que se vivió ayer cuando el presidente de la Comisión, Durao Barroso, anunció que la planteará en breve y el Gobierno alemán expresó su oposición frontal minutos después. Esa discrepancia muestra la debilidad y las carencias del proyecto europeo para afrontar la encrucijada. Fue un mensaje muy negativo para la credibilidad de Europa que no se debería repetir. El propio Banco Mundial tachó de «irresponsable» a la eurozona por no actuar unida, y tiene razón. En cuanto a su eficacia, los eurobonos resultan un instrumento positivo para economías como la española, pero no son la panacea. En todo caso, creemos que esa emisión de deuda europea no puede ser un instrumento en solitario, sino que debe enmarcarse en la nueva gobernanza comunitaria, en la que los Estados estén dispuestos a perder soberanía fiscal y económica para ganar estabilidad y solvencia. Si no fuera así, los temores de Alemania de que no se atacaría el problema del endeudamiento, sino que se facilitaría aún más la creación de deuda, estarían justificados. En cualquier caso, de nada servirán los eurobonos ni cualquier otro instrumento si países como España no cumplen con el ajuste fiscal. Las comunidades no controlan su gasto y no parecen ser conscientes de lo que se avecina. La agencia Fitch bajó ayer el rating a cinco comunidades y amenazó con una nueva rebaja de la calificación de la deuda española debido a la ralentización del crecimiento y al incumplimiento de los objetivos de déficit de las autonomías. Es otro revés para nuestra confianza que agrava las constantes vitales de una economía estancada y que bordea peligrosamente un escenario de colapso. La disciplina presupuestaria y los recortes no pueden ser una pose ni mera retórica. La responsabilidad de los gobernantes es máxima y no pueden vender humo. Es hora de que la asuman con todas las consecuencias, sea o no periodo electoral.
 

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