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El día después

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30 de noviembre de 2010. 01:12h

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30/11/2010

El resultado del 28-N presenta claves de enorme interés tanto en la política catalana como española. Hay que valorar positivamente que José Montilla haya renunciado a su escaño de diputado. Con incuestionable dignidad asume como propio el resultado de su partido. Como le hemos criticado en otras ocasiones, ahora corresponde hacer lo contrario. El actual presidente de la Generalitat se apartará progresivamente de la primera línea para posibilitar la sucesión al frente del partido. Lo hace ahora no asumiendo su escaño y lo hará en el futuro renunciando a presentarse a la reelección al frente de la primera Secretaría del PSC. Los catalanes rechazaron claramente al tripartito, pero también pasaron factura por los errores que ha cometido Zapatero al frente del Gobierno. Es un preámbulo de lo que le puede suceder al PSOE en las elecciones municipales y autonómicas. La inquietud entre los barones era ayer patente, porque las estimaciones en la sede de Ferraz es que se pueden perder casi todas las capitales de provincia y que existe el riesgo de que suceda lo mismo en varias comunidades autónomas. El efecto del cambio de gobierno, que quedó amortizado hace semanas y las urnas confirmaron el domingo en Cataluña el desgaste gubernamental que vienen mostrando las encuestas desde hace más de un año. Zapatero no tiene demasiado margen porque se acumulan los problemas sobre su mesa y no parece que tenga soluciones que permitan resolverlos. La otra cara de la moneda es Rajoy. Ha visto cómo el PSOE ha perdido las elecciones en Cataluña y su partido no sólo se ha convertido en la tercera fuerza sino que lo hace con el mejor resultado de la historia. En este sentido, acortar distancias con los socialistas y situarse a sólo diez diputados permite augurar unas perspectivas muy similares a las que en las elecciones generales de 2000 le permitieron alcanzar la mayoría absoluta. Cataluña era la pieza que le faltaba a Rajoy para consolidar las expectativas de cambio en España. La magnífica e incansable labor de Alicia Sánchez-Camacho y su equipo le permite afrontar un año decisivo con garantías de éxito. Finalmente, Artur Mas hace frente al reto de la presidencia de la Generalitat en un escenario muy complicado y con una crisis de enormes dimensiones. A su favor cuenta la saturación del pueblo catalán ante los excesos cometidos por el tripartito desde su fundación en 2003. La sociedad catalana quiere prudencia, moderación y eficacia para combatir la crisis. La victoria de CiU es un extraordinario depósito de confianza, pero que debe servir, precisamente, para hacer justo lo contrario de lo que han hecho sus antecesores. Es el ocaso de los radicalismos, los experimentos y las políticas de gestos  inconsistentes. El único enemigo de Cataluña es la crisis. Los esfuerzos de todas las administraciones deben ir dirigidos en esa dirección. CiU tiene experiencia y capacidad. Es el momento de reducir los gastos superfluos, mejorar la eficacia de la Generalitat, favorecer la actividad empresarial y establecer el marco que permita la creación de empleo. Mas tiene un reto difícil, pero asumible si se buscan acuerdos.
 

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