Cataluña

El oasis catalán

CiU se mueve en la ambigüedad de un programa que, cuando conviene, se radicaliza o pasa la pelota al adversario 

La Razón
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Lo del oasis catalán, imagen que tanto se prodigó en los medios en el pasado como signo crítico de identidad, resultó ser un tópico. La «dulce Cataluña», equiparable a la «dulce Francia», nunca fue históricamente tan dulce ni siquiera en sus esplendores. Esto puede observarse incluso cuando se está lejos del cráter del volcán electoral. Quienes desde fuera de Cataluña opinan que el nuevo Estatut, su largo recorrido y su desenlace ante el Constitucional, no ha afectado a los ciudadanos de a pie o a los proyectos de una Cataluña integrada en España, están en un grave error. Los intelectuales admiten que los lazos esenciales entre la Cataluña cultural y la del resto de España se han visto afectados. Lo puso de relieve hace pocos días incluso Josep Mª Castellet en sus declaraciones tras recibir el Nacional de las Letras, aunque confiase en una futura restauración. Quizá no hubiera sido necesario plantearse y debatir un nuevo y tan complejo Estatut y contentarse con propuestas económicas, que llevan ahora CiU y Esquerra Republicana en sus programas, con la pretensión de equiparar la financiación catalana con la vasca o navarra: el cupo. Pero, de hacerlo, el resto de autonomías tocarán a rebato para apuntarse. Tras cualquier nacionalismo, incluido el español, observamos las orejas económicas. Pero, con ser importantes, tampoco lo son todo. La catalanidad se manifiesta en todos los partidos en liza, si exceptuamos, en parte, Ciutadans y PP y una parte del PSC. Y aun así, en éstos, los guiños hacia lo que podría entenderse como sustrato son constantes. Pero la responsabilidad de lo que Montilla calificó como desafección llega desde ambas orillas. Al resto de España ha de costarle entender la complejidad de quienes pretenden identificarse como nación.

Pero lo que esta campaña electoral está demostrando es que el President no pudo elegir peores fechas. Coinciden el agravamiento de la crisis económica, tras el despeñadero de Irlanda; la seudoguerra de las dos Coreas; las corrupciones varias; la desafección hacia los políticos en general; la crisis interna de un Tripartito, que ha finalizado yendo cada uno a su aire y unos contra otros. Ni siquiera la campaña publicitaria ha logrado dar en las dianas. La cultura política, deben haber considerado las privilegiadas mentes que lo decidieron, es tan elemental y el mal gusto popular es tal que conviene llegar al votante a través del sexo: el orgasmo de la votante, el desnudo masculino o femenino o los marcianitos independentistas o lo que sea. Si Cataluña debiera representarse por los publicitarios de marras, convendría aplicar aquello de «el último que apague la luz». La seguridad de Mas, en su tercer intento, le ha llevado a una prudencia inane. Ha dicho lo mínimo porque con seguridad las encuestas le dan ganador y anda buscando la cuadratura del círculo: la sociovergencia. Montilla llegó hasta prescindir de corbata y chaqueta, pero conoce bien sus limitaciones oratorias, incapaz de provocar el mínimo entusiasmo. Sería otro error entender estas elecciones como anticipo de las generales. Han coincidido aquí demasiados factores diferenciadores que no se darán cuando llegue la hora del ámbito general.

Por si tantos desatinos y desgracias no fueran suficientes, culminó en el deseo de Montilla, en una mesa televisiva, de mantener un debate con Mas, admitiendo ya hacerlo sólo en catalán, pero los Tribunales cortaron este grifo, aunque hubiera supuesto escasas modificaciones en los resultados. Desde antes de una campaña, que comenzó tras las vacaciones de agosto y aún con anterioridad, el objetivo fundamental de los partidos ha sido arrastrar al votante hasta las urnas. Se teme una abstención muy considerable, así como un voto en blanco que apenas se contabiliza. El radicalismo parece haber perdido fuelle, pero ha sido consecuencia de que los grupos independentistas marginales a Esquerra no han gozado de visibilidad. En este ámbito cualquier previsión, a pesar de las encuestas, debe ponerse entre paréntesis. La última oferta envenenada de Mas por aliarse con Montilla supondría disponer de una mayoría más que absoluta y dejar a las pequeñas formaciones en la cuneta. De este modo, de no obtener la mayoría absoluta, no sería necesario pactar con el PP o con Esquerra. Una vez más CiU se mueve en la ambigüedad de un programa que, cuando conviene, se radicaliza o pasa la pelota al adversario. En medio del terror económico provocado por los mercados, cualquier tentativa de realizar un referéndum independentista se aleja del horizonte. El panorama político del próximo lunes no diferirá del que se diseñaba antes de la campaña electoral. Nos habremos gastado un dinero inútil para una fiesta democrática, cuyos partícipes estarán en buena medida ausentes. Pero el cúmulo de desgracias que se han abatido sobre los comicios no eran previsibles. Los serios problemas que afectan a esta nacionalidad decadente permanecerán tras el previsible cambio de gobierno. Mientras algunos opinan que ni siquiera el Gobierno de las autonomías es económicamente viable, Mas está proyectando de nuevo el trasvase del Ródano. Los políticos no tienen remedio, aunque los votaremos.