Kuwait

20 años atrás

La Razón
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Si del número de iniciativas al respecto dependiera, el conflicto israelí-palestino sería el más resuelto del mundo. Pueden llegar a unas 40, prescindiendo, por el bien del sentido nacional del ridículo, de la justamente ignorada de Zapatero. La Conferencia de Madrid, de tres días de duración a bombo y platillo, no hizo avanzar la causa de la paz más, ni tampoco menos, que cualquier otra, pero se cuenta entre las de mayor resonancia. El emplazamiento geográfico fue irrelevante, pero siempre le viene bien a una ciudad que su nombre se airee por el mundo. Como es de rigor, su llamativa parafernalia hizo concebir esperanzas ilusorias a quienes son dados a confundir sus deseos con la realidad. Lo que hasta entonces habían sido negociaciones se convirtió en «proceso», tan largo que no se le ve fin, pero el concepto, al menos el nombre, echó raíces en el lenguaje de las relaciones internacionales y ya suena como si procediera de la noche de los tiempos.
La reunión representó también un punto culminante en el esfuerzo por meter a la etérea «comunidad internacional» en la búsqueda de soluciones y se creó una estructurita que sin pena ni gloria ha sobrevivido hasta hoy; El llamado Cuarteto: EE UU, Rusia, la UE y Naciones Unidas, una especie de «matroshka» rusa, en la que algunos están presentes varias veces. Ese extraño ente tiene hoy un representante de lujo, en la persona de Tony Blair. La conferencia fue producto de otra ilusión del momento, la de que, con el comunismo agonizante y Sadam Husein derrotado en Kuwait, la ONU podría por fin convertir al mundo en un remanso de paz. En todo caso, fue el origen de todos los esfuerzos que la siguieron.