Conciliación

Barra libre para las cañas y el café por Cecilia García

La Razón
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«Éstos (por los sindicatos) nunca piensan en los autónomos… ¿Yo, por qué voy a pensar en ellos?». Palabra de comerciante, de abrir lunes, miércoles y fiestas de guardar, a las once de la mañana en el barrio de Carabanchel. No quiere saber nada de huelga, «porque llevamos mal cuatro años y ni lo entendí antes ni ahora, pero hoy sí que hay que hacer ruido, ¡pues no!».

A las ocho de la mañana la panorámica a trazo grueso era otra. El Metro iba al ritmo que marcaban los servicios mínimos y los que querían trabajar miraban al reloj como buscando en él la piedra filosofal para autotransportarse en el espacio. Imposible. Vista Alegre-Callao, 40 minutos; lo normal, 20 o 15. Ayer no, pero el propósito se cumplía: «Ir a trabajar lo mismo que otros eligen hacer huelga, pero sin tantos nervios». En Callao, a las 9:20 la perspectiva era otra: sin noticias de piquetes a la puerta de un centro comercial, el Corte Inglés, pero cortes de tráfico, cuando no cierre en la Gran Vía. A los piquetes se les estaba sumando personas de movimientos antisistema que atemorizaban a los propietarios de negocios. Hubo varias «víctimas» elegidas, entre ellas, una cafetería, aunque abrió cuando se fueron Plaza España abajo, asegurándose de que no habría camino de vuelta. «¿Miedo?, no, indignación», decía la propietaria. «Está muy bien el derecho a la huelga, ¿Pero el derecho a trabajar? No son piquetes informativos, son intimidatorios. A mí no me han "informado", me han asustado».
Y la hora de la calle Preciados llegó… Demasiadas grandes superficies y mucha Prensa para contar la «gesta». A las 9:45, más policías y fotógrafos que sindicalistas. Cinco minutos después, igual, pero los últimos hacían más ruido y recordaban a los que intentaban comprar y a los que querían abrir su condición de «esclavos del capital», «insolidarios» y demás calificativos en negrita, mientras las papeleras se iban llenando de banderas de UGT y CC OO de afines que ya estaban dedicados a otros afanes. Por ejemplo, buscar una cafetería donde tomar un café. Y ahí se dio la gran paradoja de la jornada. Si minutos antes cercenaban el derecho a trabajar de una mayoría, ahora hacían una especie de bula para un gremio tan socorrido como el de la hostelería. Sí, querían que todo el mundo hiciese huelga, desde Carabanchel a Estrecho, pasando por Cuatro Caminos, Diego de León y una Gran Vía colapsada a primera hora del día pero… los bares no. Y así se les veía como almas en pena, buscando una cafetería donde tomar un café sin reparar si respetaban su derecho a trabajar, o a ir de huelga, o todo lo contrario. «Es que la mañana sin un café, una cerveza o un pinchito…¡Camarero!». Pues eso. Los churros no tenían derecho a parar. O sí, pero después.