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Estancada y sin confianza

Tiempo de lectura 4 min.

17 de noviembre de 2010. 21:26h

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17/11/2010

El estancamiento de la economía española en el tercer trimestre, confirmado ayer por el Instituto Nacional de Estadística, no es una señal de «normalización», como voluntariosamente ha interpretado el Ministerio de Economía, sino un mal dato que nos deja a la intemperie ante las turbulencias financieras que agitan a la Unión Europea, con Irlanda en el epicentro. Los mercados no están para contemplaciones y penalizan sin miramientos el más leve signo de debilidad. Así se vio claramente en la subasta de Letras a 12 y 18 meses del pasado martes, en la que el Tesoro Público tuvo que pagar un 30% más. Sólo las economías que han hecho los deberes y que transmiten confianza resisten los embates. ¿Por qué la española no termina de disipar las sospechas que se ciernen sobre ella? ¿Por qué a la más mínima ventolera sufre como si se tratara de un huracán? Es decir, ¿qué sucede con la política económica del Gobierno, que no tranquiliza a los mercados? Sería absurdo acusar al presidente Zapatero de no haber tomado las medidas más necesarias y urgentes para alejarnos del fantasma de la suspensión de pagos que rondó a mediados de mayo, como reducir el déficit de acuerdo al calendario comunitario, reformar la contratación laboral y retrasar la edad de jubilación. Sin embargo, el Gobierno no ha logrado sacudirse el desprestigio de haber negado la crisis hasta el último minuto y de no haber reaccionado con responsabilidad cuando habían saltado las alarmas. Por más que haya realizado un esfuerzo de austeridad, ha perdido la confianza de los mercados y de los inversores  empresariales. Ni que decir tiene que esta falta de fiabilidad afecta también a la marca España, con efectos muy perniciosos a medio y largo plazo. Resulta llamativo, por ejemplo, que las grandes empresas y entidades multinacionales españolas, verdaderos buques insignia que acumulan prestigio allí donde operan, estén basculando sus planes de inversión hacia el exterior en detrimento de la apuesta doméstica. Es natural que así sea, sobre todo por las excelentes perspectivas de los países emergentes, pero será difícil que el Gobierno recupere la fiabilidad de los inversores extranjeros si las propias empresas nacionales no creen en su política. De nada sirve la cantinela de la ministra Salgado de que España no es Irlanda ni Portugal ni Grecia, porque lejos de espantar el miedo, revela una pavorosa falta de convencimiento en las propias fuerzas. La única forma de salir de esta especie de «libertad vigilada» en que se mueve la economía española es dando un paso más en los cambios estructurales y en la reducción del déficit. Ayer mismo, desde la UE llegaron mensajes urgentes para que se acelere la reforma de las pensiones. Y en algunas cancillerías de la zona euro cunde la especie de que Zapatero, en vez de mejorar una reforma laboral que se quedó corta, la quiere desactivar para reconciliarse con los sindicatos. Sea como fuere, lo cierto es que Alemania, Francia y EE UU quieren que España se apriete el cinturón un ojal más, pero desconfían de un presidente socialista que ha actuado a regañadientes y sólo desea ganar tiempo para llegar a las elecciones sin nuevos recortes.
 

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